Derrame en el hemisferio productivo

coagulo 21

En el deseo de extraviarse lo menos posible, pretendiendo un mentor divino, que equivale a la búsqueda de una ‘perfección’, acompañado por el instinto de conjeturar su ‘creación’ y la de todo su entorno, el humano inerme inventa la fórmula sobrehumana, imponente, paradisíaca, absoluta: ‘dios’.

Un método forjado producto de todo ese pánico escénico que lo deteriora, cercena e incapacita, hasta el presente y desde que Adam y Eva eran simios, en convivencia con los dinosaurios y armonía con las cianobacterias del precámbrico.

Creación que absorbía de este mundo (y aún abduce) a los individuos más débiles, consumiendo a la perfección el sudor de sus hábitos espectrales que lo cubren y lo hacen alucinar ardientes, aunque con humectación celestial, donde en su recreación persistente de dios se sienten desahogados, aunque hasta deshidratarse.

Y en los hechos, seguir delirando contribuyó a la fabricación de hogares para sus fantasmas y continuas utilizaciones compulsivas de sagradas hojas aspiradas ante sus convulsivos comportamientos, dándole la espalda a los resquicios de lógica y a las oportunidades de coherencias.

Al tiempo que el coágulo se forma.

Optando, apremiados y sin facultades ante esta dictatorial segregación, por parches y vendas (efecto de la concesión cedida a droguerías eclesiásticas y sus cómplices redes), frente a la súbita intervención abolicionista de su sustancia vital, auto y socio medicándose mediante funestos regímenes instructivos para el tratamiento consolativo de su monoclínico flagelo: absceso generado por ellos mismos y cobijado por los mayores estafadores y difusores que gozan de total libertinaje e impunidad.

Y ante la urgencia que requiere toda descomposición cerebral y su oportuna atención, éstos ofrecen dogmas, apostolados, templos, ánimas, conjuros, pero más que nada la publicista palabra de dios a domicilio, que no requiere de permisos ni tolera rechazos, sintiéndose todos, heraldos elegidos.

Al tiempo que el coágulo se compacta.

Y si lo que supura, glutinoso y duradero, solo es combatido con curanderismo, desde el tribalista al canónico, provoca y logra que por dentro afecten rígidamente.

Infecciones internas duraderas, que de una u otra forma, siempre circulan por el cerebro, más aún cuando la somatización de la filtración inoculante, se origina en lo vital: único órgano inteligente reinante; virtualmente.

Por esto, ante la eventualidad de poder despertar e incentivar con desempeños óptimos ese potencial, lo ya establecido imperativamente como sistema indemne, se encarga de anularlo, transformándolo en iluso sectario. En padecimiento religioso.

Al tiempo que el coágulo se expande.

La imaginación adoradora, en cualquiera de sus recursos, que no es más que la religión puesta al servicio de la mundana esclavitud mental, reduce a la imaginación productiva, a una invalidez tal, que va en detrimento de la inteligencia, de lo evidente, que le es inherente a una discernimiento lúcido, talentoso.

Forjando la religión, una decadencia de ésta, alejándola de las elecciones naturales en cuanto a criterio sensato, virtuoso y fértil, convirtiéndola en entelequia y acorralándola a creaciones aún más ficticias que se consiguen desprender.

Al tiempo que el coágulo ya produjo un accidente cerebrovascular para una comprensión racional del realismo existente.

Accidente que entra en el terreno de la intención, donde por más inercia, ingenuidad e ignorancia que despliegue el creyente con sus jeroglíficos credos, no deja de ser culpable, por lo que se trataría de distinguir y juzgar el grado de su error, su viciado ánimo y hasta dónde es capaz de promover infortunios en su esfera deontológica.

El individuo religioso parte entonces de un error de hecho, escoltado por la inherente desidia hacia con sus propias obligaciones que le incumbirían ser optadas y gratificantes como especie supuestamente perspicaz.

Negligencia que va conformando los adulterados conocimientos que tiene de la vida a través de las entidades y escenas mistificadas con las cuales sustenta lo que supone como autenticidad, comprimiéndose en un limitado y defectuoso discernimiento que lo arrastra a procederes tan remotos como decrépitos.

Sus acciones son dolosas ya que las premedita (aunque como la vaca rumia su hierba), personificando en su mente a los actores de su creencia que intervienen en sus desventuras.

Incurre en un espontáneo incumplimiento proyectado, pudiendo con observancia independiente, impedirlo, porque a priori cuenta (no todos debido a incapacidades exhibidas) con el potencial instrumento para lograr prevenir su fundamentalismo volitivo, transformándose así en un mero impulso de un ímpetu aprendido no cavilado.

Este es el dolo más infame en el que reincide el místico: la apatía hacia consigo mismo, no siendo instruido ni razonable ante las restricciones que su fiscalizado albedrío incita e implica.

Es culpable el creyente de permanecer indiferente en cuanto a la confusión de su juicio, su pereza por la verdad, el abandono precoz de la lucha por superar ese conformismo de perplejidades frente a lo medieval y todo hermetismo que le suscita ese estado de ininteligibilidad, sometiendo su cualidad suprema, a la voluntad de lo que establece como dios: imagen y semejanza de su realismo absurdo.

La orfandad es su condena por relegar lo existente a un plano, más que secundario, ajeno, manteniéndose al margen de lo evidente, prefiriendo la reverencia servil y el renunciamiento a la evidencia, para la usura inmediata del consentimiento de esta mentira idólatra-devota cuyo resultante es la apesadumbrada presencia de sus simulacros.

El abatimiento es tan persistente que trastorna y enajena, negociándose ante un tribunal inquisicional extramundano que lo regenta, sentencia y lo absuelve momentáneamente, para de inmediato volver a revalidar su sitiada apreciación errónea de la trama.

Teniendo entonces la intención y el vicio de incurrir en lo falaz, a través del fraude de la religión, los retroalimenta al sentirse estimulado por una colectividad que ejerce terrorismo psicológico en el supersticioso (incluso físico en determinados contextos y sitios con mayor prehistorisismo al preponderante).

Y perteneciendo éste a dicha sociedad estupefacta, es al mismo tiempo autor y cómplice parcialista: roles aceptados para no sentirse muy indeciso y expugnable a raíz de su cobardía para enfrentar su constitución indivisible, sintiéndose en la obligación de coexistir rindiendo su adhesión a la celebración de trances legendarios.

De no ser así, cualquier conato de rebeldía intelectual distintiva, intuida como esclarecida y renovadora, lo hará sentirse intimidado con la quita del ovillo social titiritesco que en definitiva lo enreda hasta ceñirse. Y que él mismo produce como oveja domesticada.

 

Escritor Argentino, autor del libro “El dios Creado”, patrocinador del librepensamiento, favorecedor del laicismo, militante por un ateísmo positivo funcional y propulsor de un racionalismo existencial o raciocracia atea.

Obra que hace hincapié en mentes aptas mediante el conocimiento discernido, el juicio argumentado, la ciencia y las por el momento omitidas sintomatologías anómalas que posee el crédulo y su religiosidad por parte de la psiquiatría a través de su todavía vigente mitología constitutiva, que por consiguiente irá siendo legalmente restricta y ajustada hasta su progresiva e ineludible extinción natural producto del uso de la razón consciente.

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