Ganadores del Certamen “Ensayos Ateístas”

Haciendo funcionar el librepensamiento.

Ensayos
medalla oro ateistas

Primer Lugar

Ensayo Ateísta

Adrián Lugo Bendezú

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Adrián Lugo Bendezú nació el 8 de junio de 1993 en Manatí, Puerto Rico. Su padre es el periodoncista Gaspar G. Lugo Morales y su madre es la dentista Regina N. Bendezú Portela. Estudió en el Colegio Marista “El Salvador” en el mismo pueblo y en el 2011 ingresó en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. En la universidad tomó cursos conducentes a un grado en biología integrativa y gran cantidad de cursos de arquitectura y chino mandarín. Durante toda su niñez y la mayor parte de su adolescencia tuvo mucha influencia católica de su colegio y familia. Fue en la universidad que comenzó a pensar más libre y escépticamente con la ayuda de cursos, conferencias y conferenciantes listos para dudar todo. Al momento de realizar este escrito Adrián es estudiante a tiempo completo. Se encuentra preparándose para la transición a escuela graduada con la meta de concluir un doctorado en ecología y percepción remota. Le interesa las distintas formas de usar datos raster para contestar preguntas relacionadas a organismos y el medio ambiente. Sus estudios sirven el propósito de proveer conocimiento para el manejo de ecosistemas en respuesta al cambio climático y disturbios humanos. En el futuro cercano estará participando del discurso público sobre temas de manejo de áreas naturales, conservación de recursos, biodiversidad y otros aspectos de política pública que solapan con la carrera de un biólogo. Puede ser avistado en el área de Río Piedras donde vive y continúa la tradición de dudarlo todo.

Ensayo: “La verdadera palabra soez y el arte de su manejo”

“God is an invention of Man. So the nature of God is only a shallow mystery. The deep mystery is the Nature of Man.” – Nanrei Kobori

 

“Belief is natural. It comes partly from the way our minds are hardwired.” – Tanya Luhrmann

 

 

Nosotros los humanos tuvimos una vida precaria antes de constituirnos como especie. Como parte de un breve experimento mental seamos simios nuevamente y veamos el mundo desde una perspectiva vicaria, el recuerdo imposible de nuestros ancestros hace unos 15 millones de años, durante la época del Mioceno. Estamos encaramados entre hojarasca mustia y húmeda, desplazándonos bajo la cobija de un dosel familiar mientras ignoramos la refracción de haces lumínicas sobre polvo suspendido en el aire. Nuestra mirada persigue insectos y frutas sin la capacidad de decidir dónde concentrar la atención. Vuela por nuestro campo de visión un ancestro de las mariposas, capturando nuestro interés, asombro y total admiración por su belleza, tanto que comenzamos a perseguirla. Repentinamente se deshace la firmeza del suelo, se difuminan todos los colores hacia el negro y despertamos aterrados mirando el tronco de donde nos hemos sostenido y el precipicio que hemos evitado cruzar. Calmar el ritmo cardiaco toma unos segundos así que aprovechamos para resguardarnos en el pelaje de nuestra madre mientras expresamos desconsuelo verbalmente. Ella muestra una combinación de preocupación y leve entretenimiento, quizás recordando la molestia de despertar luego de sus propias pesadillas. Ordena que nos alejemos del borde e indica que tengamos más cuidado, son mandatos que sabemos acatar. Volvemos a dormir cómodamente, presagiando eventos venideros en nuestra especie descendiente.

 

Nuestro género taxonómico hace unas 250,000 generaciones no era Homo ni Australopithecus, sino Dryopithecus, un simio arbóreo comparable en tamaño a los gorilas. Nuestra especulación sobre la capacidad de estos organismos no es desmesurada. Pensamos que soñar con caer y despertar alterados subsiguientemente proviene de la estadía forestal de nuestros ancestros, tenerle miedo al precipicio aumentaba las probabilidades de supervivencia. Mamíferos al fin, tampoco es excesivo imaginar una driopíteca madre persistentemente ofreciendo consejos constructivos, órdenes e instrucciones de cómo evadir la muerte. Las driopítecas crías paulatinamente evolucionan obediencia, docilidad y sumisión ante padres y madres protectores. Es posible que evolución mediante selección natural favoreció confianza en la figura de autoridad y produjo los rudimentos de un concepto absolutamente fundamental en la sociedad contemporánea. Sobrevivíamos los más dispuestos a confiar, aquellos preparados para creer.

