Editorial

EL SER IMAGINARIO – CAPÍTULO 5

By agosto 27, 2015 No Comments

 

“Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado. ¿Cómo podríamos reconfortarnos, los asesinos de todos los asesinos? El más santo y el más poderoso que el mundo ha poseído se ha desangrado bajo nuestros cuchillos: ¿Quién limpiará esta sangre de nosotros? ¿Qué agua nos limpiará? ¿Qué rito expiatorio, qué juegos sagrados deberíamos inventar? ¿No es la grandeza de este hecho demasiado grande para nosotros? ¿Debemos aparecer dignos de ella?” – Friedrich Nietzsche, filósofo, poeta, músico y filólogo alemán. (1844 – 1900)

 

En términos lógicos, todas las cosas se consideran inexistentes hasta que son directa o indirectamente corroboradas. Tal es el caso de muchísimos elementos y fenómenos que se verifican a través de la comprobación de los efectos de su existencia. A grandes rasgos, podemos decir que si un concepto no tiene equivalente en el mundo físico, entonces es tan solo una idea y, como tal, no puede ser considerado parte de la realidad concreta. La primera dificultad con que se tropieza la interpretación de dios, es la definición del fenómeno de su existencia. ¿A qué consideramos existente? Podemos decir que todo lo verificable, ya sea de naturaleza material o energética, lo es. El teísta comprende esta definición, pero sostiene que lo incognoscible puede serlo de igual modo. Aquí, el entendimiento humano sufre una fractura. ¿Podemos considerar real lo no tangible, verificable ni definible? ¿Es pertinente igualar ambas concepciones de existencia?

Sería sensato suponer que lo incomprobable es sólo concebible desde un punto de vista subjetivo, pero la idea de entidades pertenecientes a dicho contexto ha sido una constante en la historia de la humanidad. ¿El motivo? Nuestra susceptibilidad ante las emociones, misterios y sufrimientos implícitos en la existencia. La incorporación de mitos ha significado la convivencia del mundo concreto con esferas y seres fantásticos de la más variada índole. La religión, como principal impulsor del pensamiento mágico, no sólo ha fomentado la creencia en seres sobrenaturales, también ha perfeccionado el adoctrinamiento de modo que se transformase en su más efectiva herramienta para suprimir el pensamiento crítico.

Desde que las religiones se impusieron como sistemas de adoctrinamiento masivo socialmente aceptados, la idea misma de dios fue utilizada con un fin de manipulación. Podemos decir incluso que el hecho mismo de replantear la veracidad de esta noción implicaría alejarse de dichos parámetros, los de la manipulación. Y sucede que fuera de éstos, la idea no posee sustento. Sin el efecto que la concepción de lo sobrenatural causa en algunas personas, la idea pierde el sentido. Por ello, es imposible para el creyente entender a dios como algo diferente aquello que se le ha impuesto desde el adoctrinamiento prematuro. Esto suele definir la manera en que el individuo interpreta todo lo referente al supuesto plano sobrenatural.

La idea de dios ha sido establecida en la mente de muchos como algo inamovible. Su existencia no está sujeta a comprobaciones, más bien se acepta por fe. Sin embargo, algunos pocos han cuestionado la inmutabilidad de las ideas que el pensamiento religioso ha impuesto históricamente, formulando innumerables argumentos acerca de su inexistencia. Algunos han planteado la imposibilidad lógica de sus atributos, otros la ausencia de evidencias, y otros tantos se han basado en la contradicción ética que su existencia plantearía en un mundo plagado de sufrimiento. Pero si pretendiésemos identificar los indicios de la inexistencia de dios, bien podríamos hacerlo prescindiendo de toda fórmula de naturaleza científica o filosófica, tan solo abstrayéndonos del contexto fantástico propio del discurso religioso y abordando su posibilidad de existir basados en la lógica de los hechos que tenemos a la vista. Algunos de estos indicios ya han sido señalados a lo largo de este relato: La inconsistencia cronológica entre las Escrituras y la edad real de la Tierra, o la presencia de rasgos en fetos humanos que nos remiten irremediablemente a estados evolutivos anteriores.

