¿Por qué es necesario un Estado laico?

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“La terquedad de quienes cierran sus ojos ante la luz de la verdad, transforma a los pueblos en rebaños y empobrece a la humanidad.” – Johannes Kepler

Históricamente la cúpula religiosa se encargó de interpretar, difundir y consolidar el supuesto mensaje del dios de turno para la humanidad. Esto deja clara la inaccesibilidad que se adjudica a todo hipotético creador y hace parecer necesaria la mediación de algunos elegidos, mientras que acentúa la idea de padre, juez e intérprete con que se conoce hasta hoy a los líderes religiosos.

Estos líderes no sólo estipulan qué se supone corresponde a dios y qué no, sino que incluso ejercen juicio moral sobre lo bueno y lo malo a través de criterios atribuido a la esfera sobrenatural, o bien a una doctrina que a fin de cuentas no deja de ser una interpretación tan propia como todo aquello que, según dicen, proviene del altísimo.

Por lo mismo, los ateos pensamos que cuando los fieles hacen aquello que consideran el bien, es simplemente en función de la opinión de su grupo doctrinario y, en última instancia, de sus líderes que han estipulado lo que corresponde y lo que no. El creyente no hace el bien o el mal, sino que actúa so pena de estar en falta. Y esto incluso va más allá, tal como sucede cuando un culto se ubica por sobre los demás en función del favoritismo de gobernantes que han asimilado el mismo mensaje que estos líderes religiosos tan efectivamente difunden.

¿Y por qué debería importarnos esto a los ateos? ¿Acaso el escoger ese camino no ha sido la elección de estas personas?

Sin duda, vivir bajo conjuros místicos es una elección de vida para ellos. Cada persona determina criterios sobre los cuales basa las razones de su actuar. Sin embargo, estas razones no pueden estar por encima de la libertad del prójimo. Las creencias no se pueden probar, por lo que no podemos decir que una fe en específico sea la verdadera mientras que las demás no. Y aquí, justo en este punto, es donde los ateos vemos afectada la libertad, tanto nuestra como de las distintas denominaciones.

La naturaleza humana es tanto racional como libre. Cuando actuamos conforme a nuestra libertad intelectual, estamos funcionando en concordancia con nuestra naturaleza. Por lo mismo, se debería entender que el adherir a tal o cual ideología es sólo concerniente a los intereses de cada individuo. En un sentido más amplio, las nociones con las que se puede o no concordar, se definen de acuerdo a lo que cada uno considere, y es un criterio tan diverso como personas existen.

Ningún sistema de pensamiento unifica todas las nociones y criterios. Por ello, ninguno de éstos debería utilizarse como pauta de inclusión o exclusión del Estado sobre las personas. Cuando el Estado impone una opinión a la sociedad, está irrumpiendo en la libertad intelectual de todos. No existen fundamentos que sustenten la preponderancia de una idea sobre el derecho a la autonomía de nadie.

La imposición ideológica equivale a un avasallamiento de los derechos y se manifiesta como una acción que desestima la igualdad en pos de direccionar el pensamiento. El Estado no debería jamás fomentar tales acciones ni permitir que grupo o persona alguna las lleve a cabo. Tal es el caso de las creencias religiosas, que suelen ser patrocinadas por el mismo Estado dentro de un contexto social que no necesariamente las comparte. En estos casos estamos frente a una atribución ilegítima.

La existencia de sociedades no es sino el resultante del mismo instinto de supervivencia que nos lleva a relacionarnos con otros para afrontar situaciones que individualmente no podríamos superar. A fin de cuentas, el individuo es la base de toda concepción social, así como el motivo primero para entender la necesidad natural de su prevalencia como unidad individual, fundamento éste que debería ser suficiente para que los propios intereses particulares sean respetados.

Ni el progreso ni la felicidad están anclados a una noción religiosa. Por todo lo anterior, y teniendo en cuenta que los paradigmas religiosos son cuestiones particulares de cada persona, todas las creencias deben estar en igualdad y ninguna debe recibir trato diferenciado. La realización humana no se basa en seguir al cristianismo, al islam o al judaísmo, sino en hacer todo lo posible por progresar como individuos que aporten a una sociedad que, de manera recíproca y en absoluta concordancia con nuestra naturaleza, respeta nuestra libertad intelectual.

 

 

Difusor del librepensamiento, administrador de DIOS NO EXISTE, No creo en tu dios, dios no existe y no es necesario y autor de El Ser Imaginario.

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