Lo santo versus lo sano: sobre la necesidad de una ética secular

Venus

 

¿Dicen los dioses que las cosas son morales porque por naturaleza son morales, o estas se convierten en morales porque los dioses así lo declaran? – el Dilema de Eutifrón

El epicureísmo enseña que la justicia es un constructo social y cultural basado en acuerdos entre la gente, acuerdos en los que entramos como agentes libres. Como tal, la sociedad debe tomar entera responsabilidad por los sistemas de justicia que establecemos y las doctrinas éticas que enseñamos.

A veces, argumentos éticos que en práctica podrían ser considerados sanos se derivan de fundaciones incorrectas o llevan a conclusiones incorrectas por estar ligados a reclamos sobrenaturales que confunden: un cristiano anti-aborto que no tiene una sólida fundación en los principios éticos de la no-violencia podría defender la práctica de la guerra o no criticar la crueldad de la industria de la carne mientras ostenta ser pro-vida. Esto es síntoma de una cosmovisión incoherente.

Si alguien realmente lleva un estilo de vida no-violento, debe ser anti-guerra, anti-aborto, resolver conflictos creativamente y a la vez boicotear las industrias basadas en la crueldad. Eso parece coherente y merece quizá la etiqueta de pro-vida. El problema que presento aquí es la inconsistencia e incoherencia de cierto sistema de valores, no el mérito de una etiqueta en particular.

La inconsistencia no es nuestra única crítica de las éticas no-naturalistas. Hay circumstancias en las que la supuesta ética religiosa es simplemente malvada y peligrosa. Sabemos de matanzas de honor de muchachas jóvenes por sus padres o hermanos musulmanes, de una ley que favorece cometer genocidio contra los gays en Uganda, de un Viejo Testamento y una historia humana repleta de violentos episodios de guerras santas (si es que una guerra puede ser santa). El código levita en la Biblia fomenta el apedreo de un hijo por beber alcohol y la venta de mujeres. La épica hindúa del Ramáyana legitima el suicidio de viudas cuando el esposo muere y el Corán ordena a un hombre pegarle a su mujer si le desobedece.

Mente sana en cuerpo sano. – Adagio romano

Al preguntársele a la mayoría de la gente de donde derivan sus valores, muchos hacen referencia a su crianza religiosa, pero pocos han hecho el trabajo intelectual de analizar con un nivel sano de rigor las fundaciones de esas enseñanzas. Por el otro lado, es imposible encontrar fallo en el ideal secular de mente sana en cuerpo sano. ¿Que podría tener de malo tener una mente sana en un cuerpo sano?

La palabra romana sano comparte raíces semánticas con la palabra santo. En algún momento de la historia, las dos nociones se separaron del mismo modo que holy y wholesome son ideales separados en el idioma inglés hoy. Al confundir ética con religión, la sociedad se alejó enormemente de la sana ética y sentido común, echó a un lado la filosofía natural a favor de la credulidad y lo sobrenatural. Ser bueno es, desde entonces, un ideal platónico y no pragmático: consiste en creer en ciertas cosas y no en vivir una vida sana y saludable. El resultado es que la sociedad sufre.

La noción de lo santo hereda un bagaje cultural del cual no se puede divorciar: está ligado a tabúes, miedos irracionales y negaciones fundamentales de la vida, muchas de las cuales no son sanas.

Lo que está separado

Lo santo, lo sagrado, la noción bíblica de kedosh implica aquello que ha sido consagrado o separado, que ha sido dedicado (a una deidad o a una causa). Cuando una cosa es sacrificada (del latín “hacer sagrado”), por definición ahora es sacra y separada de lo cotidiano. Tiene una dignidad o poder especial y como sobrenatural, de modo que no puede ser usada ya para propósitos triviales.