Desde la antigüedad han existido escépticos al respecto de la existencia de lo sobrenatural. Recordemos a Epicuro y su famosa declaración:

“¿Es que -dios- quiere evitar el mal y es incapaz de hacerlo? Entonces no es omnipotente. ¿Es que puede, pero no está dispuesto? Entonces es malévolo. ¿Es capaz y además está dispuesto? Entonces, ¿de dónde proviene el mal? ¿No es él capaz ni tampoco está dispuesto? Entonces, ¿por qué llamarlo dios?”

Muchos pensadores han cuestionado la existencia de los dioses; algunos incluso elaboraron pautas de pensamiento sobre las cuales sostuvieron su inexistencia. Podemos citar a Immanuel Kant y Sébastien Faure entre los más representativos. (1)

Kant resumió y sistematizó los principales argumentos a favor de la existencia de dios para luego refutarlos de manera efectiva en su obra Crítica de la Razón Pura. En primer lugar, analizó el argumento físico-teológico: “Dios existe a partir de la existencia de una finalidad en el mundo”. Para Kant, éste es un fundamento débil, ya que teniendo el mundo una tendencia evolucionista y cambiante, el enunciado pierde validez. En segundo término, se ocupó del argumento cosmológico: “La existencia contingente de las cosas hace de Dios una causa necesaria”. En este caso, la idea está basada en la mera concepción de los atributos que, se supone, el agente debe poseer para su propia existencia. Kant lo descartó porque se trata de un enunciado que infiere lo primero de lo último, y eso torna insostenible el razonamiento. Por último, tomó el argumento ontológico: “Dios es concebible y cuantificable como idea, y es el ser más perfecto concebible; por lo tanto, existe”. Este argumento, según Kant, es una demostración a priori de la existencia de dios; pretende demostrar su existencia sin recurrir a experiencia sensible alguna, sino tan solo con la idea del mismo como base, lo que le resta sustento.

En el caso de Sébastien Faure, tenemos un sistema completo; un lineamiento para la fundamentación y análisis de la imposibilidad de la existencia de dios. En su obra, Las Doce Pruebas de la Inexistencia de Dios, Faure prescinde de una visión científica para fundamentar su postura escéptica sobre lo sobrenatural, ya que considera imposible abarcarlo desde ese ángulo. Más bien, pretende desmitificar al dios invocado por las religiones, al dios concebido como placebo imaginario para soportar los padecimientos propios de la existencia. Por tanto, no intentará refutarlo ontológicamente, sino sólo desde la posibilidad lógica de sus atributos. Su análisis está dividido en tres partes: En primera instancia, se ocupa del dios creador, luego del dios gobernador, y por último del dios justiciero, (2) exponiendo las contradicciones de estas tres facetas atribuidas a la deidad judeocristiana y desmitificándolo a partir de la imposibilidad de sus cualidades.

Lucrecio, Epicuro y posteriormente Faure y Kant, entre otros tantos, se cuestionaron la lógica de creer en mundos y seres supra terrenales. Elaboraron hipótesis y lineamientos para sostener la imposibilidad de cualquier realidad ajena al mundo concreto. Se basaron en el discernimiento filosófico y en la aplicación de procesos racionales.

Hemos aprendido que nuestra concepción de la realidad se construye en la mente a partir de la percepción de nuestros sentidos. Epicuro llamó criterios de evidencia a dichas percepciones. En ellas, él suponía que los seres humanos basamos nuestras representaciones mentales, dado que no podemos conocer lo que no percibimos. Así, Epicuro dedujo que lo espiritual no existe, y que todo lo existente, la naturaleza corpórea o material, se compone de átomos, idea que propusiera primeramente Leucipo de Mileto. (3) También Aristóteles dudaba de lo afirmado a tientas. Creía que todo conocimiento necesita de la experiencia y que gracias a la acción del intelecto podemos conocer y comprender nuestro mundo. (4) Postuló que sin representaciones sensibles no es posible pensar, y que el conocimiento comienza con la percepción, para luego llevar a cabo una abstracción que permite la captación de la realidad misma.

