Sobre Wanda Rolón y otros mafiosos

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*Versión ampliada y sin editar
Escrito por Eliezer Márquez Ramos
Noviembre 2014

La campaña de Benny Hinn había sido prevista en el Choliseo en el 2009. Lo había visto en la página web con meses de antelación, pero al parecer Hinn no aceptó las condiciones o el dineral que le requería la administración del Choli, y le pidió ayuda a Wanda Rolón que le ofreció su almacén de butacas. Entonces tenía dieciocho años. Acudí con un amigo muy entusiasmado por la segunda visita del famoso televangelista a la isla. La primera, como dato histórico: fue en el Roberto Clemente (desconozco la fecha exacta, pero por aquellos que asistieron fue antes del 2000). Me había leído todo lo que Hinn había escrito y allí estaba dando mi paso de fe.

Hinn es como un Jefe de Estado en el mundo del pentecostalismo, y pide – como lo hace Lady Gaga, Rihana o Pitbull – ciertas comodidades y gustos sin las cuales no visita cualquier lugar fuera de su colosal mansión con vista al pacífico. Es un niño intocable, rodeado de aduladores que le deben la vida y los autos en donde se mueve tienen los cristales ahumados, como todo un mafioso de cuello blanco. Hasta el altar de la iglesia de Toa Baja sufrió unas modificaciones pedidas por el mismo Hinn. (Agradezco a la propia Sra. Rolón que, despreocupadamente, dijo este detalle en una intervención). Nunca lo olvidó mi memoria de elefante. Y es que Hinn se asegura que las luces estén apuntando hacia donde tienen que estar y que el coro haya calentado bien antes de que él ingrese en el escenario a urdir sus técnicas de sugestión que le ganan largos millones.   Solamente así Hinn acepta salir al escenario, casi siempre vestidito de blanco en trajes bien ajustados hechos exclusivamente para él por Bijan, que rondan o pasan los seis mil dólares cada uno.

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“Fire on your life!”, ese es el grito heavy metal esperado. Hinn grita y empiezan las grandes dionisiacas: la gente se cae y se revuelcan como aves heridas. Cuando más se me hizo patente el teatro de los mercaderes fue en el segundo de los tres días de aquella campaña, el sábado. No es la primera vez que Rolón se ve cuestionada en los medios públicos por gente que saca a la luz esta fructífera práctica comercial. Ya una vez alguien llamó a la Comay para decírcelo y la Comay, desde su habitual trono de entonces le dijo a la Sra. Rolón que le diera “una llamadita”. La Apóstola se defendió entonces diciendo que ese dinero es para el almuerzo y los materiales de estudios que se le entregan a los que participan de esos entrenamientos.

Lo cierto es que mi amigo y yo pagamos $25, y ni materiales ni almuerzo. Solamente tener el acceso a la iglesia a esa hora de la mañana para volver a escuchar al Pastor Hinn.

Entonces, encima de que los doscientos presentes esa mañana habíamos pagado para un pase de admisión, le entregaron el micrófono a un tal Todd Coontz, a quien nunca olvidaré por ese nombre de sapo. Benny Hinn se desapareció, seguramente a recostarse en su habitación presidencial, sin mezclarse con la multitud como hacía Cristo. Presentaron a Coontz como un señor a quien Dios había ungido con una “unción especial” que liberaba las finanzas. Así como lo está usted leyendo: un hombre capaz de pedirle a Dios, con acceso directo, que la gente vea un incremento en sus fortunas personales como por obra y gracia del Espíritu Santo.

Ese tal Todd empezó a decir que Dios le había dado ese poder especial para desatar inundaciones de dólares, y con esa retórica añadió, muy a lo Blancamán el vendedor de milagros[1], que si usted quería esa unción hiciera un acto de fe en aquella hora. El acto de fe implicaba sembrar $200 o más (¡o más!) a la obra del Señor para que vieras la prosperidad en tu vida como nunca antes la habías visto. ¡Y qué mucha gente desesperada quería llevarse ese día esa unción como una cosa que les garantizaba un futuro despejado y limpio!

Mi amigo, a quien yo le había pagado la entrada, quería dar  $20 porque no podía ofrendar el mínimo.

Le dije que no se dejara coger de soquete, pero lo noté ansioso.

Mi amigo sentía que si no lo hacía, aunque eso implicara quedarse en la prángana de largos desiertos sin ingresos, estaría dejando pasar una oportunidad divina, y el vasallo de Hinn seguía vociferando una retórica inconmensurable en inglés – traducido por un argentino – que desarmaba a todos los oyentes, insistiendo: usted no se preocupe si tiene que pagar biles de luz o pagarle al banco el préstamo con el que hizo su casa, usted saque ese monto de dinero, ahora que ahora es el momento impostergable, y siémbrelo así, sin dolor, como quien siembra yerbajos. Aceptamos efectivo. También Credit Card, y si no: por ahí andan los hujieres voluntarios con la maquinita inalámbrica para que pague con ATH, ahora, ahora que es el momento impostergable.

Ellos piden eso como si no valiera nada. Peros sus zapatos de cuero y sus gabanes carísimos demuestran todo lo contrario: que $200 son una cantidad muy significativa para ellos. Después de todo: muchos de ellos se han dedicado a la “obra del Señor” a tiempo completo y esos constituyen sus únicos ingresos.