Lo sagrado también suele tener el sentido de ser secreto, impronunciable, aquello mas allá de todo reproche de lo que no se puede hablar, que no se puede tocar con manos sucias. La Biblia prohíbe que se diga el nombre de Dios. Las mujeres que menstrúan son impuras y deben vivir separadas por un tiempo. Innumerables tabúes nacen por causa de lo sagrado: trabajar el sábado es ilegal, como lo es ofrecer un animal impuro a un dios. Las prohibiciones contra el camarón y el cerdo son ejemplos de estas categorías arbitrarias en la Biblia, pero ejemplos existen en todas las culturas religiosas. Estas nociones de fetichismo ayudan quizá a preservar cierto orden social y los privilegios de ciertas clases, y a la vez llevan consigo una esclavitud mental y restricciones innecesarias que nada tienen que ver con las verdaderas cuestiones éticas y que, por virtud de estar separadas, reclaman estar mas allá de todo reproche. Pero lo santo no siempre es lo sano.

El sacrificio de un animal, desde la perspectiva de ideales no-violentos, es considerado malsano e inmoral, sin embargo es un evento sagrado. El apedreo de alguien por trabajar un sábado tampoco es sano ni moral, sin embargo los que vivían bajo Moisés durante los tiempos del Viejo Testamento lo tenían como un deber sagrado.

Por lo tanto, los filósofos laicos y hedonistas opinamos que una distinción elemental entre la vida santa y la vida sana es fundamental para poder definir lo ético, a pesar de que muchos grupos religiosos quieren confundir nuestro compás moral y hacernos creer que la vida santa es, por definición, sana. Cualquier intento de medir el dolor versus el placer producido por las cruzadas, por el yihad, por la inquisición, y muchos episodios donde lo santo no era sano nos ayuda a entender la imperativa moral de secularizar la ética.

La incapacidad de cuestionar la autoridad y la tradición que está implícita en nuestro sentido de lo sacro como tabú, acarrea cargas adicionales: no se nos anima a levantar preguntas legítimas sobre los abusos ni sobre la autoridad ilegítima. El abuso sexual de miles de niños en manos del clero católico, que sucedió durante generaciones, revela una cultura de depredación que solo pudo haberse dado en el contexto de un rebaño sumiso, dócil y que nunca cuestiona.

Es absolutamente moral y necesario requerir transparencia de nuestros líderes, tanto seculares como religiosos. Solo la tiranía se sirve cuando no lo hacemos y con frecuencia son los tiranos quieren requieren nuestra obediencia infantil sin cuestionar.

La censura debe ser discutida aquí como un ejemplo particularmente detestable de las tendencias latentes y manifiestas hacia el totalitarianismo que cunden entre lo sagrado. Si un hombre es realmente sabio y sus opiniones auto-evidentes, no existe necesidad de violencia contra sus disidentes. Las histerias de las quemas de libros y una cultural generalmente hostil hacia la sabiduría son lo que llevaron al cierre de las escuelas epicúreas, la destrucción de toda nuestra literatura y la muy eficiente campaña de difamación que han sufrido los filósofos naturalistas y hedonistas a través de los siglos. Aún hoy, muchos grupos religiosos usan el término “hedonista” como un insulto y descartan con arrogancia todo intento de demarcar el discurso propio de lo ético como relacionado a los tangibles del dolor y el placer, demarcarlo dentro del contexto del cálculo hedónico que es donde pertenece este discurso.

Es fácil olvidar la riqueza que perdimos porque nunca sabremos en realidad cuanta sabiduría antigua se perdió por causa de la censura. Lo mas que podemos decir es que por siempre seremos una especie mas pobre intelectualmente por su causa.

Nadie puede argumentar que todos los tabúes son malsanos, y de hecho muchos arguyen (correctamente, en mi opinión) que los niños son fácilmente influenciados por las figura de autoridad y que la noción del tabú, de lo prohibido, es necesaria para que podamos criar niños sanos: deben establecerse límites a su conducta. Por lo tanto, se podría decir que existe autoridad legítima y espacios legítimos para el concepto del tabú. Pero solo los tabúes que son sanos y que no están basados en miedos irracionales deberían ser endosados.