 

El biólogo evolutivo Richard Dawkins propuso una versión de esta especulación en su libro The God Delusion publicado en el 2006. En esencia la idea trata sobre los posibles orígenes evolutivos de la fe. Si clasificamos la fe como un comportamiento humano, quizás hasta animal, entonces surgen preguntas relevantes a la intersección entre la ciencia del comportamiento y psicología. ¿Por qué parece ser la mayoría de las personas del mundo cuyas convicciones involucran divinidad y fenómenos inexplicables? Puede ser que los humanos tenemos una predisposición hacia creencias religiosas cuyos orígenes se extienden por el tiempo geológico. De manera muy simplista hoy día frecuentemente apuntamos hacia la educación como antídoto para la religión. No obstante, sabemos desde el 1998 que alrededor de 7% de los miembros de la National Academy of Sciences de EE.UU., cuyos miembros son algunas de las personas mejor educadas en el planeta, creen en un ser superior. ¿Cuán seguros estamos los ateos de que la ignorancia es el factor principal detrás de esta tendencia? ¿Cuán conscientes somos de nuestra posible religiosidad biológica cuando entablamos conversación con un creyente? Notablemente, pocas veces identificamos el uso de la más insípida palabra soez en estos intercambios, entumecidos por tradición y conformismo; se trata de la palabra “creer”.

 

Los profesionales que se dedican a discernir entre verdad y fantasía, los científicos, conocen perfectamente la inutilidad de “creer” que algo es cierto. Ninguna revista científica publicaría el mejor argumento lógico y fundamentado, la creencia más socialmente aceptada propuesta como explicación a un fenómeno natural, sin debida evidencia presentada como anejo. Los descubrimientos científicos que sobreviven el escrutinio de revisión recurrente nunca son creencias, son verdades objetivas independientes de subjetividad humana. Reconocer el término “creer” como inútil para estos propósitos permite verlo como innecesario y dispendioso. Es una palabra no apta para la identificación de la verdad. Es en esencia una palabra que no sirve, mala, soez. Sería potencialmente beneficioso entonces prescindir del aferro lingüístico a este concepto, abstenerse de transcurrir por las vías ambiguas de creer o no creer y entrenarse en el arte de saber o no saber.

 

Degradar “creer” de una privilegiada clasificación virtuosa a la vilipendiada bajura de ser palabra soez, una palabra mala y concepto dañino, puede ser sustentado mediante el caso de Paul Ingram. En The Demon Haunted World. Science as a Candle in the Dark, Carl Sagan nos relata la historia de un hombre respetado, religioso, presidente del partido republicano en Olympia, Washington y querido padre de familia. Su desgracia comenzó en 1988 el día que una de sus hijas regresó de un retiro espiritual y acusó a su padre de actos atroces, incluyendo: abuso sexual en su contra, haberla embarazado, torturado, ofrecido a otros diputados en el trabajo, haberla introducido a ritos satánicos y hasta descuartizar y comer infantes. Ella aseguró que los actos comenzaron desde su niñez y prosiguieron casi hasta el día en que comenzó a recordarlo todo. Ingram negó los hechos pero posteriormente fue víctima de sugestión cuando investigadores policiacos, un psicoterapeuta y el ministro de su iglesia lo forzaron a “recordar” los eventos, diciéndole que ofensores sexuales típicamente reprimen memorias de sus crímenes. Debido a su carencia en escepticismo y gran disposición para la creencia Ingram también comenzó a “recordar”. Confesó a crímenes casi idénticos a aquellos que se le imputaban. Un científico de Berkeley trató de hacerle distinguir entre realidad y fantasía, mostrándole cómo él mismo logró implantar en Ingram un recuerdo falso. Ingram se aferró a su creencia, se declaró culpable y fue sentenciado a cumplir 20 años en prisión. Confinado a su celda recapacitó, desmanteló la fantasía y empuñó la realidad nuevamente aunque demasiado tarde para escapar su condena.

