EL SER IMAGINARIO – CAPÍTULO 8

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 “Entendemos que es moral aquello que, prescindiendo de toda utilidad, independientemente de premios o ventajas, puede ser justamente alabado por sí mismo. Cuál sea la naturaleza de esto puede comprenderse no tanto por la definición que acabo de dar, aunque ayuda bastante, como por el juicio común de todos y por las inclinaciones y las acciones de los hombres mejores, que hacen muchísimas cosas únicamente porque son decorosas, porque son rectas, porque son morales, aunque saben que no van a conseguir ninguna ventaja.” – Marco Tulio Cicerón, jurista, político, filósofo, escritor y orador romano. (106 – 43 AEC)

 

Moral: Reglas o normas por las que se rige la conducta de un ser humano en concordancia con la sociedad y consigo mismo.

Partiendo del entendimiento de la fe, es posible comprender cómo otros dogmas funcionan de manera conjunta para moldear al creyente de acuerdo con las necesidades de los cultos religiosos. Para comprenderlo, es necesario analizar el proceso desde sus orígenes:

Las creencias funcionan como una suerte de método para evadir los sufrimientos implícitos en la existencia. Son también una manera de evitar asumir que somos una especie mortal; que todo lo que tenemos es esta vida y sólo esta vida. Pero si analizamos el modo en que las mismas se afianzan y los mecanismos que entran en juego para que se perpetúen, encontramos que dicho proceso no sólo parte de una necesidad individual, es más bien un proceso en el que también los sistemas religiosos buscan esa la asimilación simplificando en gran medida el proceso.

Es fácil notar que no se requiere mucho para tener fe; las mentes más rudimentarias pueden practicarla y sentirse parte del “plan divino”. Podemos también entender que la fe es un requisito necesario para la pertenencia al grupo doctrinario, y que cuanto más grande sea la necesidad de pertenencia del sujeto, mayor será también su apego a los mitos con que se identifica la congregación y su predisposición al fanatismo religioso, es decir, su permeabilidad a la fe. Por lo cual, la asimilación se hace efectiva desde varios frentes y de manera recíproca: la fe refuerza el sentido de pertenencia y la necesidad de afianzarse en el grupo hace lo propio con la fe.

Una vez que la superstición se instala y el sujeto es asimilado por el grupo, es muy poco probable que éste reemplace el mito por ideas propias. No hay lugar en las mentes adoctrinadas para el cuestionamiento, y ésa es una condición necesaria para romper el vínculo e independizarse. La creencia se nutre del desconocimiento sobre la naturaleza de las cosas, o bien, de la negación de lo evidente; mientras que la fe, su caballo de Troya, brinda el soporte para tal negación. (1)

Aquí entra en juego un nuevo factor:

La relación que el cristianismo establece entre el temor de dios y la moral humana es legendaria. Evidentemente, el temor es el factor de mayor influencia en el pensamiento cristiano: el temor al Infierno, el temor a la ira de dios, el temor a cuestionar. En pocas palabras, el temor es la más común de las herramientas de manipulación a las que el cristianismo recurre, además de la fe. Tenemos entonces que dos factores son necesarios para creer. En primer lugar, la fe; y en segundo, el temor de aquello penalizado, que muy convenientemente se presenta como motivo de castigo o penitencia: el temor de dios.

El modo en que este concepto entra en juego, hace a su verdadera razón de ser. Cuando hablamos de temor de dios, nos referimos a la aceptación de parámetros morales objetivos, interpretados desde la visión de un ser creado por quienes delimitan dichos parámetros. Tales designios, por tanto, pueden ser manipulados a voluntad.

Si nos remontamos a la época de mayor poder de la Iglesia Católica, la Edad Media, encontramos que el temor de dios era un argumento más acorde con una intención de difundir terror que con la idea de crear una consciencia ética. La gran mayoría de los autores insistían en el temor como algo necesario para ejercer control y librarnos del pecado, describiendo los posibles castigos por desobedecer a dios como torturas inimaginablemente horrorosas. Sin embargo, el cristianismo actual entiende el temor de dios como la consciencia y reflexión acerca de nuestros actos en su presencia. La idea es que sin temor de dios, o consciencia de estar siendo observados, nadie ejercería juicio moral sobre nosotros y estaríamos tentados de pecar constantemente.

