La isla del cordero: la narrativa sacrificial y sus efectos en la identidad boricua

cordero

Ante un griterío de “Alaju Akbar” (¡Dios es grande!, en árabe), en días recientes varios casos de ejecución de hombres gays por ISIS en Siria han ganado enorme visibilidad, al menos en los medios occidentales como Daily Mail, CNN, Washington Post y Gateway Pundit, que comparten las chocantes imágenes. Han sido empujados desde techos altos a un precipicio ante multitudes de fieles histéricos que, al parecer, tienen escaso acceso a otras formas de entretenimiento en esa nación plagada por el criminal fundamentalismo mahometano.

Sin embargo, se ve con frecuencia una cultura de negación entre muchos izquierdistas (los políticamente correctos) que lamentan el uso de la palabra terrorismo cada vez que terroristas islámicos terrorizan a los demás, a veces argumentando que los imperios yanqui y británico también terrorizan a la gente del tercer mundo, o que los cristianos también tienen terroristas, como si eso (que es cierto) borrara los 1,400 años de sangrienta historia islámica. Este discurso es, antes que nada, peligroso. Implica un bajón salvaje en los estándares de vida humanos. Es preferible que nos opongamos a TODOS los terroristas y tiranos, sean islámicos o cristianos, seculares o laicos, y que no dejemos que estas actitudes políticamente correctas castren nuestro buen juicio y nuestro discernimiento. En esto, aplaudamos al comediante Bill Maher que siempre ha llamado las cosas por su nombre.

Sin embargo, es acertada la crítica de los PC: en la República Centroafricana los terroristas cristianos están en guerra con los musulmanes (al igual que en Nigeria) y con frecuencia exhiben mayor violencia que los yijadis, en Uganda casi pasaron el Kill the Gays Bill, y en Estados Unidos los proponentes del dominion theology ya han dejado sus huellas digitales en los libros de texto escolar y están locos por instituír las leyes del Antiguo Testamento, incluyendo el genocidio de los gays, en el Nuevo Mundo.

Y los laicos nos debemos preguntar: ¿De donde surge esta obsesión genocida de sacrificarle humanos al Dios del desierto, o a cualquier otro Dios? ¿De donde surge esta tendencia amplia a sacrificar nuestra humanidad en general, nuestra naturaleza, nuestro líbido, nuestras ganas de vivir, en los altares de un Dios no-físico y no-natural? Porque lo sobrenatural es literalmente eso: es contra-natura, es no-natural.

Y estas tendencias enfermizas no son nuevas. Abraham casi lo hizo con su hijo, aunque un ángel (¿su conciencia?) lo evitó, sin embargo en Jueces 11, Jeftá sacrifica su hija a Jehová y no parece haber aparecido un ángel a pararlo. En Exodo 32, Moisés manda a matar 3,000 personas por no compartir sus creencias, y luego alaba y bendice a los soldados de Dios porque mataron a sus hermanos y vecinos, de un modo no muy distinto a como los muftas e imames musulmanes de hoy bendicen a los terroristas heroicos. De hecho, este paisaje parece representar la inauguración e introducción al mundo de la odiosa tradición del terrorismo abrahámico.

Algunos traductores de la Biblia se han abochornado de esto y traducen deshonestamente el verso 29 como “cada uno se ha consagrado en su hijo y en su hermano” (versión Reina Valera), sin embargo lo que el verso dice es cada uno en contra de su hijo y hermano. La traducción correcta (Biblia de las Américas de Ex 32:27-29) es:

Así dice el Señor, Dios de Israel: “Póngase cada uno la espada sobre el muslo, y pasad y repasad por el campamento de puerta en puerta, y matad cada uno a su hermano y a su amigo y a su vecino. Y los hijos de Leví hicieron conforme a la palabra de Moisés; y cayeron aquel día unos tres mil hombres del pueblo. Y Moisés dijo: Consagraos hoy al Señor, pues cada uno ha estado en contra de su hijo y en contra de su hermano, para que hoy El os dé una bendición.

Noten los eufemismos de las narrativas religiosas: ese día “cayeron” tres mil. Los autores bíblicos no hablan de que fueron ejecutados, ni sufrieron genocidio, ni fueron sacrificados a un dios. Cayeron suena casi dignificante, como si se tratara de soldados caídos. Tampoco en las narrativas heredadas, los actos de sadismo, de tortura ritual y de quemar vivas a las víctimas durante la inquisición son llamados sacrificios humanos, aunque las comparables ceremonias aztecas sí constituían ceremonias sacrificiales. Es necesario que los que nos quieren vender estas asqueantes y deshumanizantes insinuaciones, las pinten del modo menos ofensivo posible.