 

La ironía divertida es que rezar sí funciona por virtud de nuestra propia biología. Una historia escrita por Erik Vance y publicada en la revista National Geographic en diciembre del 2016 presentó una sinopsis de estudios relacionados a placebos y los efectos que la fe tiene en la medicina. Los estudios se remontan a Ivan Pavlov en el siglo XIX condicionando a sus perros a salivar cada vez que escuchaban unas campanas. Dos siglos después Tor Wager, estudiante graduado de University of Michigan, tomó imágenes cerebrales de humanos y realizó otro experimento sobre condicionamiento. Aplicó una crema en ambas muñecas de los sujetos y les instaló electrodos capaces de provocar calor o transmitir corriente hacia la piel. Les mintió diciendo que una de las cremas funcionaba como analgésico, disminuyendo el dolor, cuando ambas cremas eran igualmente inertes. Luego de varias rondas de condicionamiento ellos aprendieron a sentir menos dolor en la muñeca con “crema analgésica” tanto así que electrocución fuerte les parecía un pellizco. Las imágenes cerebrales que resultaron de este estudio mostraron cómo la creencia — la expectativa de recibir un medicamento — produjo una respuesta biológica y médica en los individuos que participaron.

 

Contrario a la dirección del impulso nervioso “normal”, cuya trayectoria comienza desde la periferia, viaja hacia el sistema nervioso central y llega al cerebro en dónde induce la liberación de analgésicos para reducir el estímulo doloroso, el impulso nervioso generado por el placebo mostró una dirección invertida. Desde la corteza prefrontal se envió una señal al tronco encefálico, cuya función incluye producir opioides y enviarlos hacia la columna vertebral. La expectativa de menos dolor causó que el cerebro enviara analgésicos previos al estímulo. Los sujetos condicionados no parecen haber estado imaginando que sentían menos dolor, sino que accedieron al botiquín de analgésicos privados que poseen sus cuerpos al someterse a la sugestión. Creer que sentirían menos dolor indujo y contribuyó a que así fuese.

 

Toca saber manejar el arte de creer, esa palabra soez a tiempo parcial. En algunas situaciones es mejor emprender una conversación dirigida alrededor de los hechos, lo que se sabe y desconoce. En otras, especialmente en áreas relacionadas a la medicina y los placebos, resulta que existe potencial para que incluso la comunidad ateísta acoja la práctica de creer. No en todo, claro está. Existe en nuestro mundo y sociedad una abundancia de supersticiones y mitos derivados de las creencias desmedidas que debemos desmentir. La revista Skeptical Inquirer recopila un esfuerzo titánico relevante a esa necesidad. Además las diferentes formas de creencias, incluyendo la religión, han causado algunos de los estragos históricos más dolorosos que jamás ha tenido que vivir un organismo. Sin embargo, aunque podrá parecer que la medicina, por ejemplo, es una ciencia únicamente y no tiene cabida para consideraciones místicas, nuestra biología está intrínsecamente entrelazada con creencias. ¿Cómo negarle al don y doña de la esquina la oportunidad de obtener alivio untándose agua bendita si realmente les funciona, medido y verificado con todo el vigor y rigor de la ciencia? Caminar por el pueblo de Río Piedras en donde vivo, visitar las “botánicas” repletas de objetos místicos para limpiezas corporales, protecciones espirituales y demás encarnaciones de brujería mestiza podrá suscitar en los escépticos una vocación pedagógica, pero ¿quién garantiza que sus penas, dolores, angustias y zozobras no quedan amortiguadas luego de aplicarse el placebo? Nuestros driopítecas ancestros estarían orgullosos por haberles hecho tanto caso.

