Exhibir presumido lo que no se tiene es como desear lo que se desconoce.

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Hoy, la continua dilatación y penetración del escepticismo, que con solo un templado interés hacia el incremento de nociones y seguida anexión de novedades en referencia a los inagotables descubrimientos fidedignos, se trasforma en ateísmo, podrá disfrutar de un alto grado de gozo expresivo pero no aún el mismo nivel de exposición.

Libros ateos interpolados con otros de índoles disímiles, no promoverán los mismos efectos que una biblioteca representativamente atea.

Los ejemplos se extienden, desde un foro a una editorial edilicia, de un diálogo a un congreso, de una insignia a una manifestación, de una ideología laica a una intención legislativa que inhabilite y excomulgue a la religión como institución absolutista con fines de lucro en base a principios de indigencia intelectual.

Todo tipo de sentimiento y discernimiento, de instinto y razón, de conducta y modalidad, tiene un grado: la envidia, el talento, el envanecimiento, la lucidez, la excelsitud, la peculiaridad.

La vida en sí es una comparación: un ser es evolucionado en base a quién se lo compare; un clima es árido si se lo opone con el mesopotámico; una idea es innovadora si se la diferencia con la doctrina muerta de la religión.

El creyente tiene una elevada egolatría, debido, paradojalmente, a la adulterada y laudatoria autoestima exhibida, tanto al creer estar no solo protegido sino en relación interactiva con sus dioses de forma íntima y proselitista, como proporcionalmente el hecho de descifrarse confuso en su desvariada búsqueda perpetua, de conciliaciones y desencuentros con estos seres ficticios.

Reina en el creyente, la discordancia ratificada y la confirmación perpleja.

La soberbia del religioso como producto de la tosquedad y su disparatado proceder como secuela, es creer poseer como rasgo distintivo una humildad que no la quiere acepar ni puede asumir porque lejos está de dimensionarla.

Un ateo o un científico respetable dirá: “no sé; podrá ser; mi postura es que dilucidemos; enséñame evidencias; tú tienes razón y yo era el equivocado”. No así por supuesto en cuestiones que incumban a mitologías vigentes como posibilidad cierta. Podrán debatir pero no aceptar que Mickey Mouse aun divierte y fascina porque aguarda el descongelamiento y resolución de Walter E. Disney.

No se trata de hacer una apología a la humildad ni entrar en sus acepciones más complejas; solo no confundirla con la que se embute en el plano del conformismo, que en el fondo es donde el religioso se mitiga, fantasea, adormece y reprime.

Pretender encontrar lo que se atesora es como perder lo que jamás se tuvo.

El religioso pretende encontrar a dios y se persuade de lograrlo, siendo su conquista, una iterativa imaginación producto de la más vetusta asociación proyectiva concebida por el humano menguado; y lo que jamás tuvo fue el dominio crítico de dicho direccionamiento utópico.

Los intérpretes que congrega en su gruta milagrera descomponen cualquier cerebro, concretamente el propio, donde lo debería concertar en la posición de desligarse de bullicios sinfónicos celestiales impuestos si su deseo son las consonancias lúcidas y una acústica idónea, reconociendo lo que forjó su inmaduro intelecto en el equívoco afán de no experimentarse huérfano, sin las cuerdas que sostenían un encuentro que lo perdía, un itinerario que lo tuvo deformando su realidad vital con existencias virtuales.

Exhibir presumido lo que no se tiene es como desear lo que se desconoce.

Lo que exhibe convencido el creyente es algo que implora mendicante donde con solo su convencimiento enérgico e irreflexo cree obtener el beneficio de ser un servil protegido, no importándole ignorar a qué relato encomienda un entendimiento que como deducción, ya está rendido.

Argumentar vivir con entes mitológicos es como descubrir lo que no existe.

El individuo religioso alega coexistir no solo con los valores sino con los representantes hacedores de estos criterios, donde al todo majestuoso de su creaciomito lo tiene consigo, pactando con él como también remitiéndose frecuentemente con todo o gran parte del linaje que legó para incrementar y acorralar el rebaño al que pertenece: esquilado en invierno.

Afirma de esta manera el creacimístico, haber descubierto las bases de todo lo que necesita comprender, que no se diferencia de lo que develaban los egipcios en un felino mágico o cualquier otro zoomorfismo que le proporcionaba, Keb o Ra de por medio, el erudito oráculo esencial para vivir reglado de manera momificada, siendo las restantes ilustraciones ecuánimes trascendentes, no solo adventicias si es que las tiene en cuenta, sino inferiores mientras contraríen lo argumentado por los entes ficticios que hoy, solo tienen apodos distintos que aquellos encontrados en tallados, papiros, cuevas, ilíadas y odiseas; tan enmarañados como el loable ejercicio filológico de los todavía insólitos credos expresionistas que desperdiga la religión actual, desperdiciando el tiempo, confundiéndolo con  períodos predestinados.

Aunque en cierta forma, sin proponérselo no se confunde, ya que al tiempo, el propio, la religión lo tiene determinado, topándose con el límite del precipicio, donde todavía le falta dar el ineludible paso.

Escritor Argentino, autor del libro “El dios Creado”, patrocinador del librepensamiento, favorecedor del laicismo, militante por un ateísmo positivo funcional y propulsor de un racionalismo existencial o raciocracia atea.

Obra que hace hincapié en mentes aptas mediante el conocimiento discernido, el juicio argumentado, la ciencia y las por el momento omitidas sintomatologías anómalas que posee el crédulo y su religiosidad por parte de la psiquiatría a través de su todavía vigente mitología constitutiva, que por consiguiente irá siendo legalmente restricta y ajustada hasta su progresiva e ineludible extinción natural producto del uso de la razón consciente.

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