Por una Nueva Humanidad

Niños palestinos

 “Es al hombre a quien ofendes cuando te entregas al crimen; es la Tierra y no el cielo la que padece por tus abusos.” – Paul-Henri Dietrich, barón de Holbach

Los sistemas totalitarios siempre tienden a imponerse y expandirse, incluso a costa de eliminar a quienes no acepten sus fundamentos. Las religiones, como paradigmas de tales movimientos ideológicos, son un claro ejemplo de la continua puja por imponer un mensaje y anular cualquier posible amenaza, ya sea que se trate de oposición a sus ideas o de otros grupos ideológicos.
Con este tipo de comportamientos, los seres humanos pasamos a ser los únicos animales sobre la faz de la Tierra que rompimos con la necesidad de funcionar como grupo para alcanzar el bien común, transformando a las ideologías en armas deshumanizantes que fomentan la violencia. Es un hecho que nuestro modo de vida está plagado de agresividad, pues nos definimos no sólo como externos a la Naturaleza, sino también como dueños de ella y de todo cuanto existe.
Si bien somos racionalmente más dotados que cualquier otra criatura, nos igualamos e incluso nos ubicamos por debajo de otros seres al desconocer la necesidad de coexistir e interactuar en función de nuestro progreso social. Tercamente dejamos de acatar funcionar en concordancia con la racionalidad para transformarnos en enemigos de ella. Negamos nuestra naturaleza racional por los mismos motivos que inventamos conflictos ideológicos con nuestros congéneres. Ninguna especie prospera estando en constante desunión. De ahí la importancia de recuperar esa relación entre nuestra especie y la Naturaleza.
Las ideas religiosas no son las únicas que han servido para enemistarnos, pero sí han sido el factor de agresión más notorio que hemos sufrido. El daño que las doctrinas religiosas han provocado va más allá de la simple imposición, llegando a ser prácticamente el único sistema de pensamiento que fomentó la disociación de la humanidad con su propio bienestar. Pero esto ya no debe extrañarnos, hemos aprendido que la superchería aniquila a la verdad misma cuando la voluntad del conocimiento eclipsa ante la sumisión irracional.
He aquí el más pesado de los yugos humanos, aquel que se interpone entre la inteligencia y los sentidos, que oprime las ansias de superación y enaltece la ignorancia en su estado más puro. Este lastre, que como sabemos nosotros mismos hemos creado, nos sume en un mundo de ideas extraviadas y conflictos imaginarios cuyo único fin es desarmarnos ante la realidad para valerse de nuestra voluntad quebrantada. Estas ideas nos imponen visiones irracionales de dioses gobernando las naciones y aterrorizando a la humanidad; y nosotros, simples mortales desvalidos, retrocediendo ante semejante embate.
Las supersticiones religiosas deben ser combatidas. Tras siglos de vivir en la ignorancia, deberíamos habernos aprendido a entender el mundo de manera racional y  hermanarnos con nuestros congéneres, con la Naturaleza, con la Tierra misma. Si lo pensamos, resulta absurdo que un grupo religioso confronte a otro cuyas ideas difieren en algún sentido, cuando el único motivo para ello es una diferencia de puntos de vista sobre algo que a ninguno de los dos le consta. En realidad, ningún grupo religioso puede afirmar nada con mayor fundamento que otro, dado que los pilares de toda idea supra terrenal son igualmente endeble, ya sea que hablemos de cristianismo, islam o espiritismo. Sin embargo, es innegable que la voluntad humana ha sido manipulada ampliamente por medio de estas nociones a lo largo de la Historia.
Terminemos de una vez y para siempre con este ciclo de imposición y muerte, de superstición e ignorancia. Levantémonos como seres racionales y detengamos este cruento sacrificio de la razón. Eliminemos de una vez por todas las deplorables ideas sobre mundos imaginarios que atormentan el alma de aquellos insensatos abstraídos en su propia nulidad intelectual y conformemos una humanidad basada en criterios realistas, coherentes, humanos.
Difusor del librepensamiento, administrador de DIOS NO EXISTE, No creo en tu dios, dios no existe y no es necesario y autor de El Ser Imaginario.

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