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Segundo Lugar

Ensayo Ateísta

César Lenin Ruiz Lima

Lugar y fecha de nacimiento: Guayaquil, Ecuador / 28 de diciembre de 1969

Título profesional: Lcdo. Antropología Aplicada

Experiencia laboral:

  •  Promotor artístico y cultural independiente.
  •  Director de proyectos culturales relacionados con niños/as.
  •  Director de cultura en varias instancias públicas.
  •  Corrector de textos y estilo independiente.
  •  Facilitador de talleres relacionados con lenguaje cinematográfico, e introducción al pensamiento científico; dirigidos a niños/as y adolescentes.

Ensayo:”Moriremos como vivimos”

Creer en dioses y creer en fantasmas es idéntico.

Dios se toma como una palabra más respetable que fantasma,

pero no significa más que eso…

(E. Haldeman-Julius)”.

 

Sin mayor sustento que su particular susceptibilidad, el desaprensivo transeúnte da por sentado que todos/as “creemos”. Todos/as necesitamos un vínculo con la “trascendencia”. Todos/as encontramos un sentido de existencia en vaya saber que institución religiosa. Todos/as añoramos un Creador… No es tan así.

 

¿Cómo somos los ateos/as, en qué pensamos? ¿Sobre la base de qué valores y principios damos sentido a nuestras vidas? ¿Somos tan luciferinos como nos pintan? ¿En qué nos diferenciamos de los “creyentes”? El presente trabajo intenta responder brevemente varios de estos interrogantes.

 

Moriremos como vivimos

 

Los ateos/as somos seres humanos. Como cualquier otro/a miembro de la especie homo sapiens tenemos sueños y esperanzas, vicios y virtudes. No somos ni mejores ni peores que nadie. Tampoco somos una especie de ermitaños que vivimos en la más apartada de las geografías; hostiles, malhumorados, intratables.

 

Somos seres sociales, con nuestras virtudes y defectos. Amamos, sonreímos, tenemos sueños y esperanzas, días de luz y jornadas grises como todo el mundo. Quizás para infinita sorpresa de propios y extraños, el entorno más inmediato de varios de nosotros/as (parejas, amigos/as de toda la vida, familia), ¡no necesariamente comparte nuestro ideario! Sin lugar a dudas, esta peculiaridad es de lo más sorprendente. No estamos aquí para catequizar a nadie, pero aún convertirlo.

 

El ateísmo no es una religión. Tampoco una filosofía, como lo son el marxismo, el psicoanálisis, el budismo, la física relativista, etc. Uno no se vuelve ateo/a luego de leer las obras completas de Bertrand Russell. El ateísmo es una vivencia. Si no fuese así, la transmisión cultural de los lugares donde vivimos, nos hubiese vuelto “creyentes”. Si un “ex-coideario”, una mañana se levantó ateo/a, por la tarde recibió una epifanía,  y por la noche se acuesta rezando; lo único que esto nos dice, es que jamás fue un ateo/a, y tomó nuestra condición a manera de disfraz. Nacimos ateos/as, vivimos ateos/as, moriremos como vivimos.

 

El discurso ateo/a es de corte naturalista y reflexivo. Justiprecia el pensamiento científico, pero sin caer en el error de transformarlo en dogma. Desestima toda abstracción que pretenda superponerse al mundo natural y objetivo. Para los ateos/as, la concepción del “alma” (se colige la vida después de la muerte) resulta ilusoria. Esta es la única existencia que tenemos; y cada día debe ser disfrutado como si fuese la última vez.

 

Vale aclarar que la noción de vivir cada día como si fuese el último, no implica una suerte de patente de corso, un salvoconducto para ser disolutos, licenciosos; todo lo contrario, la tomamos con la mayor responsabilidad del caso. Toda vez que sí profesamos un determinado comportamiento ético, y no somos ajenos a los valores de la solidaridad, la justicia, la libertad, entre otros. Huelga decir los referentes axiológicos y teleológicos se provienen de juegos-relaciones-procesos lógicos de la autoconciencia, y no por miedo al siniestro Averno que nos aguarda (¿?).

