ORIGENES DEL ÚLTIMO CREACIOMITO. Un proceder contra natura

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En el mito es donde todavía el religioso encuentra la respuesta al origen del universo y sus componentes, lapso y final.

Dentro de unos 50 o 100 años, como quien es optimista con el último religioso, y esquivo éste al diagnóstico mitoneurótico (el más leve), el ser se preguntará y se reirá cuando se entere que se vive en el año 2.070 debido a una mitología, no del todo original por cierto, que la estudiará junto con la de los demás dioses inventados por el humano.

El cerebro religioso no adquirió los componentes naturales para tener un equilibrio de magnitud apta: vive suspenso en el suspenso.
No tienen tal dificultad, en cuestiones de mitología, aquellos que sí optan por darle integridad en base a principios hacendosos.

El cerebro reptiliano, el mas primitivo que la vida proporcionó, reina en el religioso, porque no tiene curiosidades de importancia magna, aquellas que trascienden con un atrevimiento probo. Y cuando las tiene, se detiene al percibir que se alejan de su dogma incorporado, por lo que se entretiene reiteradamente, retrotrayéndose a un presente que no lo considera remoto.
No lo estimula, solo emula instintivamente lo que de la absorción cultural mediocre recibió: conservando y defendiéndola.
Lo que lo convierte en un cerebro totalmente irracional en estado de religiosidad, el cual, por ser su bastón neuronal, repercute en sus demás procederes y convencimientos.

Podrá decirse que algunos religiosos se ocupan de temas científicos, pero lo que hacen es adquirir instrucciones y repetirlas, no razonándolas.

El religioso no razona, de hacerlo, no lo sería.

Ciencia y religión son la antítesis por antonomasia de las erudiciones humanas más preponderantes.
No se puede ser una persona de ciencia, de razón y al mismo tiempo un religioso, un adorador.
Existe una incompatibilidad que lleva a un análisis mas profundo, uno que escudriñe el trastorno hoy omitido por la psiquiatría.

Un científico, un excelso filósofo o cualquier otro individuo relacionado a un elevado dinamismo intelectual, con propensión a la innovación, no puede ser jamás religioso, ya que su propio neocortex no le permitiría.

El cerebro humano, en la generalidad, todavía no es racional, tiene apenas momentos, destellos de coherencia y lucidez estable.

El religioso, portador del cerebro más rudimentario del presente, el de predominio reptilio-ritualista, continúa por ende en una etapa vivencial de tradición oral: no es consciente ni se introduce siquiera en su propio creaciomito.

También es creyente por miedo al prejuzgamiento: prefiere no ser discriminado por una torpe sociedad que solo lo considera un número, que diferenciarse fructíferamente.

El hecho de superar la religiosidad, entender que es un mito absolutamente todo lo que rodea a dioses, transforma a la imaginación en productiva, en toda oportunidad que el ser se lo proponga.
Equivale al logro de superar una etapa, una barrera: la de la rusticidad más primitiva del “razonamiento”.

Hoy es un anhelo, una conquista de unos pocos. Mañana, una naturalidad, un recordatorio epopéyico, aunque de no mucho orgullo para la humanidad por lo prolongado en el tiempo de la creencia en narraciones idólatra-fantasmales llevada a la praxis.

Pero aun el mundo es politeísta como resultante de individuos polidéidicos. Por lo tanto, se vive dentro de una esfera irracional.

Otro factor clave que determina el porqué la gente adora, ya de manera “consciente”, se desprende del mencionado funcionar cerebral primate y el resultante de tal: la facilidad de la religión.
Pero una facilidad mal entendida: la condición del conformismo desidioso.

Facilismo a priori porque es lo que absorbió, lo que ya se le insertó en el cerebro como la doctrina en la cual sostenerse y la firme inclinación por el menor esfuerzo mental posible en la persona sin motivaciones loables: está escrito lo que debe hacer, que sería repetir sin que piense, sin que pretenda perfeccionarse originalmente a través del uso intacto de la libertad.

Le resulta más ventajoso al religioso pero desde lo halagüeño, comportarse de la manera que la aglutinación que lo rodea quiere que lo haga, donde en realidad de él no quieren nada; nada de importancia enriquecedora, desde lo próspero a futuro.
Conformidad mental que determina su vida cronometrada, preestablecida.

Por lo que al rehuir y desentenderse de la vida real, enviudó del intelecto, precozmente y es la soledad con quién quedó, por mas deidades que adicione en su poligamia pagana: conducta que lo enlutece mas todavía, por llenar a toda hora, un vacío atestado de espectros.

La soledad hace que la persona busque afecto, crea encontrarlo y se persuada de tenerlo. Por ende se produce el aferre, ya que el origen no es puro. Lo mismo ocurre con el sentimiento por dios: una pasión producto de la orfandad intelectual. Un rapto mental excitativo; aunque eternal.

Para un cerebro congruente, lo mas óptimo (lo que para el religioso sería “fácil”) es el ateísmo, por laboriosidad racional espontánea. A falta de dioses, pugna y discurre consigo mismo y el realismo existente, no agregándole a la vida, ficciones donde éstas exceden y degeneran.

Aquel facilismo del religioso, motivado por su negligencia, hace que los mencionados contextos opten a posteriori por el mito rígido-cultural y no por el aporte de la ciencia y de lógicos argumentos que desguarnecerían su gruta mental.
El religioso asevera firmemente elegir una creencia, muy coincidente con la que le fue impuesta a los que lo rodean.
Y es en la diferencia de forma y fondo abismal entre verdad y religión donde prefiere cobardemente estar: la mentira lo colma de pruebas.

La religión prescribe un estado mental cuyo proceder intelectual es Contra Natura.

Lo que dios le representa al religioso es un padre que lo tutele y responda por su conducta. Evade la madurez y vive en un jardín edénico donde se prohíbe él mismo los nutrientes mas preciados, labrando solo en la arena.

Resulta entonces que existe un dios que creó todo hace aproximadamente 6.000 años, es decir, unos 13.700.000.000 millones después del comprobado inicio estipulado por la ilustración real, pero solo se lo conoció por un presunto Moisés hace unos 3.500, que equivaldría a los períodos mas recientes.
En realidad no es mucha la diferencia, si se tiene en cuenta que el religioso no dimensiona, solo distorsiona lo existente; por lo que podrían coincidir los tiempos mencionados con la ley creacionista del dios judío: una coherencia sin lugar a dudas la que ofrece la incuestionable religión.
La religión es incuestionable: no da lugar a reparos.

Epicuro ya hablaba del átomo y la ataraxia al tiempo que la ocupación principal del dios flamante y vigente era obligar a que lo alaben unos ingenuos iletrados.
Mal no le fue podrán decir las mayorías: los mismos iletrados de la actualidad.

La ciencia existe, da pruebas y todo humano se beneficia de ella.
De lo que no hay duda alguna, es de la inexistencia de dios: la creencia es la prueba más fidedigna.

Escritor Argentino, autor del libro “El dios Creado”, patrocinador del librepensamiento, favorecedor del laicismo, militante por un ateísmo positivo funcional y propulsor de un racionalismo existencial o raciocracia atea.

Obra que hace hincapié en mentes aptas mediante el conocimiento discernido, el juicio argumentado, la ciencia y las por el momento omitidas sintomatologías anómalas que posee el crédulo y su religiosidad por parte de la psiquiatría a través de su todavía vigente mitología constitutiva, que por consiguiente irá siendo legalmente restricta y ajustada hasta su progresiva e ineludible extinción natural producto del uso de la razón consciente.

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