Editorial

EL SER IMAGINARIO – CAPÍTULO 19

By enero 18, 2016 No Comments

“Día vendrá en que el engendramiento de Jesús por el Supremo Hacedor como su padre, en el vientre de una virgen, será clasificado junto a la fábula de la generación de Minerva en el cerebro de Júpiter.” – Thomas Jefferson, tercer Presidente de los Estados Unidos de América. (1743 – 1826)

 

A lo largo de este relato he identificado y analizado diferentes aspectos de dos males profundamente arraigados en la sociedad que, a su vez, devienen uno del otro: la creencia en seres sobrenaturales, los así llamados dioses, y el sistema más falaz y dañino que el ser humano ha creado y padecido, es decir, la religión.

Al día de hoy, la humanidad no tiene motivos para creer que existen seres sobrenaturales, mientras que hay muy buenas razones para pensar que la idea de éstos es sólo el producto de una interpretación errada. Dios es apenas una concepción, una hipótesis imposible de ser afirmada o desmentida desde lo fáctico, ya que su posibilidad de verificación es nula. Por otro lado, la religiosidad es un fenómeno social y debe estudiarse analizando los procesos socioculturales que le dan forma y permiten su asimilación. Podemos decir que es también un buen parámetro para medir la salud intelectual de una sociedad, ya que podemos valernos de ella para obtener un registro de qué tan supersticiosa es esa cultura. El ateísmo, por ejemplo, está fuertemente concentrado en los países desarrollados; en los países en vías de desarrollo, la densidad de ateos es insignificante, al igual que en aquellas poblaciones con un promedio de edad alto. Estos datos nos dan la pauta de qué tan relevante es la religión como factor de análisis sobre una población. Pero la religión no sólo se define por la creencia en una trascendencia, sino también por los valores impuestos inherentes en la concepción religiosa. La idea de la deidad, el dios como objeto de adoración, es una noción tan antigua y asimilada que, en muchos casos, la misma no es cuestionada.

Para Durkheim, sociólogo francés, la religión no persigue un fin de conocimiento, sino más bien una función social. Él afirmaba que no hay en la el mensaje religioso una realidad divina o trascendente que transmitir, sino un modelo que se corresponde con la naturaleza social a la cual pertenece. Durkheim también sostuvo que toda forma de culto es una expresión de los miedos o misterios que el ser humano concibe, siendo su extrapolación más común en el ámbito social.

Cuando analizamos objetivamente las religiones, encontramos que sus parámetros no responden a la razón. Los conceptos religiosos son obsoletos y para nada se condicen con una realidad en que los desarrollos tecnológicos y el conocimiento son las pautas para el mejoramiento. Sin embargo, la religiosidad es también una construcción ideológica que cada sociedad valora o subestima de acuerdo a sus propios anhelos; aunque, paradójicamente, tal adecuación condiciona en igual medida la superación de quienes se aferran a dichos ideales. La preponderancia del pensamiento supersticioso suele ser justamente el motivo primero del estancamiento cultural de los pueblos. (1)

No he intentado plantear un dilema que confronte al ateísmo con el teísmo, más bien pretendí ilustrar la puja entre el oscurantismo que proponen los sistemas religiosos y la racionalidad inherente a nuestra especie. Considero que debemos tomar conciencia de nuestras capacidades y ponerlas en práctica para obtener los mayores beneficios, para así construir un futuro próspero.

Podríamos pensar que la religión, indistintamente de la existencia de dios, nos brinda reglas morales sin las cuales no podríamos tener una sociedad ordenada, pero esto es falso. No existe moral objetiva válida, ya que lo moral no se incorpora por imposición, sino que nace en el interior de cada ser pensante y se traduce en reglas de convivencia sobre las cuales erigimos sociedades. En palabras de Ayn Rand:

“Un mandamiento moral es una contradicción en los términos. Lo moral es lo escogido, no lo forzado; lo comprendido, no lo obedecido. Lo moral es lo racional, y la razón no acepta mandamientos.”

La religión es un sistema irracional y poco realista que impide el avance de la humanidad, imponiendo un pensamiento más acorde con estadios de consciencia primitivos. La religiosidad es erróneamente relacionada con paz y bienestar, cuando en realidad promueve la violencia y la intolerancia. Los conceptos de dios y religión transforman al ser humano en dependiente de una idea falsa, misma que supone el camino hacia una salvación hipotética pero, en definitiva, tan fantástica como la idea de la cual se nutre. La religión representa la negación de nuestro derecho a ser felices, a ser intelectualmente libres para interpretar el mundo por nuestros propios medios y reconocernos capaces de hacer un futuro a nuestra medida. Nos acostumbra a obviar el disfrute y nos sume en culpas que son el medio para la domesticación de los instintos.