 

Autoconciencia

 

La sociedad, la mayoría, no puede prohibirnos que pensemos de una forma u otra, y decir lo que ellos quieren escuchar. No sentimos la necesidad de “creer” en vaya saber que criatura sobrenatural, y no nos deshacemos en llanto por no tenerla.

 

Nadie puede entrar «dentro» de nosotros; llámese papa, brujo, pastor, chamán, lama, gurú, médium, ayatolá, o como se llame, a decir que debemos postrarnos de hinojos. Nadie puede forzarnos a sentir y vivenciar lo que para nosotros es inexistente… El ateísmo es parte intrínseca de nuestra personalidad y condición de seres humanos.

 

Así es como somos, no tenemos por qué negarlo ni ocultarlo. Vinimos al mundo de esta forma. Somos libres de ser nuestros propios maestros y discípulos.

 

Anticlericalismo

 

La mayoría de los ateos/as hemos experimentado, unos con mayor virulencia que otros, determinada forma de anticlericalismo. No obstante, dicho comportamiento no nace al interior de nuestra cultura. No somos los ateos/as quienes, tras intrincadas especulaciones filosóficas, buscamos la cuadratura del círculo. Si las religiones obraran en consecuencia con lo que predican, el anticlericalismo simplemente estaría fuera de lugar. Son las religiones: su intolerancia, su avidez de dinero, su necedad, su complicidad con el Poder, y su violencia; las que sempiternamente avivan el fuego del anticlericalismo.

 

Cualquier habitante de este planeta (se colige un “creyente”), si destinase unos pocos minutos de su tiempo para hurgar en la trastienda de las religiones, con un mínimo de probidad intelectual (contrastando información, investigando nuevas teorías) y sin apasionamientos mediante, no tardaría mucho en volverse anticlerical. Esto ha sucedido con incontables seres humanos en el mundo, quienes tomaron distancia con los “representantes de lo sagrado”.

 

Son creyentes (sin comillas); manifiestan la existencia de una deidad; asumen como ciertos determinados elementos del discurso religioso (por citar, la inmortalidad del alma); pero, y allí la diferencia con el resto de sus pares, son entes críticos tanto de la sociedad como de la religión. En este caso muy concreto, existe cercanía-familiaridad-diálogo con el ateísmo. Los respetamos. Valoramos… y mucho… su honestidad intelectual.

 

Marxismo y ateísmo

 

Uno de los mitos que se gestan en torno de la comunidad atea, es nuestra cercanía con la filosofía marxista. Nada más alejado de la realidad.

 

Existen ateos/as que se adscriben con ideologías de libre mercado, otros refieren que poco o nada les importa la política, y solo un sector del ateísmo expresa simpatía por el pensamiento izquierdista. Por su parte, la filosofía marxista, no solo ha tenido en sus filas ateos/as de la talla de L. Feuerbach, S. Faure. M. Bakunin. F. Castro; también ha recibido el aporte de personas que se autodefinen creyentes, e incluso de sacerdotes; por citar, para el caso de Abya Yala, los sacerdotes afines a la denominada Teología de la Liberación.

 

Quien vincula ateísmo-marxismo es el poder religioso en su afán de contener la influencia de este último. Comunista sinónimo de ateo, es una frasecilla que se desfonda del medio a la mitad, precisamente cuando le seguimos la pista al interior de los movimientos izquierdistas. Los casos de otrora “furibundos ateos/as marxistas” vueltos a la religión, son innumerables.

 

Diversidad

 

El ateísmo, al igual que otros grupos culturales, se encuentra atravesado por la diversidad, la diferencia y la pluralidad. Nuestra comunidad, dispersa por el mundo, se alimenta de un sinnúmero de prácticas-relaciones-valores-imaginarios que se construyen en la cultura de origen. Hablamos distintas lenguas, vestimos diferentes trajes, poseemos varias formas de sentir el arte, vivir la sexualidad, comprender las relaciones de poder, etc.