A pesar de que la gente de todas las religiones con frecuencia lleva a cabo actos nobles y placenteros inspirados por su creencia, también llevan a cabo actos inmorales y amorales por causa de la misma creencia. Un sistema de ética sano y sofisticado debe, al menos, diferenciar claramente entre lo sano y lo santo y nombrar aquellos tabúes religiosos que sean amorales o inmorales como tal: santos pero malsanos y corruptos.

Higiene y salud

Sin salud mental y física vibrante, es difícil vivir una vida placentera. Muchas prácticas sagradas tienen su origen en la higiene como medio para prevenir la enfermedad. Tienen que ver con preservar la salud y son, por lo tanto, saludables. Los baños sagrados que se dan judíos, musulmanes, hindúes y otros grupos son ejemplos de estas prácticas.

Similarmente, los indígenas de América traducen el poder espiritual como medicina y, como muchas culturas primeras, ligan su folklor a prácticas de sanación antiguas, algunas de las cuales son legítimas. Muchas compañías farmacéuticas han estudiado y patentado las hierbas y la sabiduría natural de los curanderos tradicionales. Por ejemplo, las propiedades relajantes del tilo o del lúpulo y los vigorizantes efectos de la maca fueron primero descubiertos por ancestros que buscaron la medicina en la naturaleza.

La limpieza y otras prácticas de salud son necesarias para una vida placentera y previenen la enfermedad. Remover los gérmenes nocivos dentro de la casa y del cuerpo, al igual que una dieta sana, son preocupaciones éticas importantes.

Del mismo modo, es difícil medir los efectos dañinos de la imaginería mórbida de violencia en las películas o juegos, de ciertas formas de música y de la asociación de personas con mal carácter. Si la prevalencia de desorden de estrés post-traumático entre los que han sido comisionados a matar en otros países nos sirve de indicación, parece ser que lo que alimenta nuestros ojos y nuestra mente permanece con nosotros por mucho tiempo luego de experimentarlo y se convierte en parte de nuestra realidad.

Solo por medio de la atención y la introspección podemos notar la ansiedad o la serenidad que causan distintos tipos de música o de escenas en las películas y juegos de video, o la influencia buena o mala de todas nuestras asociaciones. La higiene mental es, por lo tanto, tan importante como la física: una atiende la salud mental y la otra, la corpórea.

La justicia natural

Algunos de los enemigos de Epicuro (bueno, los sospechosos usuales, los platónicos) argumentaban que ya que el canon (la regla para medir la realidad que usamos los epicúreos y que se basa en la evidencia empírica y directa ante nuestras facultades naturales) hace a cada persona capaz de discernir la verdad independientemente usando criterios tan subjetivos como el placer y el dolor, además de los cinco sentidos, por lo tanto los epicúreos eran incapaces de llevar a cabo los deberes y responsabilidades de un buen ciudadano. Este tipo de argumentos se basan en conceptos platónicos de justicia como una idea eterna, con atributos sobrenaturales y cualidades metafísicas e incambiables, lo cual hizo necesario que Epicuro articulara una teoría no-metafísica y no-supersticiosa de la justicia que luego se volvió fundamental a nuestro sistema de leyes: el contrato social.

Mientras que las tradiciones religiosas proponen sistemas rudimentarios de mal-llamada justicia, como el shari’a o ley sagrada en el islam donde el testimonio de la mujer vale la mitad que el del hombre y donde el criticar la religión se castiga con la muerte, Epicuro propone que no hay leyes caídas del cielo y que la justicia es simplemente un acuerdo entre los mortales.

La justicia natural es un compromiso de beneficio recíproco para prevenir que un hombre haga daño o reciba el daño de otro … Es imposible para un hombre que secretamente viole los términos de un acuerdo a no dañar ni ser dañado, que sienta confianza de que no va a ser descubierto aún si ha escapado diez mil veces; pues hasta su muerte nunca estará seguro de que no será detectado. – Doctrinas Principales 31, 35

En otras palabras, en lugar de la justicia emerger de principios no-orgánicos o abstractos, de autoridad arbitraria o de dioses, Epicuro dijo que las entidades vivientes entran en contratos naturalmente (sin intervención de los dioses). Lo que esta teoría contractual de la justicia implica, en términos concretos, es que somos nosotros quienes creamos nuestras leyes y también, claro, podemos cambiarlas.