Es así precisamente como Aristóteles notó que durante los eclipses lunares, al posarse la sombra de la Tierra sobre la Luna, ésta presenta bordes curvos, y dedujo que la Tierra debía ser esférica. De la misma manera, a través de la deducción lógica, Eratóstenes calculó el perímetro de la Tierra en 39.614 kilómetros, siendo de 40.008 kilómetros la cifra conocida en la actualidad. (5) Bajo el mismo criterio, teorización y deducción, Anaximandro definió la idea de la evolución de los seres vivos, sosteniendo que los vertebrados, incluidos los seres humanos, descienden de los peces. (6)

Irónicamente, más de 2500 años después, la humanidad perpetúa criterios acordes con seres primitivos y supersticiosos. Los cultos religiosos proliferan y las creencias reemplazan en muchas ocasiones al conocimiento. La razón es relativizada en nombre de mitos oscurantistas, ajenos a nuestros tiempos. Los parámetros del sentido común se ven desplazados por sistemas de pensamiento que, como Nietzsche nos diría, remiten a un accionar subordinado a la aceptación del mandato incuestionable del amo; tal como si fuésemos criaturas cuyo discernimiento se anula ante una autoridad irrevocable. He aquí la insignificancia en su máxima expresión, aquel desprecio auto impuesto por el conocimiento del que Aristóteles nos hablara al afirmar que los seres humanos pueden ser los causantes de su propia ignorancia.

Debemos entender que no podemos comprender el mundo sino por medio de nuestras capacidades cognitivas. Las emociones, al igual que los sentidos, son sólo un medio de experimentación, no de conocimiento. Todo objeto imaginado es real en lo subjetivo: dentro de la mente de quien lo imagina; e irreal, en un sentido objetivo: proyectado en el mundo físico. Aquí se contraponen dos concepciones antagónicas y la realidad se torna un concepto ambiguo. Pero esto es consecuencia de nuestra percepción del mundo, una basada no sólo en la razón, sino también en las emociones. De todas formas, si nuestro parámetro para el entendimiento es siempre la razón, y sólo entendemos como real aquello clasificable como demostrable, entonces debemos corroborar la verificabilidad de todo lo existente. No debemos suponer, sino verificar.

El proceso de comprensión de la realidad requiere de la identificación de sistemas para la interpretación de los criterios de evidencia, ya que sólo aquellos objetos clasificables como demostrables pueden ser considerados reales en el mundo concreto. Para esto, debemos abordar el objeto de manera funcional a nuestro entendimiento.

La Ciencia se basa en la obtención de evidencia empírica, no posee ego, es objetiva y desconoce el dogmatismo. El método científico es confiable y realista, además de ser el sistema de pensamiento más acorde con nuestra naturaleza racional e inquisitiva. Tenemos entonces las fórmulas y las herramientas para definir y discriminar lo real de lo fantástico, tenemos también un método para aplicar dichas formulas y la motivación natural para hacerlo. Podríamos suponer entonces que no hay lugar para mitos, amuletos, o tan siquiera la necesidad de aplicar el pensamiento supersticioso. Pero, en la práctica, sucede justamente lo contrario.

La idea de lo sobrenatural ha sobrevivido a toda especulación de orden filosófico, científico, o de cualquier otro tipo. En la actualidad, esto se ha visto reforzado por un creciente estancamiento intelectual, mismo que ha provocado un sistemático desinterés por el conocimiento, causando muchos de los síntomas sociales relacionados con el pensamiento intuitivo. El proceso de divulgación de los mitos es tal que escapa a juicios críticos de cualquier índole. Pocos intentan racionalizar las creencias, ya que no fueron educados para ello; esto facilita la asimilación.

Podemos decir que nuestra especie jamás se apartó de la creencia en seres sobrenaturales. Pero, en la actualidad, teniendo en cuenta que conocemos y comprendemos los mecanismos naturales que nos dieron origen, es lógico concluir que el escepticismo debería ser la pauta, simplemente por tratarse de un sistema de pensamiento más acorde con nuestra realidad. El conocimiento puede brindarnos la seguridad necesaria para prescindir de todo anclaje con la superstición, recurriendo así sólo a las verdaderas fuentes: Ciencia, Filosofía y toda aquella rama del conocimiento que nos brinde herramientas de superación.

