Pensamiento Supersticioso y Configuración Social

la ultima cena

La religión ha estado siempre en una situación de privilegio frente a otros sistemas de pensamiento, por lo que toda crítica hacia sus métodos suele ser obviada. Algunos grupos humanos han incluso entendido a la religiosidad como una condición para definir la pertenencia a los conglomerados sociales, utilizándola como un medio de filiación ideológica que sienta las bases de la aceptación o rechazo en el medio. Esto es realmente lamentable, ya que la anulación de la autonomía intelectual y la consecuente sumisión ante la visión del grupo terminan por impedir todo ánimo de cambio.

Podemos decir que las culturas que imponen el dogma religioso terminan por menospreciar a quien disiente y, en un sentido más amplio, desperdician el mérito humano de los sectores críticos del sistema. Deberíamos haber entendido hace tiempo que cuando dejamos de cuestionar, dejamos también de ser libres, y eso es precisamente lo que está en juego cuando la superstición se impone y la razón desfallece bajo el yugo de la opresión ideológica.

Mi preocupación como ateo no es en qué creen las personas, sino el modo en que estas creencias afectan la vida de todos. Me importan las consecuencias del accionar de los sistemas religiosos y los usos y costumbres devenidos de tales sistemas, ya que interfieren tanto con nuestros derechos civiles como con el ejercicio de nuestra libertad intelectual. Además, el pensamiento mágico religioso nos aleja de nuestra naturaleza racional, para ubicarnos en una posición de innegable vulnerabilidad ante la manipulación.

Por otro lado, el pensamiento supersticioso no hace más que deshumanizar y trastocar la idea que tenemos de lo natural. La religión concibe la conducta humana como una serie de acciones predeterminadas por una potencia sobrenatural de la que nada se puede o debe objetar, cuando lo correcto sería estudiar a fondo la conducta humana y no, como sucede cuando las religiones toman el control, impedir el cuestionamiento.

Estoy convencido de la necesidad de educar racionalmente y fomentar el pensamiento crítico, porque considero que las herramientas para generar los cambios sociales, los avances, no se encuentran en la fe que nubla el entendimiento y niega las ansias de progreso, sino en la acción y el compromiso con la realidad. No podemos avanzar abstraídos en ideas de mundos imaginarios que sólo nos llevan a evadirnos de los verdaderos dilemas.

La contradicción presente en suponer que podemos avanzar y sobresalir como especie conservando los sistemas religiosos como parámetro moral (1) y educacional es más que evidente:

La Iglesia siempre combatió la naturaleza humana; sumió a los fieles en un discurso de culpas, temores y negación de los instintos; impuso una visión distorsionada de la realidad e intentó aplacar el ímpetu humano a través de la estigmatización de la sexualidad y la valorización de las inhibiciones. En pocas palabras, mutiló las tendencias más naturales y demonizó el disfrute, tildándolo de perverso y contrario a la ley de dios.

¿Acaso pretendemos dar un salto cualitativo con este tipo de pensamiento como pilar estructural de la sociedad? Justamente los cambios se dan en función de tres aspectos fundamentales: la planificación, el trabajo y el empeño; todas cualidades opuestas la fe irracional.

Además, es sabido que las personas acostumbradas a prescindir del pensamiento crítico llegan a transformarse en incapaces de generar ideas propias. Difícilmente podríamos alcanzar cualquier meta con un ejército de seguidores obedientes y sumisos, cuya libertad intelectual ha sido sistemáticamente anulada por un discurso doctrinarios que selló la dependencia de una necesidad tan alejada de este mundo como irreal. (2)

Es necesario resaltar que la Religión no pertenece a nuestros tiempos, más bien existe o perdura en nuestra era. Y, creo yo, lo hace únicamente como un obstáculo para el desarrollo, como la muleta imaginaria a la que acuden aquellos cuyas vidas transcurren en función de anular las dudas. La Religión subsiste como un estigma que impide el avance humano y favorece la traición a la más valiosa cualidad de nuestra especie: la razón.

 

  1. “Un mandamiento moral es una contradicción en los términos. Lo moral es lo escogido, no lo forzado; lo comprendido, no lo obedecido. Lo moral es lo racional, y la razón no acepta mandamientos.” – Ayn Rand

 

  1. En los sistemas religiosos más absolutistas, la desobediencia se presenta como una decisión que provoca la segregación del individuo; así, la libertad de expresar las ideas y disentir se ve opacada por la figura de la traición o el pecado. Por ello las personas que integran tales grupos son especialmente dóciles con sus pares ideológicos, pero sumamente agresivos con quienes les presentan ideas diferentes que puedan amenazar la estructura doctrinaria a que se han acostumbrado.

 

Difusor del librepensamiento, administrador de DIOS NO EXISTE, No creo en tu dios, dios no existe y no es necesario y autor de El Ser Imaginario.

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