Muchos oponentes del epicureísmo han argumentado que, siguiendo este tren de pensamiento, un epicúreo podría cometer robo u otros crímenes si sabe que no lo van a detectar. Lo que Epicuro dice en el verso ya citado, sin embargo, es que tanto epicúreos como no-epicúreos deben incluír en su cálculo hedónico la posibilidad de vivir con la culpa y de ser detectados si fallan en mantener sus acuerdos. Romper nuestros contratos acarrea vergüenza, culpa, penalidades legales o sociales y otros mecanismos que conservan el orden social.

El concepto del convenio hedónico ha sido expandido mas allá de un acuerdo preventivo a no dañar ni ser dañado por pensadores modernos como el epicúreo francés Michel Onfrey, que lo caracteriza como un acuerdo de maximizar los placeres de todos y minimizar las penas de todos. El dice que “el hedonismo utilitario quiere el cálculo de los goces con la meta de obtener la mayor cantidad de beneficios para uno y el otro”.

Este ideal es implementado, por ejemplo, en el campo de la justicia económica por medio de fomentar el intercambio justo (el movimiento “fair trade”), cumplir con las leyes de salarios justos, etc. El convenio hedónico no solo permite al epicúreo vivir en la polis como un ciudadano sano y responsable: es indispensable para evitar la tiranía y para crear una civilización progresiva y feliz.

Algunas consideraciones finales

Es quizá injusto criticar las prácticas religiosas que no son dañinas ni malsanas ya que no son destructivas aunque sean una pérdida de tiempo, un inconveniente o una restricción innecesaria. Muchas de estas prácticas (como el canto de canciones religiosas) añaden una cantidad enorme de valor estético y placer a las vidas de la gente y, por lo tanto, cuando realizamos el cálculo hedónico podemos concluír que son buenas.

Muchas personas sienten que tienen un deber moral de criticar las prácticas religiosas inmorales que generan dolor innecesario (la circuncisión, la homofobia, la violencia religiosa). Sin embargo, no hay duda de que una persona religiosa puede ser perfectamente ética si posee buen juicio y, sobre todo, si refina su religiosidad por medio de la sana filosofía.

El uso de vocablos medicinales en el epicureísmo nos ayuda a ser auténticos en nuestro discurso sobre ética. Un entendimiento secular de la ética que se concentre en lo sano en lugar de lo santo, en la sanidad en lugar de la santidad como ideal, hace mucho para liberar al mortal de la superstición, las autoridades fraudulentas y los miedos sin base. Estas nociones éticas seculares no tienen la carga pesada de las nociones religiosas y son generalmente fáciles de reconocer, de enseñar y poner en práctica.

Los filósofos éticos laicos y naturalistas deberían, por lo tanto, acostumbrarse a hablar positivamente e los estilos de vidas sanos, la sana asociación, los sanos amigos e ideales, el sano entretenimiento, etc. y deberían asumir como proyecto el articular sus tradiciones de sabiduría en estos términos para entender concretamente lo que estas cosas (al igual que las contrapartes malsanas) significan en práctica.

 

Hiram Crespo es autor y blogger puertorriqueño residente en Chicago, fundador de societyofepicurus.com y autor de Tending the Epicurean Garden (Humanist Press, 2014) y de Cultivando el jardín epicúreo y el autor/traductor de Varios días en Atenas y Epítome. Ha contribuído artículos a The New Humanism (una publicación de The Humanist Chaplaincy at Harvard), The Humanist (una publicación del American Humanist Association), Greenewave, Humanist Life y muchos otros. Se graduó con altos honores de un Bachillerato en Estudios Interdisciplinarios en Northeastern Illinois University y además del español e inglés, conoce el francés y el idioma universal, esperanto.

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