EL SER IMAGINARIO – CAPÍTULO 11

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“La razón por la cual los mortales están tan sujetos al miedo, es que ven toda clase de cosas que suceden en la tierra y en el cielo sin causa discernible, y las atribuyen a la voluntad de un Dios.” – Lucrecio, poeta y filósofo romano. (99 – 55 AEC)

 

Somos maquinas biológicas, no muy diferentes de otros mamíferos que habitan este planeta; aunque con una cualidad única: la razón. Sin embargo, a pesar que poseemos el intelecto más desarrollado del reino animal, no en todos nosotros se percibe una brillantez innata o características destacables. Sólo unos pocos individuos son capaces de trascender los estándares y resaltar intelectualmente. Para la gran mayoría, desarrollar sus capacidades racionales se considera poco relevante, ya que ciertos factores determinan la manera de comprender el entorno, o bien, obligan a priorizar aspectos más inmediatos relacionados con la subsistencia. El desarrollo intelectual de muchas personas se ve determinado por tales situaciones. (1)

Nuestra especie ha sido víctima de su escaso interés por comprender el mundo. La mayor parte de la humanidad interpreta erróneamente lo que le rodea y obtiene respuestas basadas en su desconocimiento. En consecuencia, perpetúa sistemas de pensamiento obsoletos y desfasados con respecto a nuestros tiempos. La creencia en la existencia de dioses o espíritus no tiene lugar en la realidad actual, es un vestigio de nuestras etapas de mayor precariedad intelectual: la prehistoria. El hecho de buscar algo más allá de lo real y tangible, es decir, fuera del mundo concreto, denota cierto desencanto con la realidad, o bien, un ánimo de obtener respuestas en aquellas esferas inexistentes que la cultura nos ha presentado desde la niñez. Prácticamente nos hemos retrotraído a cuando nos valíamos de nuestros instintos y la razón era apenas un esbozo de conciencia. Los sistemas religiosos proliferan para satisfacer el espíritu supersticioso de mentes escasamente inquisitivas, y prosperan mecanismos tales como la fe, cuyo único fin es canalizar la necesidad que algunas personas tienen de creer en algo. Dios se proyecta como eje de ideales diseñados para aplacar la desdicha a través del placebo mental que su idea representa. Las religiones, por su parte, ofrecen el medio para compartir con otros el consuelo imaginado.

 

Aceptación o rechazo:

Las religiones también permiten que los comportamientos de grupo sean asimilados como propios, ya que brindan un sentido de pertenencia. Un cristiano desea ser reconocido como tal, y más aún, él desearía poder inculcar su visión a cada individuo que le rodea, porque si el entorno acepta a su dios, lo acepta también a él. Cuando un creyente intenta difundir su creencia, está también persiguiendo aceptación, ya que, en cierto sentido, él es su creencia.

En términos lógicos, todo planteo de aceptación o rechazo de lo no evidenciado es erróneo, ya que si un agente debe ser aceptado o rechazado, éste debe, en primer lugar, ser definido e identificado. ¿De qué otra manera podría cualquiera aceptar lo que no conoce? No se acepta o se rechaza aquello, de lo cual, nada se sabe.

Podemos decir que existe una concordancia entre el planteo de aceptación o rechazo que muchos cultos religiosos suelen esgrimir y la actitud de algunos creyentes al intentar forzar la aceptación de su creencia. La verdadera razón para que tales procesos sean incorporados sin notar la evidente asimilación, subyace en la ausencia de crítica constructiva con que los adeptos a este tipo de sistemas suelen ser formados. Se trata de personas que provienen de hogares donde todo se explicaba a través de entidades sobrenaturales, y las consecuencias de sus propios actos se atribuían a la voluntad de dioses y santos. Hablo de sujetos que han asimilado un discurso religioso desde la niñez e intentan proyectarlo en su entorno.

El evangelismo, por ejemplo, suele funcionar de manera tal que construye en los fieles una suerte de necesidad de divulgación del mensaje divino; además, genera la idea de estar obrando en función de una verdad incuestionable. De hecho, este tipo de grupo doctrinario pondera al individuo en función de qué tan efectivamente inculca la creencia en su ámbito social.

El evangelismo es un sistema de adoctrinamiento de grupos, no de individuos; es ciertamente una doctrina abocada a la puesta en práctica del paradigma de aceptación o rechazo que el cristianismo utiliza para reforzar sus filas, sustentar la propagación ideológica y orientar la compresión de los fieles hacia una visión masificada que anula el pensamiento individual. Y, sin lugar a dudas, el modo más efectivo para lograrlo es hacer creer a las personas que ejercen sus libertades, es decir, promoviendo un discurso de libre albedrío, donde todos supongan que su accionar ha sido determinado por ellos mismos, en lugar de percatarse de la influencia del grupo sobre sus decisiones.