Nuestro temor a estar solos en el Universo, sin pautas que seguir ni finalidad alguna en esta vida, explica la necesidad de concebir un creador y regirnos por una moralidad abstracta que termina por ser una de las tantas manipulaciones intelectuales que nuestra especie ejerce sobre sí. Y aunque algunos intenten desmentirlo, el verdadero motivo para que una gran mayoría considere necesario creer en lo sobrenatural tiene más que ver con consideraciones culturales, políticas y económicas.

Retrocedamos hasta el Capítulo 7:

“Las religiones necesitan de la pobreza, ya que se nutren de ella, así como de la ignorancia que conlleva. No hay mejor presa que las personas poco instruidas. Y después de todo, ¿no es acaso lógico que la porción de la sociedad con menor acceso a las herramientas de análisis, sea también la más permeable de aceptar un sistema opuesto a la obtención de fundamentos sólidos?”

La proliferación de la religiosidad es un dilema educacional, intelectual y, a fin de cuentas, también económico. Las religiones organizadas lucran con el desconocimiento y la ausencia de cuestionamiento de personas que, en última instancia, no son sino víctimas de las incertidumbres que los propios sistemas socioeconómicos les deparan, así como del escaso acceso a opciones para una mejora en su situación de precariedad. En los países más pobres, prácticamente no existe resistencia alguna a los cultos religiosos; es más, en algunos de ellos el Estado se ocupa de inculcar las creencias, ya que se consideran herencia cultural y su legitimidad no se cuestiona. La manipulación de las masas no intelectualizadas es una herramienta que permite a los cultos perpetuarse impunemente sin regulaciones de ningún tipo. El manipulado asume que su creencia es verdadera, la difunde y contamina al resto. No es necesario comprender cada proceso manipulador en profundidad para reconocer el inmenso fraude. Las creencias sólo le confieren un carácter supersticioso a nuestro entender del mundo, impidiendo la crítica sobre las ideas falaces y alejándonos irremediablemente de la verdad.

Esto nos lleva a concluir que el escepticismo es el sistema de pensamiento que más acerca al ser humano a su verdadera naturaleza. Es una revalorización del humano por sus propios méritos, y representa el reconocimiento de su intelectualidad y capacidad para transformar el medio en función de su propio bienestar. Debemos evaluar qué tanta relevancia damos a nuestros conocimientos como para nuestros criterios culturales continúen anclados al primitivismo intelectual que las religiones pregonan. Solemos pensar que esto es algo que no podemos cambiar, pero eso no es cierto. Además, lo que está en juego es nuestra independencia ideológica y, a fin de cuentas, también nuestra dignidad.

La dignidad no es un valor inherente a nuestra especie como nos han hecho creer; podemos perderla o conservarla; depende de qué tan preparados estemos para afrontar el reto y reconocernos capaces de ejercitar el derecho a tomar nuestras propias decisiones apoyados en la razón como eje de las mismas. Debemos defender nuestra autonomía intelectual y definirnos como seres pensantes. El único bien posible para nuestra especie se encuentra en la aceptación y puesta en práctica de una absoluta e innegable soberanía sobre nuestro destino y en la negación de toda concepción insensata.

Todo conocimiento, idea o sistema doctrinario debe ser susceptible de análisis y, consecuentemente, de valorización en cuanto a la relevancia que como aporte para la humanidad éste posea. Así como Aristóteles, Platón y muchos otros han sido superados con el tiempo, debemos igualmente modificar nuestros criterios y entender que todo sistema de pensamiento, doctrina o conocimiento es reciclable de acuerdo al momento histórico. Por ello, necesitamos también cuestionar nuestras creencias. Si podemos superar el conocimiento adquirido de pensadores como los nombrados, ¿cuánto más debemos analizar con objetividad los mitos inculcados?

Desde el comienzo de nuestra historia religiosa, hace ya miles de años, el cristianismo como tantas otras religiones, ha ido mutando, adaptándose e imponiéndose; muchísimas veces por la fuerza. Es un hecho que hoy día el ateísmo y el agnosticismo son mucho más fuertes que unos siglos atrás, cuando la descreencia era juzgada con dureza y no había posibilidad alguna de difundir ideas contrarias a la Iglesia. También hemos sido testigos de una innegable decadencia de los cultos religiosos. Las estadísticas que reflejan un creciente aumento del escepticismo, así como innumerables publicaciones de diferentes cultos que intentan convencer a potenciales adeptos con promesas de la más variada índole, son prueba indiscutible de ello. Esa decadencia de los cultos es el resultado inminente del progreso intelectual de nuestra especie.

La naturaleza racional que nos caracteriza debiera ser la guía para romper las ataduras con la superstición, evitar el avasallamiento ideológico y enaltecer el valor del conocimiento, legitimando de una vez y para siempre el fundamento de los derechos que se conceden al ser humano por su cualidad de criatura racional. No podemos ni debemos aceptar parámetros que nos limiten, que nos subyuguen y nos impidan realizar la meta de transgredir toda frontera existente en favor del conocimiento y el desarrollo social, cultural y tecnológico.