Pero si la única motivación para hacer el bien radica en la complacencia a un dios que nos observa, entonces no haríamos el bien por propia voluntad, sino por consideraciones sobre las consecuencias de no hacerlo.

Nuestras acciones deberían surgir de un sentimiento genuino y no de mandatos que definen nuestra moralidad a los ojos de alguien más. En tal caso, estaríamos frente a una legislación de pensamiento, es decir, en presencia de un sistema que juzga cómo debemos sentir. Incluso se ha intentado fundamentar la existencia de lineamientos morales objetivos argumentando que si dios creó al ser humano, entonces todos tenemos a dios dentro, y que por ello debemos ver a todos como nos vemos a nosotros mismos y aplicar las únicas pautas comunes a todos: las del creador. (2) Pero este razonamiento es incorrecto, ya que parte de una premisa no comprobada: Dios.

El sentido de moralidad debe estar fundamentado en la libre decisión; la moral es lo elegido, no lo impuesto. (3) Todo planteo de moral objetiva debe ser descalificado por simple sentido común. La percepción del valor moral surge el sentido del deber moral, no de pautas externas que la impongan. Una acción es correcta o incorrecta de acuerdo a consideraciones sobre las consecuencias de la misma, no por los castigos que acarrearía el llevarla a cabo. Por otro lado, nuestro sentido moral debería estar basado en criterios realistas y practicables, pero si analizamos el modelo ético cristiano, encontramos un sistema cuyos valores se erigen sobre un paradigma irreal, antiético y por demás subjetivo. De todos modos, el planteo moral cristiano falla en la práctica, ya que sólo es aplicable a un juicio del cual el fiel está exento. Por tal motivo, las penas únicamente afectan a quienes no comparten la doctrina. Además, los lineamientos del sistema cristiano están pensados para imponerse de manera absolutista y sin contemplar la verdadera naturaleza del significado de la moralidad.

El cristianismo exhorta al creyente a actuar en consecuencia con lo que podría considerarse el bien objetivo, dado que el juicio al respecto de sus actos es sólo concerniente a dios. En lenguaje cristiano, el individuo es totalmente dependiente de dios; no puede alcanzar la bondad por medio de la voluntad o la inteligencia, sino únicamente con la ayuda de la gracia divina. Por lo tanto, es posible ser un ex violador o un asesino, a la vez que se puede pasar a ser moralmente correcto a los ojos de dios; tan sólo es necesario aceptar a Jesús como salvador luego del acto cometido. Esto, indefectiblemente, nos lleva a evaluar las posibles definiciones de moral y su aplicación en cada caso. Existen dos clasificaciones principales de moral: La moral objetiva y la moral subjetiva. Podríamos decir que la primera es aquella que se corresponde con el modelo cristiano, mientras que la segunda es la que contempla cierta flexibilidad en los criterios del bien y del mal, considerando parámetros de diferente índole.

La moral objetiva se considera absoluta, incuestionable y no tiene en cuenta al individuo o el caso particular. Su origen, en términos religiosos, es la verdad revelada de fuentes divinas: Dios. Sostiene que las reglas morales son verdaderas aunque no sean producto de una convicción personal. La moral subjetiva, en cambio, está ligada al contexto social, histórico, cultural e incluso ideológico del individuo. Es particular de cada uno y no responde a convenciones establecidas. No sostiene absolutos morales, ni bien ni mal ético objetivo.

Aquí debemos detenernos y reflexionar: ¿Es posible el relativismo moral?

Se supondría que un relativista moral, ya sea ateo o agnóstico, entiende que no existen valores de bien y de mal absolutos, por tanto, no puede ceñirse a la idea del mal para argumentar a favor o en contra de nada, ya que el mal, a su criterio, es un valor relativo. ¿Esto invalidaría argumentos tales como el de Epicuro, donde el mal es el elemento fundamental para definir la imposibilidad de la existencia de dios?

