Editorial

Sobre la obediencia

By noviembre 26, 2014 No Comments

“El verdadero valor de un ser humano no viene determinado por su grado de posesión, supuesto o real de la verdad, sino más bien de la honestidad de su esfuerzo en pos de alcanzarla.” – Gotthold Lessing, Anti-Goeze (1778)

El resultado más usual de la obediencia irracional es la parálisis. El ser humano es, salvo excepciones, víctima de los dictámenes sociales que lo definen como un individuo correcto o incorrecto desde el punto de vista del contexto cultural. La obediencia a estas estructuras lo fuerza a prescindir de sus propios pensamientos y condiciona el modo en que interpreta la pertinencia de sus ideas y, en consecuencia, lo priva de toda autonomía frente a situaciones de índole cotidiana. El individuo que se estanca frente a los muros que los parámetros sociales le representan está, en definitiva, rindiéndose ante su propia incapacidad para asumir la responsabilidad que la independencia intelectual implica. Es más, el ser humano no debería rendirse frente a nada, ya que el hecho de la rendición transforma en infranqueables a todas aquellas barreras que la sola idea de éstas representará para todos los que intenten ir más allá.

En reglas generales, el ser humano tiende a fortalecer esta cultura de la inacción cada vez que acepta sin cuestionar los dictámenes de sus gobernantes, de sus líderes religiosos o de cualquier otra autoridad entendida como tal. Erich Fromm alguna vez escribió que “para desobedecer debemos, primeramente, tener el coraje de estar solos, de errar”. Pero el coraje depende del estado de desarrollo de una persona y de su independencia intelectual. Así como el acto de la desobediencia liberó a Adán y Eva en el mito bíblico, la afirmación de nuestra autonomía sobre dicho principio debe ser una constante que destruya la obediencia irracional y deslegitime toda imposición arbitraria. (1)

La obediencia deviene de la necesidad natural de apoyarse en autoridades. Sin embargo, únicamente tiene valor en la medida en que el subordinado no resulta perjudicado en su autonomía personal por dicha relación. En el caso de la obediencia a lineamientos cuya legitimidad es dudosa, debemos tener en cuenta que quienes los siguen responden a ideas que no pueden considerarse normas objetivas, dado que no han sido demostradas. Por ello, el hecho de exigir obediencia a tales criterios es contradictorio con un ejercicio sensato del liderazgo.

La obediencia irracional a estafadores religiosos puede generar daños económicos, físicos y psíquicos, algo que sucede con bastante frecuencia. Las religiones enseñan que la obediencia a dios está por encima de la propia felicidad, lo que implica una postergación de los deseos, anulando así al individuo y, en definitiva, construyendo una persona “castrada”. Esto genera fieles cuyas expectativas no van más allá de la mera sumisión ante aquello que identifican como la autoridad incuestionable. Pero el verdadero problema con la obediencia a las pautas religiosas reside en quiénes la exigen y en sus consecuencias, no en su esencia. La Teología ha definido que algunos “escogidos” deben hacer cumplir lo que se ha interpretado como la voluntad divina. He aquí la principal contradicción: ni siquiera nos consta que algún dios exista; menos aún podemos definir su voluntad. (2)

Por otro lado, la obediencia exigida en los cultos religiosos no hace más que generar cambios negativos en las personas, sobre todo al potenciar la unanimidad de pensamiento entre los fieles y segregar a todo aquel que cuestione el mensaje inculcado. Esto sólo causa perjuicios en el desarrollo social y en la capacidad crítica de los asimilados, determinando cómo los mismos deben funcionar, tanto dentro como fuera del grupo doctrinario. La obediencia ciega es no sólo absurda, es también peligrosa; provoca que personas cuyas intenciones pueden no ser dañinas se comporten con cierto grado de malicia hacia quienes han aprendido a ver como una amenaza potencial.

  1. Erich Fromm (1900 – 1980) psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista alemán.
  2. Es usual que se antepongan las necesidades del culto a las del individuo, llegando incluso a anular éstas últimas en pos de una necesidad que el mismo grupo doctrinario crea. En casos extremos, la persona pierde su individualidad para satisfacer únicamente los mandatos del grupo.
Pablo Naveira

Author Pablo Naveira

Difusor del librepensamiento, administrador de DIOS NO EXISTE, No creo en tu dios, dios no existe y no es necesario y autor de El Ser Imaginario.

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