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Tercer Lugar

Ensayo Ateísta

Federico Abal

Federico G. Abal es adscripto a la materia Ética en la FFyL (Universidad de Buenos Aires). Ha recibido becas de estímulo a la investigación, ha realizado cursos en la UFMG. Ha publicado artículos y notas de opinión en revistas internacionales especializadas (Isonomia, Telos, Ideas y Valores, Contrastes, Revista Latinoamericana de Filosofía Política). Integra el Grupo de Filosofía Política y el grupo de Ética a cargo de la Dra. Graciela Vidiella en la UNLP. Su área de interés principal es el utilitarismo.

Ensayo:”El ateísmo y su valor democrático”

A mediados del año 2014, en la Ciudad de Buenos Aires, se realizó una de las inaugurales reuniones de lo que pretendía ser la primera organización estrictamente atea de dicha ciudad. Bajo el nombre “Buenos Aires Atea”, una decena de personas nos dimos cita para discutir de qué modo la voz del ateísmo local podía expresarse públicamente de manera coordinada e intervenir efectivamente en respuesta a distintos acontecimientos que encontrábamos indignantes. Por ejemplo, la presencia de simbología religiosa en establecimientos públicos (tribunales, juzgados, escuelas, hospitales), la financiación estatal de instituciones educativas privadas y oscurantistas fundamentalmente relacionadas a la iglesia católica (ya sea mediante exenciones impositivas o transferencia directa de ingresos), el lobby religioso dentro de los debates parlamentarios vinculados a temas de salud sexual y reproductiva, o la participación de autoridades gubernamentales en ceremonias eclesiásticas (como el tradicional Tedeum celebrado cada año el día 25 de Mayo) de nula relevancia para los asuntos que les competen en tanto funcionarios electos.

Aquella primera reunión convocó a un grupo entusiasta y heterogéneo de ateos. Personas de distintas edades, con ocupaciones laborales diferentes y con problemas particulares que, a fin de cuentas, imposibilitaron la concreción de un espacio activo y ambicioso como el que nos proponíamos inicialmente.

Comienzo este breve ensayo recordando la efímera experiencia de “Buenos Aires Atea” para poner a consideración de los lectores un debate que tuvo lugar en los inicios de esta organización y que encuentro interesante para revalorizar la presencia del ateísmo como una voz propia dentro de cualquier sociedad democrática.  El debate al que hago referencia gira en torno al objetivo central de la organización que pretendíamos crear pero puede extrapolarse a cualquier intento de construir una organización similar, a saber, específicamente atea, en cualquier otra parte del mundo. Asimismo, las conclusiones de dicho debate tienen una resonancia más general que abordaré a continuación.

A grandes rasgos puede decirse que toda voluntad de intervenir públicamente en la vida política de una sociedad surge de la incomodidad de los involucrados sobre algún asunto de la realidad. Habitualmente, esa incomodidad deriva de  la existencia de una circunstancia percibida como injusta.

En América Latina, región que concentra el 40% de la población católica mundial, con una creciente influencia del protestantismo según estudios recientes del Pew Research Center (mayoritariamente del pentecostalismo), la incomodidad atea es profunda.

Sin embargo, los hechos que pretendíamos denunciar y la resistencia que queríamos oponerle no nos definían como un organización específicamente atea. La injusticia que buscábamos combatir, como señale anteriormente, era la avasallante influencia de la religión en los resortes institucionales del país y las consecuencias negativas de esa permeabilidad. En este sentido, no había ningún motivo para denominar a nuestra naciente organización “Buenos Aires Atea”  y no “Buenos Aires Laica”, asemejándonos a otros espacios que asumían explícitamente el compromiso de construir una sociedad laica. En este punto, surge una discusión que excede los límites del nombre y exige una elaboración más profunda sobre los objetivos del ateísmo organizado y su vinculación con el laicismo.

