EL SER IMAGINARIO – CAPÍTULO 15

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“Oh, agotadora condición humana, nacida bajo una ley, destinada a cumplir otra; engendrada con una vanidad que no obstante se le prohíbe, concebida enferma y a la que se ordena vivir sana.” – Fulke Greville, Primer Barón Brooke, poeta, dramaturgo y estadista inglés. (1554 – 1628)

 

Desde niños nuestro mundo se nos revela de manera paulatina. ¿Cómo aprendemos sobre las cosas que nos rodean? Sólo por medio de las experiencias comprendemos los hechos de la vida. Adquirimos conocimiento directo de algo cuando sabemos sensorialmente de ello, ya que la idea concreta de nuestro entorno sólo puede construirse a partir de la experiencia sensorial. (1) Esto se corrobora cuando los niños crecen y dejan de creer en Santa Claus o en los Reyes Magos, ya que el incentivo familiar desaparece y no existen tampoco evidencias de su existencia. Sin embargo, no sucede lo mismo con la creencia en dios, la cual, a pesar de pertenecer a la misma categoría que las anteriores, suele ser fomentada por el entorno social y familiar.

De todas maneras, el sólo hecho de estar expuestos a parámetros educacionales o a un contexto social no define las creencias. La prueba de ello es la inmensa cantidad de ateos que provienen de familias creyentes. La educación no es suficiente para definir una creencia en el individuo; la decisión al respecto subyace dentro de cada uno. Entonces, ¿por qué tantas personas optan por seguir manteniendo estas ideas en la adultez? Tal vez nos encontremos con que la respuesta es inabarcable, ya que cada sujeto es definido por experiencias que le imprimen una manera única de percibir el mundo. Sin embargo, e indistintamente de estos factores, todos estamos expuestos a los determinados mecanismos que nos son comunes.

Como seres sociales, formamos grupos e interactuamos con nuestros congéneres, tal es nuestra naturaleza. Cada grupo humano se adapta a roles asignados dentro de la estructura social. El entorno familiar es el responsable de moldear la personalidad, así como de fomentar o desalentar la credulidad de los niños. Desde pequeños estamos expuestos a todo tipo de mitos religiosos y creencias populares, pero esto no garantiza la asimilación de tales ideas, ya que en el proceso de evaluación de nuevas estructuras mentales entra en juego también el escepticismo, sobre todo en la adolescencia, cuando muchas de las ideas inculcadas son revisadas y, eventualmente, desechadas. Incluso si adoptamos estas creencias en la niñez, posteriormente podemos reflexionar y vernos forzados a reconocer que posiblemente haya alguna duda al respecto de lo que suponíamos válido. En lo personal, considerando nuestra inclinación natural por el cuestionamiento, deduzco que nos persuadimos de las creencias a sabiendas de lo falibles que las mismas pueden ser.

No podemos ver a dios, oír a dios, e incluso nos percatamos que no tenemos evidencias de la manera en que éste, de existir, actúa sobre nuestras vidas. Por lo tanto, la hipótesis más natural, al menos en lo que se refiere a lo sensorial, sería afirmar que, a primera vista, dios no existe. Basados en tal análisis, sería lo más lógico; después de todo, ¿por qué creer que algo existe si no podemos verlo, oírlo ni percibirlo de manera alguna? Por más arraigadas que las creencias puedan estar, un análisis básico puede destruirlas por completo, simplemente comparando nuestras concepciones con lo percibido por los sentidos. (2)

Ahora bien, si las causas sociales y los mecanismos del sistema no son garantía de adoctrinamiento, ¿cuál es entonces la motivación para sostener los mitos? ¿Existe algún otro factor que facilite la adopción de este tipo de sistemas de pensamiento? Podríamos pensar que sí.

