Editorial

EL SER IMAGINARIO – CAPÍTULO 16

By diciembre 20, 2015 No Comments

“Millones de seres inocentes; hombres, mujeres y niños desde la introducción del cristianismo, han sido torturados, asesinados, puestos en prisión y quemados. Sin embargo, no hemos avanzado ni una pulgada hacia el consenso general. ¿Cuál ha sido el efecto de obligar a la gente a creer? Que la mitad de la humanidad vive engañada y la otra mitad vive en la hipocresía, con tal que el error y la mentira no desaparezcan del mundo.”  Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos de América. (1743 – 1826)

En palabras de Richard Dawkins:

“El problema con la tradición es que por muy antigua que una historia sea, es igual de cierta o de falsa que cuando se inventó la idea original. Si te inventas una historia que no es verdad, no se hará más verdadera porque se trasmita durante siglos, por muchos siglos que pasen.”

Muchas personas interpretan que las tradiciones son un valor cultural y, por tal motivo, todo lo referente a ellas suele funcionar como un legitimador de criterios y costumbres sobre los que no se ejerce el más mínimo cuestionamiento. El verdadero problema, es que invalidar el análisis al respecto de las ideas transmitidas no necesariamente beneficia el desarrollo humano. Los criterios incorporados por tradición, así como los adoptados por desconocimiento, tornan a las personas vulnerables frente a situaciones de evidente fraude, como es el caso de las ideas religiosas. La tradición, el desinterés y la ignorancia, son factores que facilitan la permanencia de los mitos.

Los cultos más representativos han sufrido una aceptación por tradición y no por validez o vigencia. El cristianismo es uno de los más evidentes ejemplos de esta inserción cultural. Sin embargo, vemos que los aportes de esta doctrina al mejoramiento de nuestra calidad de vida son nulos. Basta con escudriñar en los anales de la Historia para percatarse del escaso fundamento que tuvieron las expansiones religiosas llevadas a cabo en Europa, o de la inverosimilitud que la idea de dios como precursor del bien común ha tenido, así como de la absoluta irrelevancia del sistema religioso en los avances sociales o los valores humanos. Por el contrario, la Historia nos ilustra al respecto del nefasto efecto que las religiones, sobre todo el cristianismo, han tenido en nuestro desarrollo científico, social y cultural.

Los criterios religiosos nos alejan de nuestra naturaleza y frenan los avances sociales, estancando a quienes creen encontrar en ellos una respuesta a las incertidumbres propias de la existencia. El relato bíblico es uno de los mejores ejemplos al respecto.

Desde el comienzo encontramos en la Biblia pautas acordes con un sistema de premios y castigos, en el cual sólo quienes se adecúen al modelo serán premiados con la vida eterna. Este sistema no valora las características éticas de la persona, sino que fomenta el sectarismo y avanza contra quienes no comparten su enfoque mitológico de dioses y demonios. Esto se ha visto reflejado también en su accionar. El cristianismo avasalló a los sistemas politeístas y, posteriormente, a todo aquel que no coincidiera ideológicamente con su doctrina. No se trata de un sistema inclusivo, por el contrario, aparta a quienes no cumplen determinados requisitos. Los homosexuales, por ejemplo, quedan automáticamente excluidos, simplemente por su orientación sexual. ¿Puede la sexualidad de un individuo determinar la valoración que de él se lleva a cabo como ser humano? Desde la interpretación cristiana, sí.

En el relato bíblico, el mismo Jehová promueve la discriminación y destruye a quienes lo detractan; se muestra como un ser incapaz de ejercer tolerancia en cualquier sentido. La Biblia plantea un discurso sectario y juicioso; además, no propone pautas coherentes de convivencia entre las personas, no arroja luz sobre las problemáticas existenciales y mucho menos esclarece por qué debemos aceptar una legislación de pensamiento para ser moralmente correctos ante los ojos de dios.

Es evidente que el cristianismo condiciona la valoración del sujeto a la filiación ideológica por sobre las acciones o méritos individuales. De hecho, negar a dios es considerado tan grave como infligir daño, mentir o hurtar. El ateo, por ejemplo, es tratado como alguien que carece de virtud: un necio que se alejó de la gracia divina y se entregó al pecado. Veamos:

Salmo 14:1

“El necio se dice a sí mismo: ‘No hay Dios’. Todos están pervertidos, hacen cosas abominables, nadie practica el bien.”

Samuel 14:2

“El Señor observa desde el cielo a los seres humanos, para ver si hay alguien que sea sensato, alguien que busque a Dios.”

El escaso margen que el cristianismo otorga a la sabiduría, dado su afianzamiento en los estratos sociales de menor nivel cultural, ocasiona que difícilmente se lo pueda igualar con otra doctrina tan inmoral y limitante para la humanidad. De hecho, el cristianismo tolera mejor la ignorancia del crédulo que el cuestionamiento del escéptico; y en estos paradigmas basa sus ideales históricos: podemos creer ignorando, pero jamás descreer conociendo, ya que el conocimiento nos aleja de dios. Tito Lucrecio Caro, poeta y filósofo romano, nos ilustra al respecto de la posición más sensata:

“Se ha de juzgar que es mejor ser infeliz racionalmente, que feliz irracionalmente; y que gobierna la fortuna lo que en las operaciones se ha juzgado rectamente.

El cristianismo siempre combatió la naturaleza humana: sumió a los fieles en un discurso de culpas, temores y negación de los instintos, impuso una visión distorsionada de la realidad e intentó aplacar el ímpetu humano a través de la estigmatización de la sexualidad y la valorización de las inhibiciones. En pocas palabras, mutiló las tendencias más naturales y demonizó el disfrute, tildándolo de perverso y contrario a la ley de dios. Pero la verdadera perversión es aquella que restringe las libertades y nos menosprecia por ser lo que somos. El verdadero pecado radica en cuestionar nuestra naturaleza en nombre de un ente imaginario. El único cuestionamiento posible es aquel que nos permite ir más allá de mandatos poco realistas y definir nuestra visión del mundo; un cuestionamiento alejado de fantasías y mitos, ajeno a creer que todo puede ser explicado a través de un dios que nosotros mismos pusimos allí.

La idea de dios es, en igual medida, irrelevante y dañina; todos los sistemas de pensamiento relacionados con ella están pervertidos: son doctrinas que nos inducen a desperdiciar nuestra vida en pos de creer en una vida posterior; y esto es, en definitiva, la peor consecuencia que la religiosidad acarrea. El individuo libre de mitos y absolutamente emancipado de criterios religiosos, se rige por su propio sentido moral y ama la vida, porque bien sabe que no hay nada más.

Pablo Naveira

Author Pablo Naveira

Difusor del librepensamiento, administrador de DIOS NO EXISTE, No creo en tu dios, dios no existe y no es necesario y autor de El Ser Imaginario.

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