Toda concepción divina nos es ajena, ya que no existe, a nuestro entender, tal cosa como lo divino. Nuestras vicisitudes son de naturaleza material, o bien, emocional. Cualquier necesidad de dioses o deidades, no hace más que retrotraernos a nuestra infancia, cuando todo lo mágico e inexplicable suplía a las soluciones reales. (2)

La imposibilidad de alcanzar el conocimiento absoluto, aquel dilema que, en conjunción con la ignorancia y la precariedad intelectual ha impulsado la búsqueda de consuelos fuera de este mundo, suele ser el punto de partida para quienes no admiten que las dudas pueden gobernar nuestro entendimiento. Sin embargo, no todo está perdido. Paulatinamente las sociedades se alejan de la religión y reconocen que la Ciencia ha hecho por la humanidad, en unos cuantos cientos de años, más que todos los mitos imaginados durante la Historia.

Llegará el día en que la superstición quedará relegada por el conocimiento, la “verdad divina” será reemplazada por la veracidad, y el sistema nefasto que hemos dado en llamar religión, aquel que adormece la mente humana y sofoca las ansias de superación, pasará a ser apenas un recuerdo: el remanente de un oscurantismo cuyos últimos reductos fueron la ignorancia y el conformismo. Recién entonces la luz del conocimiento se abrirá paso a través de la neblina de la fe y el discurso insolente del crédulo será silenciado por la contundencia inobjetable de la razón, ignorando desde entonces todo presagio, castigo divino o maldición que alguna vez se haya pretendido imponer por medio de la superstición. Seremos testigos del nacimiento de una nueva civilización de seres libres, dignos y valientes, cuyas voces se alzarán en un sobrecogedor clamor por la razón y la dignidad, negándose ya a tolerar los atropellos de sistemas fundamentalistas, obsoletos y asesinos que otrora diseminaran las más absurdas y salvajes doctrinas con el único fin de perpetuarse a costa de embrutecer, dividir y, en definitiva, menospreciar nuestras cualidades humanas. (3)

Nuestra especie avanzará, desarrollándose y definiendo metas, mientras que quienes queden anclados al mundo fantástico que las religiones tan efectivamente han diseñado, seguirán anhelando la salvación que algún mesías imaginario les propone desde lo más recóndito de sus propias mentes.

 

 

  1. Desde la antigüedad el ser humano ha especulado con la existencia de seres sobrenaturales para explicar lo que su desconocimiento no le permitía comprender. Los interrogantes sobre el origen y la naturaleza de nuestra existencia, así como el ansia del conocimiento absoluto, han sido las motivaciones para imaginar soluciones ante aquello incomprensible. El hecho de que algunas culturas -aisladas- desarrollaran la idea de dios, no significa que las mismas fueran motivadas de la nada para creer en ello. Esto, en realidad, tiene más que ver con el primitivismo intelectual. El ser humano, en situaciones de precariedad, busca soluciones sobrenaturales. Allí surge la divinización de los objetos y de la Naturaleza misma. La divinización fue, en primer lugar, una manera de idealizar la imagen femenina: representación de la fertilidad y la protección. Posteriormente, esta idea fue adoptada por las religiones abrahámicas y se reemplazó la imagen femenina por modelos más acordes con una sociedad donde el patriarcado era la pauta. Se generó la idea de un dios unipersonal, hombre; siendo, ya no una entidad física, sino más bien una concepción que unificaba los conceptos ideales proyectados por estas sociedades.
  2. El ser humano nace con un desconocimiento absoluto de la realidad. Adquiere una idea sobre ésta a partir de la observación. Una persona que nace en la selva, corrobora la existencia de su entorno, pero de ningún modo puede suponer la existencia del mar. Darlo por sentado su existencia por sentado sería inútil, porque del mismo modo que supone la existencia de un mar de agua salada, también podría “creer” en un mar de agua dulce, un mar de plomo fundido etc.
  3. En su obra, “Filosofía del Ateísmo” del año 1916, Emma Goldman escribió: “¿Cómo devolver a la gente la idea de Dios? Es la pregunta de todo teísta. Puesto que la religión, la Verdad Divina, las recompensas y castigos, son las marcas de fábrica más grandes, las más corruptas, la industria más poderosa y lucrativa en el mundo; la que sirve para adormecer la mente humana y sofocar su corazón.”

 

 

 

E  L     S  E  R     I  M  A  G  I  N  A  R  I  O

 

 

 

Pablo Naveira

Author Pablo Naveira

Difusor del librepensamiento, administrador de DIOS NO EXISTE, No creo en tu dios, dios no existe y no es necesario y autor de El Ser Imaginario.

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