Algunos hechos y situaciones contribuyen a incentivar la creencia en mundos y seres sobrehumanos, mismos que suponen una alternativa al vacío que plantea la muerte y la ausencia de expectativas ante la inexistencia física. La Ciencia, como antítesis potencial del sistema religioso, no nos presenta un paradigma de salvación o una esperanza de vida después de la muerte.  Por el contrario, las religiones alientan la idea de un ser que nos ama y tiene un plan para nosotros, así como la promesa de una vida eterna. A fin de cuentas, la idea de dios crea una esperanza de inmortalidad; genera la ilusión de ser parte de un plan cósmico y alimenta el anhelo de no estar olvidados y abandonados a nuestra suerte. Pero debemos recordar que la Ciencia no es un medio para alcanzar soluciones mágicas a todos nuestros pesares, es más bien el producto de nuestras ansias de conocimiento, así como el medio más confiable que poseemos para comprender los fenómenos naturales.

La razón suele no ser la pauta que define nuestro accionar diario, sino tal vez las pasiones y el instinto. Nuestra especie se aleja con frecuencia de la razón para explorar lo que le es ajeno; se abstrae del sentido común y recobra sus pautas de funcionamiento más primitivas. El conocimiento de lo que nos rodea debería estar basado en los datos que obtenemos de nuestros sentidos, pero solemos priorizar nuestras pasiones, pensamientos y sentimientos.

Retrocedamos hasta el Capítulo Cinco:

Todo objeto imaginado es real en lo subjetivo: dentro de la mente de quien lo imagina; e irreal, en un sentido objetivo: proyectado en el mundo físico. Aquí se contraponen dos concepciones antagónicas y la realidad se torna un concepto ambiguo. Pero esto es consecuencia de nuestra percepción del mundo, una basada no sólo en la razón, sino también en las emociones.”

Nuestros deseos y sentimientos juegan un papel fundamental en la adopción de creencias y mitos. El entendimiento parte de la concepción de nosotros mismos, es decir, de la comprensión de nuestra propia humanidad, y siendo que ésta nos define en cuanto a cómo percibimos el entorno, jamás podríamos comprender lo externo en total abstracción de nuestras pasiones, deseos y proyecciones mentales. Además de nuestro conocimiento directo de las cosas que existen, tenemos un conocimiento basado en construcciones mentales, en la idea de aquello desconocido, y éste se encuentra altamente influenciado por los preconceptos que de lo desconocido hemos formado. No tenemos una imagen mental de dios; de hecho, sería imposible tenerla; dios no es una entidad o un objeto, sino una construcción de nuestra mente sobre cómo pensamos que nuestro supuesto creador debería ser.

La convivencia con los mitos ha provocado que la razón se pondere sólo en ámbitos propios de eruditos. Las pasiones y las superficialidades han resultado mucho más seductoras para la humanidad. Parecieran no existir ya ánimos de alcanzar el conocimiento o de aspirar a la superación intelectual, y salvo casos puntuales, la brillantez del raciocinio no es sino una condición que se encuentra únicamente en un grupo selecto. Nos hemos acostumbrado a prescindir de la razón, incluso a sabiendas, como quien asume una mediocridad asimilada y sumamente reconfortante, una que alimenta el ansia de buscar la verdad a tientas y nunca abandonar la visión supersticiosa del mundo. Y después de todo, ¿qué hay en las pasiones para nuestra especie? Tal vez no mucho, salvo la esencia de un primitivismo que pareciera no sernos del todo ajeno.

Tenemos todas las cualidades para ser una maravilla del intelecto: somos criaturas meramente inquisitivas, por demás eficientes y prósperas. Tal vez las incertidumbres hayan construido nuestra necesidad de divinizar aquello que no nos consta existente, pero que históricamente ha cumplido con los requisitos de criaturas escasamente racionales, meramente intuitivas y en extremo supersticiosas: nosotros mismos.

 

 

  1. Para el Empirismo, el conocimiento sólo se construye a partir de la experiencia. Los empiristas no conciben la existencia de ideas innatas, más bien consideran que la experiencia es el único medio de construcción intelectual.

 

  1. Desde Epicuro sabemos que la experiencia sensible es el criterio de verdad más razonable. Él postuló que los sentidos son el primer medio para la adquisición de conocimientos. Epicuro sólo consideraba reales las cosas que pueden ser captadas por los sentidos, única forma válida de conocimiento. De allí se desprenden sus tres criterios de verdad: la sensación, la anticipación y la afección.
Difusor del librepensamiento, administrador de DIOS NO EXISTE, No creo en tu dios, dios no existe y no es necesario y autor de El Ser Imaginario.

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