Editorial

La crisis feminista y el ateísmo

By marzo 23, 2018 No Comments

“La lucha por los derechos de la mujer a menudo se convierte en sinónimo de odio a los hombres. Si hay algo que puedo decir con certeza es que esto tiene que parar.” – Emma Watson

El feminismo está pasando, sin lugar a dudas, por la etapa más decadente de su historia. Ha mutado en un movimiento inoperante, trasnochado, beligerante, e incluso injusto en muchas ocasiones. Hoy está dominado por activistas que lo utilizan como arma para canalizar un revanchismo nunca antes visto en contra del sexo contrario.

Con lo que se ve actualmente por parte de los grupos feministas, podríamos fácilmente pensar que estos se concentran más en la agresión a través del amedrentamiento que en construir. Además, han impuesto una suerte de corrección política que hace las veces de mordaza social, impidiendo en cierta medida que los planteamientos feministas sean criticados o desmentidos en sus fundamentos, utilizando como punta de flecha de este actuar autoritario, la falacia de que la violencia tiene género. Estamos ante un movimiento que aplica la lucha de clases a las relaciones hombre mujer, para transformarlo en opresor y oprimida, con lo que pretende estigmatizar al varón y derribarlo. Por lo mismo, las menciones a igualdad de derechos quedarán fuera de este análisis, ya que considero demasiado evidente que su relación con el feminismo es nula.

El feminismo se ha transformado en una agrupación que se identifica con la violencia y la imposición, monopolizando el discurso y tomando actitudes acusatorias contra quienes no comparten sus posturas o métodos, lo que casi siempre implica que se tilde de machistas o misóginos a quienes cuestionan. Esto es una absolutización del mensaje, así como una imposición ideológica.

En la actualidad, y desde hace unos años, el feminismo ha querido convertir al maltrato de mujeres en una cuestión político criminal de primer orden. Aunque basta revisar cualquier estadística al respecto para notar que dicho flagelo no es en modo alguno algo que defina los índices de violencia real, ya que la criminalidad que sí reflejan dichas estadísticas tiene poco y nada que ver con ello. Y lo preocupante, lo verdaderamente peligroso, es que gracias la visión impuesta por grupos afines a la idea de que la agresividad es patrimonio masculino, la verdadera violencia, esa que afecta a todos y no distingue sexos o edades, pasa a no ser atendida como se debiera. Basta con percatarnos que la violencia contra las mujeres, siendo insignificante en términos estadísticos, tiene un tercio más de probabilidades de ser denunciada que en el caso de cualquier otra forma de violencia. ¿Casualidad o parte de la legitimación feminista de dicho concepto? La respuesta se hace más que obvia.

¿Y cómo llegamos a esto?

Básicamente, el feminismo actual adoptó como método los parámetros de la segregación y la criminalización. Sin embargo, no lo hizo desde la identificación de lineamientos de conducta, sino según el tipo del sujeto en cuestión. El feminismo estigmatiza a grupos específicos marcándolos y criminalizando su actuar, basándose en las características innatas del mismo. Este pensamiento dio lugar a la existencia y aplicación de las leyes del Derecho Penal de Autor, algo que también utilizó Hitler y el Nazismo, justificando así las persecuciones y el posterior exterminio. Así como el nazismo una vez supuso que los seres humanos pueden ser validados de acuerdo al color de su piel o etnia, hoy en día el feminismo hace lo propio según el sexo de las personas.

Gracias a ello, se ha extendido la anteriormente mencionada idea de que la violencia contra las mujeres se da casi exclusivamente producto del accionar masculino, algo que como sabemos ninguna estadística de que tengamos conocimiento avala. Sin embargo, las estructuras estatales afines a los movimientos feministas permiten que esto sea tomado como verdad y atendido con urgencia. Así, las facciones que han asimilado el lenguaje feminista a causa de la identificación con la corrección política que hoy en día implica atender la idea de que existe lo que llaman violencia de género, hace que se vea como algo normal sólo difundir indicadores de la violencia masculina contra las mujeres y no datos generales sobre el total de los casos de violencia intrafamiliar. Menos aún se habla sobre violencia en general, donde el hombre es el más afectado.

Hoy tenemos cosas increíbles, como que una feminista académica progresista diga abiertamente que debería encerrarse a los hombres en campos de concentración. Y posiblemente esto se permita dentro de los mismos grupos porque el feminismo, a fin de cuentas, es una ideología extremista surgida del resentimiento hacia un sistema supuestamente opresor.

Pero no nos confundámonos, la persecución entre grupos o etnias no es algo ajeno a nuestra especie. La segregación, en sus distintas manifestaciones, ha ocasionado millones de muertos. Y a pesar de ello, esta es la primera vez en toda la historia humana que vemos un tipo de discriminación basado en el sexo de los individuos. Y esto no es difícil para los grupos feministas dada la situación de privilegio y excepción ente la justicia en que hoy se encuentran.

¿Qué postura tomamos los ateos en este contexto?

El feminismo ateo cita a la religión organizada como la principal fuente de opresión contra la mujer, desigualdad de género y supresión de la libertad sexual y determinados derechos humanos básicos. Para los feministas ateos, la participación en una fe es la aceptación de la sumisión al patriarcado y a las supuestas acciones anti-femeninas de las religiones organizadas. Los grupos de feministas que renuncian a su fe por cuestión de desigualdad de género están directa o indirectamente ligados al ateísmo. Irónicamente, esto implica que los ateos, quienes nos hemos caracterizado por condenar el totalitarismo ideológico, nos veamos en la misma línea de un sistema tan dogmático como el de cualquier religión e incluso mucha más violento.

El feminismo es, en definitiva, marxismo cultural. Es un sistema de pensamiento que funciona a modo de subversión contra diversos valores tradicionales y ciertos elementos de una sociedad, como la familia, la religión, la sexualidad, la raza o el nacionalismo. Por lo mismo, no necesariamente una feminista sería atea por haber llegado a una conclusión lógica sobre la improbabilidad de dios, sino más como una manera de rebelarse contra un sistema al que aspira destruir.

En ocasiones el pensamiento crítico nos obliga a incursionar en territorio tabú. Cada día más ateos se alejan del feminismo y lo catalogan como un sistema dañino al que vale la pena excluir de los espacios de reflexión. ¿Por qué un ateo se volvería antifeminista?  ¿Por qué tantos ateos se están decepcionando del feminismo?  ¿Se parecen el feminismo y las religiones en su actuar?  ¿Acaso el feminismo moderno no tiene nada que ver con la igualdad de género?

Es momento de reflexionar…

 

Pablo Naveira

Author Pablo Naveira

Difusor del librepensamiento, administrador de DIOS NO EXISTE, No creo en tu dios, dios no existe y no es necesario y autor de El Ser Imaginario.

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