EL SER IMAGINARIO – CAPÍTULO 12

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“Se estará siempre equivocado cuando se quiera dar otra base a la moral que no sea la naturaleza del hombre; no puede tener ninguna más sólida y más segura que ésta.” -Paul Henry Dietrich (Thiry) barón d’Holbach, filósofo materialista francés. (1723 – 1789)

Históricamente el ser humano ha concebido distintas nociones de lo que está bien o no hacer, así como de lo que está bien o no creer. Así como nacemos sin una formación moral, también lo hacemos sin la idea de un dios. Lo que la humanidad hace con respecto a los criterios éticos y las creencias es sólo validar las reglas del momento histórico y absolutizarlas.

¿Qué es la ética? A grandes rasgos, podemos decir que es el conjunto de valoraciones que nos permiten obtener un equilibrio entre el comportamiento individual y el comportamiento social. Los sistemas religiosos suelen ser los que delimitan las normas morales en muchas sociedades, tal es el caso del cristianismo en gran parte de Occidente.

Si analizamos la concepción moral cristiana, encontramos que sus lineamientos no son más que la interpretación de la Iglesia al respecto de sus propias necesidades para subsistir dentro de un sistema, o bien, un medio para perpetuarse y no un valor de cualquier tipo. Pero cuando hablamos de pautas o lineamientos éticos, nos referimos a normas no aplicables al pensamiento, sino a la acción. Existe un parámetro de conducta que es medible, cuantificable; no así el pensamiento, las ideas. Sin embargo, el sistema religioso juzga prematuramente con base en las ideas y no en las acciones de las personas.

La religión cristiana no juzga los comportamientos, más bien mide la concordancia ideológica de los individuos. Es posible ser inmoral y a la vez buen cristiano, ya que no se juzga al sujeto por su valor ético, sino por decirse cristiano. Es también posible desconocer por completo el fundamento de las cosas y ser considerado un difusor de conocimientos, ya que no se requiere entender la naturaleza objetiva de los criterios de verdad, sino únicamente ser funcional para difundir el pensamiento religioso. En pocas palabras, el cristianismo impone parámetros al pensamiento y construye reglas de juicio con base en la aceptación de sus estructuras, mas no en la conducta. Por ello, cuando las reglas del sistema moral cristiano son violadas por la libre voluntad del individuo, el culto impone penas, aísla y demoniza; jamás perfecciona la hipotética falta, sino a cambio de una aceptación incondicional de las ideas.

El cristianismo propone a Jesús como eje de la salvación, de tal forma que la única esperanza para la humanidad plantea una disyuntiva de aceptación o rechazo: aceptar o rechazar al hipotético salvador define la posibilidad de alcanzar la vida eterna. El cristiano pareciera interpretar que los comportamientos no son buenos o malos sino dependiendo de la situación espiritual del individuo. La fe se entiende como el origen del comportamiento ético, mientras que el escepticismo es la raíz de la negación de dios y, por lo tanto, se toma como un alejamiento de la virtud. No existe en el cristiano un criterio de valoración abstraído de la fe: nada es bueno sino por medio de ésta, mientras que todo puede ser malo sin ella.

Es por medio de la fe que el cristiano cree obtener un estatus moral y encontrar el sustento para sus acciones. Pero el cristianismo no proporciona sabidurías morales, sólo brinda un ámbito de fe y refuerza la idea de trascendencia que supone el hecho de creer Cristo. Entonces, ¿cuál es el valor de referencia del cristianismo? ¿Cómo se definen los parámetros del buen actuar? El valor de referencia siempre es dios. ¿Y cómo inferimos valores en una entidad de la cual nada sabemos? En realidad, los definimos con base en nuestras concepciones, a partir de cómo pensamos que tales valores deberían ser.

