EL SER IMAGINARIO – CAPÍTULO 14

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“Hablándonos de Dios quieren elevarnos, emanciparnos, ennoblecernos, y, al contrario; nos aplastan y nos envilecen. Con el nombre de Dios se imaginan poder establecer la fraternidad entre los hombres, y, al contrario; crean el orgullo, el desprecio; siembran la discordia, el odio, la guerra; fundan la esclavitud.” -Mijaíl Alexándrovich Bakunin, pensador revolucionario ruso. (1814 – 1876)

Como seres racionales, deberíamos buscar fundamentos sólidos para todo aquello que suponemos verdadero, pero, curiosamente, tendemos a hacer justamente lo contrario. En muchos casos, las conclusiones a las que llegamos se sostienen buscando razones para creerlas ciertas, en lugar de saberlas ciertas basándonos en las razones que definen dicha condición. De hecho, la inquietud por indagar y conocer no está presente en todos nosotros. No sólo la razón actúa sobre nuestro entendimiento del mundo, también las pasiones definen el modo en que comprendemos lo que nos rodea. Cuando una creencia se instala, la mente tiende a descartar las experiencias que no cuadran con ella; por tanto, el normal desarrollo del proceso cognitivo queda totalmente anulado y el individuo pasa a estar condicionado por su creencias. (1)

El conjunto de imágenes y sensaciones construido alrededor de las nuevas ideas asimiladas se transforma en un modelo mental mediante el cual la realidad es interpretada. Cuando las estructuras del pensamiento religioso se instalan, todas las experiencias se adaptan a dicho modelo, ya que los hechos de la vida pasan a ser validados o invalidados de acuerdo a su concordancia con la nueva estructura de pensamiento. Quienes se ven afectados por estos procesos, generalmente sostienen proposiciones como ciertas, incluso sin tener en qué basarse para ello; se tornan intelectualmente inactivos y suelen aplacar sus dudas reafirmando ya no lo que saben, sino lo que suponen.

Desde pequeños nos identificamos con quienes nos rodean, primeramente con nuestros progenitores, luego con familiares y más tarde con amigos y parejas. Cuando las creencias son determinadas por el entorno social primario, la familia, estamos frente a la herramienta de divulgación más poderosa que la religión posee: el adoctrinamiento prematuro. (2)

La necesidad de identificación que los niños experimentan con sus mayores, les impide ejercer juicio crítico sobre las ideas que le son transmitidas. De hecho, las mismas se dan por sentado, ya que no pertenecen a una naturaleza diferente de lo que ellos identifican como la realidad objetiva de la vida. Un claro ejemplo de ello es la creencia en Santa Claus o en los Reyes Magos. Ninguno de ellos existe, pero el niño los cree reales, incluso sin requerir la más mínima evidencia, dado que así le ha sido trasmitido desde pequeño.

Los niños no se basan en la experiencia, sino que adoptan como propias las pautas adquiridas de su entorno a temprana edad; ellos creen por legitimación del emisor. Éste es uno de los mayores e innegables males que el adoctrinamiento religioso causa en las personas: las neutraliza, anula su identidad intelectual y las priva de la potestad sobre sus decisiones. En su gran mayoría, estos infantes se transformarán en personas incapaces de atribuirse el mérito de sus propios logros. Por lo mismo, adjudicarán situaciones adversas a razones o designios sobrenaturales. Dicho funcionamiento será incluso alentado por el sistema religioso, ya que la religión jamás fomenta el discernimiento. Al sistema religioso no le reditúa el pensador, sino aquel que cree por convencimiento.

Aquí entran en juego algunos paradigmas que se suelen transmitir por herencia cultural, como la fe y la idea de la salvación; criterios que, aunque ajenos a cualquier necesidad humana o contenido educativo, son presentados como fundamentos básicos y garantes de moralidad, incluso tratándose de premisas ajenas a nuestra realidad que estancan y aletargan a las personas.

El mensaje que se inculca desde temprana edad es no sólo negativo y en extremo irracional, sino también un legitimador de la inacción. Debemos entender que el cristianismo es uno de los mayores embaucadores históricos; es un promotor del conformismo, del estancamiento y de la credulidad.

El hecho de tener fe o de creer que la salvación se obtiene a través de la coincidencia ideológica son sólo ideas arbitrarias que nada aportan al mejoramiento de nuestra calidad de vida. No representan la liberación de las injusticias sociales y económicas que nos aquejan, ni la instauración de un sistema político más acorde con nuestra humanidad. Tampoco nos posibilita obtener condiciones menos especulativas para las clases sociales más afectadas. Los paradigmas cristianos únicamente suponen una relación imaginaria con aquello que no podemos conocer ni verificar. De hecho, la única manera de ser salvos, desde la visión cristiana, es a través de la anulación de las dudas, aceptando a Jesucristo como salvador; incluso sin pruebas al respecto de su verificabilidad histórica o su pretendida naturaleza divina. Lo que nos lleva a la pregunta obligada: ¿Qué clase de dios nos brindaría la facultad del pensamiento para luego exigirnos que la anulemos por completo y creamos en él a ciegas? Tal vez debamos suponer que este dios pretende un ejército de adoradores insensatos, incongruentes con su propia naturaleza y permeables de ser manipulados y vapuleados de las más aberrantes formas.

Es evidente que hemos crecido bajo la influencia de una doctrina que premia la adecuación intelectual en lugar de favorecer la libre elección, que alimenta la negación de lo evidente en lugar de tomar la realidad como punto de partida y proponer soluciones a los padecimientos humanos. Desde el principio vemos esto en el relato bíblico. En el Génesis, por ejemplo, dios deja a Adán y Eva la decisión de comer o no el fruto del Árbol de la Ciencia, pero les advierte que si lo hacen habrá consecuencias. La prohibición y el potencial castigo, tienen el propósito de servir como disuasivo para prevenir que traspasen los límites del mandato divino, y Jehová lo expresa de la siguiente manera: “Porque el día que de él comiereis, ciertamente morirás”. Todo esto apunta a evitar que la autonomía intelectual de Adán y Eva aflore a causa de su deseo de independencia. Esta negación del valor del conocimiento, evidenciada en el sentido más literal con la prohibición de tomar el fruto del árbol prohibido, no hace más que recordarnos cómo debemos servir a dios: alejados de toda consciencia de nosotros mismos y absolutamente despojados de nuestra autonomía intelectual.

¿Y qué sucede con Adán y Eva al desobedecer a Jehová? Sencillamente son desterrados del amparo de su creador, ya que han adquirido un sentido moral, la potestad sobre del actuar y la consciencia de ser responsables por sus propios actos.

La insignificancia en que nos sumimos al venerar lo intangible es, a grandes rasgos, la sublimación de la mediocridad, la negación del sentido de nuestra existencia y el precio a pagar por crear refugios imaginarios que nada nos dicen de nosotros mismos. En resumidas cuentas, equivale a reconocernos carentes de voluntad para descubrir las respuestas por nosotros mismos.

 

 

  1. Ayn Rand solía afirmar que no se necesitan conocimientos específicos para percatarse de la inexistencia de dios, y que cualquiera puede, sin demasiado esfuerzo intelectual, llegar a tal conclusión.

 

  1. Los niños, a causa del desconocimiento sobre los hechos de la vida y la identificación que sufren con sus mayores a temprana edad, son quienes menos juicio crítico ejercen sobre las ideas a las que están expuestos. Ellos legitiman al emisor en lugar de evaluar el mensaje.
Difusor del librepensamiento, administrador de DIOS NO EXISTE, No creo en tu dios, dios no existe y no es necesario y autor de El Ser Imaginario.

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