Desobediencia y libertad

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Desde niños los primeros matices del mundo se nos revelan a través de nuestros progenitores. En los mayores encontramos tanto el amparo frente a los indicios de peligro como las primeras respuestas a nuestras inquietudes. A medida que crecemos, comenzamos a intentar dominar nuestro ambiente y a desarrollar la capacidad de orientar nuestras preferencias. Este proceso se intensifica en la adolescencia, cuando muchas de las ideas y creencias inculcadas durante la niñez son examinadas y posiblemente desechadas para ser reemplazadas por nuevas estructuras de pensamiento. Es el momento en que nuestros primeros deseos de libertad encausada surgen y determinan acciones que generalmente llevan a la desobediencia.

Aprendemos a ser libres cuando empezamos a desobedecer, no hay duda de ello. De hecho, la libertad y la capacidad de desobediencia van de la mano. A grandes rasgos, podemos decir que quien teme a la libertad no tiene la capacidad para desobedecer, no puede oponerse a lo que considera contrario a sus ideas. (1) Siempre que nos encontramos en una situación que desafía nuestros ideales, estamos ante una disyuntiva que nos obliga a elegir. La capacidad para decir no a lo socialmente impuesto está determinada por el estado de desarrollo de la persona, por su potencial para pensar y sentir de manera autónoma. Pero si una persona no ha alcanzado su independencia, al menos en el ámbito intelectual, seguramente tampoco deseará ser libre y, por consiguiente, jamás se atreverá a decir que no.

Los sistemas políticos, sociales o religiosos que proclaman la libertad de sus integrantes pero reprimen a quienes desobedecen, no pueden sino ser tenidos por manipuladores. En éstos, la desobediencia se presenta como una decisión que provoca la segregación del individuo; así, la libertad de expresar las ideas y disentir se ve opacada por la figura de la traición o el pecado. Las personas que integran tales grupos son especialmente dóciles con sus pares ideológicos, pero sumamente agresivos con quienes les presentan ideas diferentes que puedan amenazar la estructura doctrinaria a que se han acostumbrado.

Esto sucede, entre otros factores, porque quienes son incapaces de generar ideas propias se sienten muy a gusto cuando se les proporciona la seguridad de la pertenencia y se les exime de la responsabilidad de tener que lidiar con dicha incapacidad. Estas personas lucharán por seguir perteneciendo, por no estar solos con ellos mismos y afrontar que, a fin de cuentas, temen tanto ser libres como para relegar cualquier rasgo de individualidad que impida su asimilación. Estas personas, que se consideran a sí mismas incapaces de conocer la verdad por sus propios medios, ya han obtenido el rédito de una comodidad basada en el estancamiento intelectual y la negación del deber moral de pensar.

1. “Si temo a la libertad no puedo atreverme a decir no; no puedo tener el coraje de ser desobediente. En verdad, la libertad y la capacidad de desobediencia son inseparables.” Fuente: Sobre la Desobediencia y otros Ensayos, Erich Fromm.

 

 

Difusor del librepensamiento, administrador de DIOS NO EXISTE, No creo en tu dios, dios no existe y no es necesario y autor de El Ser Imaginario.

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