Así definió Epicuro la contradicción entre las características atribuidas a los dioses y la existencia del mal:

“¿Es que quiere evitar el mal y es incapaz de hacerlo? Entonces, es que es impotente. ¿Es que puede, pero no quiere? Entonces es malévolo. ¿Es que quiere y puede? Entonces, ¿de dónde proviene el mal?”

El dilema es el siguiente:
Si el mal es un valor subjetivo, automáticamente el argumento en contra de la existencia de dios quedaría descalificado; pero si el mal es real, el relativismo moral es impracticable.

En mi opinión, la idea que tengamos sobre el bien y el mal no afecta al relativismo moral. Podemos decir que los valores en cuestión están sujetos a interpretación y dependen de las vivencias e ideales del individuo, pero también debemos entender que sin un parámetro que nos sirva como escala de medición, las conductas humanas sólo podrían desembocar en arbitrariedad, y la noción de moralidad dejaría de existir.

Cuando un relativista moral sostiene que no existen valores absolutos de bien y de mal, en realidad está diciendo que éstos pueden tener atenuantes. Que no sean valores absolutos, no significa que no existen o que no se puedan comprender. Implica que dichos valores son cambiantes, adaptables y que pueden modificarse en tiempo y forma de acuerdo con la situación histórica, social o cultural. He aquí que Epicuro, Faure, Russell y otros tantos relativistas morales están legitimados en su pensar basados en la concepción de una moral adaptable, pero que conserva su carácter de guía consensuada o medida del “buen actuar”. Aunque, de todas formas, el concepto de moral objetiva sigue siendo la pauta, el detonante y la excusa para el juicio prematuro impuesto por el ideario cristiano.

En pocas palabras, el cristiano hace el bien por temor de dios, quien supone ha impuesto lineamientos de comportamientos universales, incuestionables y eternos. Sin embargo, el argumento de moralidad que el cristianismo esgrime es insostenible, ya que si la moral proviene de dios, y para conocerlo sólo tenemos las Escrituras, nuestra moral proviene de un ser vengativo, narcisista, intolerante, antisocial, genocida y una larga lista de etcéteras. ¿Es este el parámetro de moralidad incuestionable?

La verdadera inmoralidad radica en el propio cristianismo, en su afán de poseer la verdad sin conocerla en absoluto, en su violencia desmedida contra el conocimiento, en su intolerante y sectario discurso absolutista de seres sobrenaturales que termina siendo un nefasto ejemplo de inmenso desprecio por la humanidad y sus logros.

El ser humano es la prueba de lo obsoleta que es la fe. El creyente afirma que con fe se llega al cielo, y el ateo responde: Llegamos al cielo y más allá por nuestra propia cuenta, hace ya cincuenta años; sin dios, sin fe; por nuestros propios medios.

El 12 de abril de 1961, el cosmonauta soviético Yuri Gagarin de 27 años, se convirtió en el primer hombre en llegar al espacio.

 

 

  1. El sentido de pertenencia es una condición necesaria para constituir un culto religioso. Es una suerte de vínculo social, un modo de establecer ese lazo propio de todo grupo doctrinario y, en última instancia, permite que los individuos se entiendan entre sí con simbologías y ritos delimitados por los líderes, lo que facilita el manejo de grupo por sobre la concepción o el criterio individual.

 

  1. El esta idea se basa el postulado “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. La frase tiene su origen en Pablo de Tarso, quien sostenía que quien ama a su prójimo ha cumplido la ley divina y bien puede sentirse satisfecho como cristiano, ya que todos los mandamientos se resumen en esta idea.

En (Rm 13, 8-10) nos recuerda: “La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud.”

 

  1. La moral es un código libremente escogido, no es una imposición o una legislación. Cuando el bien común de la sociedad toda se considera superior al de algunos individuos, se entiende que el bien de algunos prevalece sobre el de otros, y que ésos otros están destinados a la condición de sacrificables.

 

 

 

 

Difusor del librepensamiento, administrador de DIOS NO EXISTE, No creo en tu dios, dios no existe y no es necesario y autor de El Ser Imaginario.

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