Dios es apenas la más vana de las necesidades humanas. Es, a fin de cuentas, una afirmación apriorística del entendimiento. Encontramos que su concepción no es más que un extravío del raciocinio; una debilidad, así como una declaración de ignorancia en su estado más tangible. Nuestro error ha sido buscar una hipotética salvación en mitos y seres fantásticos. Los dolores terrenales requieren soluciones terrenales, no basta con invocar deidades ausentes que suponen un placebo temporal. De ellas sólo tenemos, evidencias de inexistencia.

 

 

  1. No pocas veces se ha dicho que Immanuel Kant era teísta y que su exposición en Crítica de la Razón Pura es apenas su visión al respecto de la imposibilidad de demostrar la existencia de lo sobrenatural desde la razón. Sin embargo, existen testimonios de lo contrario. Fragmento de una reseña sobre él realizada por Manfred Kuehn:

 

“Aunque en su filosofía había sostenido la esperanza de una vida eterna y de un estado futuro, en su vida personal se había mantenido indiferente a tales ideas. Se escuchaba a Kant, no pocas veces, mofarse de las oraciones y de otras prácticas religiosas. La religión organizada lo llenaba de ira. Resultaba claro para cualquiera que conoció a Kant personalmente, que no tenía fe alguna en un dios personal. Habiendo postulado la existencia de Dios y de la inmortalidad, él mismo no creía en ni una ni la otra. Su opinión considerada, era que tales creencias eran un asunto proveniente de las necesidades de cada individuo. Kant mismo no sentía necesidad tal.”

 

Reseña: (New York: Cambridge University Press, 2002)

 

  1. Sébastien Faure establece una analogía con el pensamiento de Epicuro. Él rescató e incorporó el argumento epicúreo sobre la existencia del mal a su sistema de análisis sobre la imposibilidad de la existencia de dios:

 

 

O dios quiso eliminar el mal y no pudo. Dios sería impotente, lo que contradice su omnipotencia. O dios pudo eliminar el mal y no quiso. Dios sería malvado, lo que contradice su bondad suma. O dios ni quiso ni pudo. Dios sería impotente y malvado a la vez, lo que contradice su omnipotencia y bondad. O dios quiso y pudo. Si Dios quiere y puede acabar con el mal, ¿por qué no elimina al mal? Dios sería incoherente, lo que contradice su perfección.
Conclusión caso 1: si dios no es omnipotente no es dios, luego dios no existe.

Conclusión caso 2: si dios no es bondadoso no es dios, luego dios no existe.

Conclusión caso 3: si dios no es omnipotente ni bondadoso no es dios, luego dios no existe.

Conclusión caso 4: si dios no es perfecto no es dios, luego dios no existe.

 

  1. Leucipo de Mileto (450 – 370 AEC) es considerado el fundador del Atomismo mecanicista. Fue el primero que pensó en dividir la materia hasta obtener una partícula que no pudiera dividirse más.

 

  1. Para Aristóteles (384 – 322 AEC) el objeto de conocimiento es el objeto en sí, compuesto de materia particular y forma universal. El conocimiento no era para él una construcción anterior a la razón, sino el fruto del esfuerzo conjunto de los sentidos y el entendimiento.

 

  1. Eratóstenes (276 – 194 AEC) fue un matemático, geógrafo y astrónomo griego. Calculó el perímetro de la Tierra con un error de 6.616 kilómetros. Su trabajo es considerado como el primer intento científico de medir las dimensiones de la Tierra.

 

  1. Anaximandro (610 – 546 AEC) fue un filósofo jonio, discípulo de Tales, considerado el primero en utilizar la experimentación como método demostrativo. Postuló que los primeros seres vivientes nacieron en lo húmedo, rodeados por cortezas espinosas, pero al avanzar en edad se trasladaron a lo más seco. Además, dedujo que el ser humano surgió de animales de otras especies.
Pablo Naveira

Author Pablo Naveira

Difusor del librepensamiento, administrador de DIOS NO EXISTE, No creo en tu dios, dios no existe y no es necesario y autor de El Ser Imaginario.

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