Somos seres auto-referentes, somos el parámetro de nuestras concepciones. Todo lo imaginado es producto de nuestros preconceptos de las cosas. Incluso atribuimos cualidades a supuestos seres sobrenaturales, mismas que son, en realidad, representaciones que parten de nuestra idealización de éstos. La idea de dios como parámetro moral, es contraria a la idea de dios misericordioso, ya que todo parámetro moral objetivo es, en efecto, inamovible y opuesto a cualquier acto de amor o misericordia. Definimos a dios como omnipotente e inmutable, por tanto, él no necesitaría amar a nadie, porque no necesita de nadie más que de sí mismo, y afirmar lo contrario negaría la idea primera. Por otro lado, el actuar moralmente no es sólo evitar el mal, sino también vivir un estilo de vida en el que las actitudes sean las correctas. A estas actitudes correctas las llamamos virtudes. ¿Y cuáles son, a fin de cuentas, las virtudes cristianas?

La mayor virtud cristiana no es ser buena persona ni prevenir el mal, es la fe. En el relato bíblico Jesús nos pide que creamos en él, que confiemos en su persona. Pablo de Tarso define tres virtudes: fe, esperanza y caridad. La Biblia nos dice que las principales virtudes son la fe, la fidelidad, la prudencia y la templanza. ¿Cuál es entonces la más valiosa de las virtudes cristianas? Evidentemente, la fe. El más notorio mecanismo para fomentar la credulidad es tomado por virtud y su práctica como un legitimador del actuar.

El cristianismo propone un absolutismo ideológico, una suerte de consenso sobre las acciones que constituyen el bien absoluto. Los cristianos creen que dios es la fuente primera de nuestro sentido moral y, por lo tanto, entienden que los parámetros del actuar deben ser tan inamovibles como piensan que dios lo es. Pero toda valoración ética se circunscribe a criterios estrictamente humanos. La moral tiene una base social, es un conjunto de normas establecidas en el seno de una sociedad y, como tal, su origen, aplicación y valoración sólo están sujetos a parámetros sociales y, en última instancia, a nuestra consciencia individual.

La idea de la moralidad deriva de intereses humanos; se origina en nuestra naturaleza social y se perfecciona con la consecuente necesidad de imponer orden en la convivencia. Sin embargo, el argumento cristiano que otorga la potestad de la moral absoluta e incuestionable a dios, sigue tan vigente hoy como en la Edad Media; es, de hecho, uno de los fundamentos más utilizados para atacar a los ateos, alegando que éstos no poseen guías éticos ni sentido del bien moral.

Esto también genera una contradicción con otros criterios cristianos:

Si bien el libre albedrío implica que la voluntad no se vea coaccionada, es decir, que el individuo no sea forzado por algún poder externo para hacer algo que no quiere hacer, el hecho cierto del posible castigo por elegir lo no coincidente con la visión moral propuesta en el discurso bíblico, deja en evidencia que no existe tal cosa como el libre albedrío. La moral cristiana determina criterios absolutos; propone un totalitarismo intelectual imposible de evadir sin ser condenado por ejercer la misma libertad que propone en primer lugar. Y precisamente por esa libertad, producto de un libre albedrío ficticio, creímos ser salvos por nuestra propia voluntad, aunque, irónicamente, el ejercer esa autonomía expuso el verdadero obstáculo: el pensamiento. La fe nos enseñó que pensar es pecado, que nuestro discernimiento es obra del engaño y que la razón nos aleja de dios.

Hemos sido testigos de manipulaciones masivas en nombre de lo incognoscible, así como hemos invadido, colonizado y torturado, siempre legitimados por la que interpretamos como una doctrina de salvación. En realidad, jamás fuimos libres. Para serlo debíamos utilizar la razón y alcanzar soluciones reales a los males que nos afligen. Los dolores terrenales requieren soluciones terrenales, no basta con invocar seres que suponen un placebo temporal. Las falsas ideas engendraron falsas deidades y éstas sostuvieron un engaño milenario. Cada eslabón en la cadena de inmoralidad digitada por una doctrina nefasta funcionó de manera tal que no reparamos en las consecuencias de adoptar su sistema como guía ético, herramienta de juicio y verdugo a la vez.

 

 

 

 

 

Difusor del librepensamiento, administrador de DIOS NO EXISTE, No creo en tu dios, dios no existe y no es necesario y autor de El Ser Imaginario.

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