Una manera simple y adecuada de distinguir entre “ateísmo” y “laicismo” es restituyendo una de las problemáticas centrales de la filosofía política, que fue revitalizada contemporáneamente por John Rawls. En “Liberalismo Político”, texto publicado en el año 1993, Rawls define lo que considera es el problema fundamental de toda sociedad democrática: “¿Cómo es posible la existencia duradera de una sociedad justa y estable de ciudadanos libres e iguales que no dejan de estar profundamente divididos por doctrinas religiosas, filosóficas y morales razonables?”. La respuesta de Rawls a esta pregunta es compleja y su exposición requeriría un abordaje extenso sobre su teoría de la justicia. Para el propósito del presente ensayo cabe simplemente destacar su postura en relación al posicionamiento que la autoridad política democrática debiera tener respecto de las distintas doctrinas religiosas. Sobre este punto, Rawls retoma una tradición de larga trayectoria dentro de la modernidad, a saber, el laicismo. El laicismo propugna la privatización de las creencias religiosas, liberando al espacio público de las ataduras de las viejas administraciones eclesiásticas o teocráticas. El Estado es concebido, desde esta perspectiva, como un árbitro neutral que para ejercer legítimamente su autoridad no puede justificar sus decisiones bajo razones religiosas o privadas. Tal como señalara Tomas Jefferson: “no es una ofensa que mi vecino crea en veinte dioses o que diga que no existe ninguno”. Lo que sí constituye una vulneración a mi condición de sujeto libre e igual es que pretenda hacerse con el poder estatal para inculcar dicha creencia privada.

Nótese que el laicismo es también crítico de un potencial ateísmo estatal. El ateísmo en tanto afirmación sobre la inexistencia de cualquier deidad sería, desde esta tradición, una creencia que solo atañe a los individuos en su esfera privada y no una fundamentación para el ejercicio del poder político.

En lo que queda de este escrito pretendo señalar algunas razones por las cuales creo que en sociedades fuertemente atravesadas por la existencia de diversas doctrinas religiosas, como es el caso extendido en las sociedades latinoamericanas, una política que promueva exclusivamente el laicismo es insuficiente para garantizar la promoción de los valores democráticos. En primer lugar, una esfera pública pretendidamente laica (mediante este término hago referencia a todos los ámbitos donde los ciudadanos y/o sus representantes se vinculan para intercambiar razones con el objetivo de debatir, promover o sancionar políticas que los alcanzan autoritativamente) no es impermeable a los compromisos religiosos particulares de los individuos que en ella se convocan. Esta situación se hace visible en el tratamiento de cuestiones especialmente sensibles para los miembros de ciertas religiones (eutanasia, despenalización del aborto, educación sexual, etc.) quienes pretenden que sus voces sean consideradas especialmente por encima de las de aquellos ciudadanos que apelan a razones públicas, de salud o de igualdad de derechos. En segundo lugar, determinadas decisiones que en el ámbito privado algunos padres toman en relación a la educación de sus hijos impiden el desarrollo de individuos autónomos y democráticos. Tal es el caso de niños que, por ejemplo, no reciben educación sexual o conviven en un ambiente donde las mujeres o los homosexuales son recurrentemente subestimados. En tercer lugar, el tipo de culturización propia de las comunidades religiosas mayoritarias suele promover un apego a los liderazgos mesiánicos, la mitología totalitaria y un desdén por la resolución racional de los problemas colectivos a la luz de la evidencia disponible y mutuamente contrastable por los afectados.

En resumen, la consolidación de una sociedad democrática exige, según creo, la formación de ciudadanos que contribuyan a la construcción de una esfera pública laica. Esto solo puede conseguirse mediante una intervención estatal que favorezca la distribución del conocimiento científico, que rechace la entronización de líderes omnipotentes y que intervenga en aquellos ámbitos que pudieran impedir el desarrollo de individuos autónomos. En otras palabras, una intervención estatal que asuma un compromiso practico con el ateísmo, esto es, con la formación de ciudadanos críticos y motivados por la búsqueda de soluciones mediante el uso de argumentos contrastables por sus pares. Este es el aporte fundamental y distintivo que el ateísmo puede ofrecer a la cultura democrática de cualquier sociedad: la puesta en evidencia de que la religión, aunque confinada a la privacidad, obstaculiza el camino hacia una sociedad prospera, tolerante e igualitaria.

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