La absolutización del mensaje juega también un rol importantísimo en el afianzamiento de las creencias. Se trata de una manera de legitimar las ideas indistintamente de la validez de las mismas, y sirve también como catapulta para la incorporación de grupos al culto. Este modo de transmisión supone la afirmación de propuestas con base en que “dios así lo quiere”, o bien, en invocar a dios en cada oportunidad que se requiera imprimir autoridad a una consigna, lo que convence al sujeto de estar difundiendo una verdad absoluta, un mensaje objetivo que no puede ser más que la pura verdad. Esto también permite que grandes grupos, usualmente familias, incorporen prácticamente sin el menor análisis toda clase de fundamentos doctrinarios, tan solo porque los mismos provienen de unos muy convencidos y bien intencionados familiares.

El dogmatismo lleva al adoctrinamiento, y el culto evangélico es en extremo dogmático. Es allí precisamente donde subyace la estructura de su sistema de propagación. El dogma es también la ausencia de pensamiento razonable; es la raíz de la imposición totalitaria. Debemos recordar que el dogma es la antítesis de la razón, y representa la negación de la inteligencia como medio para reconocer la verdadera naturaleza de las cosas. Es también una treta conveniente para limitar la libertad intelectual de las personas y retrotraer sus mentes a un estado de precariedad del que sólo el conocimiento los podría liberar. (2)

Los sistemas doctrinarios como el evangelismo, aniquilan la autonomía de los individuos con discursos de castigos infernales. También lo hacen fomentando la adulación de características que el mismo culto asigna a cada uno de ellos. Alentar actitudes, otorgando escalafones y grados de “espiritualidad”, son moneda corriente como intercambio al momento de requerir la divulgación del discurso o la incorporación de familiares y allegados al culto.

Los sistemas de pensamiento con base dogmática desconocen la necesidad de la explicación acerca del objeto al cual el dogma se refiere; es decir que no se accede a éste por medio de conocimiento alguno, sino a través de una verdad revelada. Se presume que el objeto de adoración es verídico o legítimo desde su concepción, sin necesidad de referencia racional o empírica.

La persona influida por los sistemas religiosos no valida a quien intenta superarse a sí mismo, no apoya a quien asume la realidad; aquel que procura vivir de una manera tal que los designios de lo que no le consta existente le son irrelevantes por simple sentido común. No se interesa por los valores humanos, sino por aquellos que una moral de grupo le ha inculcado para obtener un supuesto rédito en un cielo imaginario.

Entonces, ¿quién es, en realidad, el ser imaginario?

La verdadera respuesta se encuentra en cada una de las personas que lo creen real, quienes ya han obtenido el rédito de una comodidad basada en el estancamiento intelectual y la negación del deber moral de pensar. Ellos son, en definitiva, quienes proyectan su propio ser imaginario.

Dios es una hipótesis y, como tal, necesita la prueba para ser fundamentado y transportado a la realidad tangible. No es posible sostener su existencia con base en supuestos, en impresiones irreproducibles y puramente subjetivas. ¿De qué hablamos cuando hablamos de dios? ¿Podemos cuantificar, definir o clasificar a este hipotético ser creador? Evidentemente, no. ¿Y cómo podemos entonces aseverar que éste no es sino una proyección de la mente?

Aparentemente dios existe, sólo que lo hace de manera complementaria a la necesidad que de él tienen los mismos que sostiene su existencia, lo que en términos lógicos podemos entender como una construcción mental absolutamente inverosímil. Dios es, en definitiva, el resultado de interpretar erróneamente los fenómenos de la Naturaleza y el más nefasto legado de aquel pensamiento supersticioso que nos condenó al reduccionismo intelectual.

 

 

  1. Las diferencias intelectuales entre los individuos han sido valoradas históricamente; siempre se ha admirado a los seres humanos que se destacaban por su capacidad intelectual. Durante mucho tiempo las diferencias intelectuales entre las personas se atribuyeron a características anatómicas y fisiológicas, especialmente al tamaño del cerebro, el tiempo de acción refleja o incluso la fuerza con que se aprieta el puño. Bajo la influencia de la teoría de Darwin sobre la Evolución de las Especies y el origen del ser humano, a fines del siglo XIX, Galton estudió con detenimiento las posibles características orgánicas en las que se basaba la mayor o menor inteligencia.

 

  1. La palabra “dogma”, de origen griego, significa “doctrina fijada”. Para los primeros filósofos significó “opinión”. El dogmatismo, opuesto al escepticismo, es una escuela filosófica que considera a la razón humana capaz de conocer la verdad, siempre que se sujete a métodos y orden en la investigación, dando por supuestas la posibilidad y la realidad del contacto entre el sujeto y el objeto. Kant habla del dogmatismo en la Crítica de la razón pura: “El dogmatismo es el proceder dogmático de la razón pura sin la crítica de su propio poder.”
Difusor del librepensamiento, administrador de DIOS NO EXISTE, No creo en tu dios, dios no existe y no es necesario y autor de El Ser Imaginario.

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