Esto nos debe ayudar a entender lo necesario que es que tengamos una narrativa mas honesta, puramente laica, de la historia.

De la hija de Jefta, la Biblia dice que fue “ofrecida como holocausto”, sin dar mas detalles. Lo cierto es que cuando los fenícios llevaban a cabo esos sacrificios, el asunto era muy ruidoso: se tocaban trompetas y tambores a altos decibeles para que los gritos de las madres no se escucharan hasta que estos gritos cesaban mientras se ofrecía la creatura en la boca del ídolo Molok y, una vez adentro, el ídolo de Molok era un horno en que la creatura se quemaba. Para no enfurecer a Jehová con el crimen de idolatría, es probable que la hija de Jeftá fue sacrificada de un modo distinto, quizá ante los ojos de la gente, o quizá tras alguna cortina.

En todo caso, Molok ha retornado, Biblia en mano. Aún hoy en Uganda–un país de enorme fervor cristiano–se sacrifican niños, y los medios con frecuencia dicen que son brujos los que llevan a cabo estos sacrificios pero, invariablemente, al ser cuestionados estos “brujos” justifican sus actos mencionando a Abraham y derivando autoridad moral de la Biblia.

Los sacrificios humanos en la Biblia no terminan ahí. En 2 Samuel 21, el rey David ahorca algunos de los familiares del rey Saúl y los ofrece en la cima de un monte para apaciguar a Jehová. El opina que su dios ha causado una sequía para castigar a los inocentes por los muchos crímenes del fenecido rey, y que solo con estos sacrificios humanos va a volver a llover. También hay las matanzas de los que trabajan el sábado y muchos otros episodios de violencia y actos de genocidio para robar tierras ajenas.

Luego, vino Jesús.

Nuestros antepasados nos han dicho que el murió por nuestros crímenes, y quizá anticipando que muchos de nosotros no sentimos que somos tan criminales como para que sea necesario que un hombre inocente se desangre guindando de un palo para que seamos perdonados, hasta se inventaron un crimen imaginario pre-natal llamado el “pecado original”.

Sin embargo, Jesús no murió por nuestros crímenes, murió por los crímenes de los religiosos y por causa de la religión. Si no hubiera existido una relación adúltera entre religión y estado en Judea, y si Judea hubiera sido una sociedad de firmes valores seculares, no hubiera sido necesario que muriera Jesús: seguramente hubiera muerto de viejo predicando lo que le hubiera salido de la manga predicar, como murió de viejo Yiye Avila.

Cuando los sacerdotes lo traen para hacerlo matar, Poncio Pilato dice que es inocente y se lava las manos: el imperio romano no tiene interés en matarlo. Aquí, a pesar de lo corrupto que era el imperio romano, fue la fiebre violenta de la religión la que corrompió al estado, logrando que se crucificara un hombre cuyo único crimen era imaginario, el crimen de la disidencia religiosa. Jesús es la víctima arquetipal de las leyes de blasfemia. De hecho, todo Mateo 23 es una diatriba contra los sacerdotes y la hipocresía religiosa, y su parábola del buen samaritano, si la leen bien, verán que alaba un hereje por encima de los funcionarios religiosos. Irónicamente, Jesús debería ser un poster child del laicismo, que elocuentemente demuestra porque es necesario vivir en una sociedad laica.

Todo esto nos lleva a considerar el símbolo sacrificial central de la narrativa cristiana, el cordero, y el modo en que las potencias coloniales de eras previas idealizaron a la víctima sacrificial, de este modo vendiéndonos una ristra de falsos valores y de ideas nocivas, y no solo eso sino haciendo de estos valores una parte central de lo que muchos consideran la identidad misma del puertorriqueño: nos han hecho creer que el cordero es tan boricua como el ay bendito, esa suavidad y facilidad para ser gobernado y dominado, para ser llevado al altar sacrificial sin quejarse, esa docilidad degradante que caracteriza hasta el sol de hoy al boricua y que ha contribuído sin duda a la falta de ímpetu para adquirir autonomía y soberanía, control sobre su destino.

Y nos han hecho creer que es virtuoso y glorioso que la víctima acepte su yugo, transfiriendo y sublimando los episodios mas tiernos y vulnerables de las escrituras (Jesús llorando en Getsemaní) a la narrativa nacional puertorriqueña. Estas insinuaciones son tan sutiles, hay tantos pisos semánticos en ellas, que se nos olvida que estamos bajo el hechizo de una adormecedora canción de cuna sacrificial. Del mismo modo en que se ha consolidado el control sobre la carne y los cuerpos de las mujeres con el modo en que María, ante un ángel (ser supuestamente des-encarnado), declaró “Hágase en mi según tu palabra”, así también se consolidó la dominación de la corona española sobre sus corderitos antillanos con el verso en que Jesús dice “Que no sea mi voluntad sino la tuya”. Y así se han desmantelado las quejas de los corderitos y de las mujeres que deben ser castas y se ha elevado la sumisión y la docilidad a virtud incuestionable, superior, noble.

Noten, primeramente, que en Puerto Rico no hay corderos.

El cordero no es un animal endémico de la isla: casi nadie lo come, casi nadie lo cocina, casi nadie lo cría, no evolucionó aquí y no hay recetas boricuas que incluyan al cordero. Por eso es mas que apropiado que en el escudo puertorriqueño veamos los símbolos de Castilla y de la corona española de hace siglos. Todos los símbolos son obsoletos, anticuados e irrelevantes: en Borinquen hay un sistema republicano de gobierno. No hay reyes, ni coronas, ni corderos. Nada de eso. El símbolo es extrangero, como lo es la narrativa que representa.

Sería mas honesto que el escudo del Commonwealth of Puerto Rico tuviera un guaraguao, que es el depredador ápice de la isla, que desde las cimas de esos montes escanea todo el horizonte y gobierna sobre toda la ecología. O quizá el coquí, que es de aquí, o quizá el gallito, no sé. ¿Pero el cordero? El cordero nunca ha sido puertorriqueño. La narrativa de que somos la isla del cordero es extrangera, es extraña y alienante con respecto a nuestro verdadero entorno natural, y es 100% colonial, parte de unas agendas que surgieron en mentes extrangeras con intenciones de explotar los recursos humanos y naturales de Puerto Rico.

Quizá el cordero en el escudo no es la causa de nuestra victimación histórica, pero simboliza todo un sistema de símbolos, de semántica, de imaginería que se ha hecho añorar por nuestros ancestros y que (al igual que los 3,000 que “cayeron” en Exodo 32 … o quizá al igual que los 6,000 taínos que “cayeron” bajo Ponce de León, un extrangero que vino a robar oro y al cual hemos consagrado una ciudad entera que lleva su nombre) sirve de eufemismo para una realidad ignoble, para un proceso sacrificial que perdura y que facilita que paguemos tributos (en sangre, no solo en impuestos) a fuerzas externas sin quejarnos mucho.

Las narrativas sacrificiales revelan las religiones como fuerzas imperialistas, en poco distintas a los imperialismos con los que estamos mas familiarizados. Requieren tributos, requieren docilidad y obediencia, se nos hacen ver como benefactores y disfrazan con eufemismos sublimadores (como el concepto aparentemente ennoblecedor de una “isla del cordero”) agendas que constituyen nada menos que el sacrificio de nuestra humanidad.

Segundamente, noten la dignidad nada dócil que exhiben otros símbolos nacionales de naciones imperiales como el caso de la personificación femenina de Britannia, que representa al Reino Unido: una mujer dignificada, con la frente en alto y armada con un tridente, sobre su cabeza el mismo casco que llevaba el dios romano de la guerra, acompañada por un león (otro depredador ápice), o la indómita colosa Dama Libertad que es una de las maravillas arquitectónicas, artísticas y espirituales de Nueva York y América. Si las expectativas que tuvimos de nosotros mismos consistían en ser corderitos sacrificiales desde el principio, y no exhibir la nobleza de seres libres y emprendedores de una Britannia o Dama Libertad, no debería sorprendernos nuestra historia de subyugación perpetua y humillante.

O mis hermanos, los consagro y nombro a una nueva nobleza: serán protectores y cultivadores y sembradores del futuro. Con sus hijos harán las paces por haber sido los hijos de sus padres: ¡Así todo el pasado lo redimirán! – Nietzsche, en Así Habló Zaratustra

Para redimir el pasado, necesitamos un nuevo escudo.

***

Hiram Crespo es autor y blogger puertorriqueño residente en Chicago, fundador de societyofepicurus.com y autor de Tending the Epicurean Garden (Humanist Press, 2014) y de Cultivando el jardín epicúreo y el autor/traductor de Varios días en Atenas y Epítome. Ha contribuído artículos a The New Humanism (una publicación de The Humanist Chaplaincy at Harvard), The Humanist (una publicación del American Humanist Association), El Nuevo Día, Humanist Life y muchos otros. Se graduó con altos honores de un Bachillerato en Estudios Interdisciplinarios en Northeastern Illinois University y además del español e inglés, conoce el francés y el idioma universal, esperanto.

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