Allí, aquel día, me convencí de que todo era una barata ilusión montada sobre sutiles esfuerzos humanos. Hasta el día de hoy no deja de sorprenderme con qué falta de culpa y con qué gran sonrisa la Sra. Rolón y toda esta mafia de televangelistas, han hecho otra aparatosidad[2] a la que se atreven a llamar fe cristiana.  Me parecía ver a Cristo, otra vez, gritando “¡Ladrones!”, gritando a sangre: “¡Ladrones!”, mientras volcaba las mesas de los cambistas. Pero sucedió sin que yo pudiera detener aquel desmán increíble. Estaba en un lugar en el que ninguno de mis gritos o protestas serían oídos. La gente caminaba a entregar su dinero, engarzados en la retórica que había logrado ir capturándolos de uno en uno hasta que la multitud fue incontenible. Si trataba de gritar algo allí, en todo caso me buscaría que los fornidos guardaespaldas de Hinn me echaran del templo en un dos por tres.

Yo fui testigo de que allí, aquel día, se levantaron más de treinta personas respondiendo al pedido de dinero de Benny Hinn Ministries, y si por cada uno de los que pasaron, sin un revolver en la cabeza, recogían lo que estaban pidiendo, vaya usted a calcular cuánto dinero limpio y sin impuestos se embolsillaron en el nombre del Señor.

¿Nos hacen pagar para entrar aquí y luego nos acosan para dar una ofrenda de ese tamaño?, me pregunté en mi asiento, atónito.

Ah, pero esto es si el Señor te toca – insisten –  si es que te toca de verdad y eres lo demasiado sensible para responder al miedo que te sobrecoge cuando estás en un lugar en donde pueden jugar con tu credulidad para llevarte a dar esa ofrenda que, en estrictas cuentas: no ayuda para nada al ofrendante, pero sí ayuda mucho a Rolón cuando va en primera clase en American Airlines o al beauty en donde la convierten en una rubia despampanante. Recuerden que ella es una cantante, además de pastora, una cantante con poca mecha, pero aparentemente una cantante desde sus tiempos de pentecostal austera y abstemia.

Por eso insisten en la fe, por eso insisten en una matemática sobrenatural que ni Hume pueda desentrañar y en esa retórica inacabable de cosas invisibles. Por eso recurren a la metáfora de la semilla. Mientras el input sea una semilla sin valor, el cerebro no asimilará que lo están conduciendo a que entregue algo que no es semilla, y la gente que va allí es porque presuponen que pueden confiar en esos que aparentemente un Dios, desde allá arriba, ha designado. Pero el dinero que les sacaron es dinero que ellos, los mafiosos, aprovecharán muy bien para pagar sus altas cuentas en restaurantes donde se sirve la ternera con especias de oro. Es la única manera que tienen para lograr que la gente cambie chinas por botellas. Así Hinn paga la mansión, el Jet, los gabanes de Bijan, los zapatos de cuero y demás gustos cuantiosos… En fin: la vida de calles empedradas de oro que se merecen por ser siervos de Dios, aquí y ahora, no después, no en el más allá, y así trafican domingo tras domingo a Dios, como lo vio agudamente Neruda: “como una concha vacía de molusco”.

Ese día todo en mí se remató y me di cuenta del horrible chirrido de las poleas tras bambalinas, de la patética representación a la que yo estaba prestado mis ojos. Hinn nos entretuvo un rato, embobándonos con su opio retórico sin que faltara “la venta de indulgencias”, y después nos secuestraron en un intercambio que, básicamente decía: “Dame dinero y yo te daré la plenitud de Dios”.

Lutero jamás sospechó que a estos extremos iban a llegar sus noventa y cinco tesis.

Ese día, ese único día, me bastó para decepcionarme de que me engañaran de la peor forma: con mi consentimiento, insultando mi sentido común natural, la matemática básica que aprendemos pronto en la vida: que no todos los ladrones son feos o vienen armados.

¿Quién no puede darse cuenta que Rolón es una grandiosa narcisista? Ella, mediocre como es, ahora toca el piano de la espiritualidad en Telemundo, tempranito, como toda una Joyce Meyer jíbara, bien alimentada de alcapurrias y sorullitos. Por eso va en sus publicaciones – en ese libro confesional y en sus cd’s – su cara bien maquillada y su pelo rubio artificial bien despuntado y su sonrisa de niña golosa. Toda una representación que uno se pregunta qué tiene que ver con el pobre predicador aquel que no tenía ni donde recostar su cabeza. Por eso en la emisora Nueva Vida (97.7 fm) le cortan la llamada a los que se atreven a hacer alguno comentario sobre alguno de estos rimbombantes mafiosos. Es que todos esos artistas y teólogos participan de la misma prostitución y la misma venta de espiritualidad enlatada. Todos son una mafia concertada, unida en un interés económico, y cuando son atacados sus intereses se protegen, no aceptan mayéuticas y censuran inmediatamente al disidente que les destroza la burbuja de vidrio en la que están habituados a vivir[3].

No hace falta ni siquiera acercarse a las páginas furiosas de Nietzsche para ser anticlerical. Basta abrir los ojos, allí adentro, para pasarse al lado de los antípodas. El fin de esta mafia es perpetuar la longevidad del sistema que les permite vivir en ese mundo de Pascal en el que – como bien lo sentó Nietszche – sólo puede seguir existiendo por un reiterado suicidio de la razón. Allí – nadie tuvo que esforzarse en mostrármelo – se me cayeron las escamas de los ojos y supe que Cristo caminaba lejos de toda aquella gente que se lucraba en su nombre. Cristo en la cruz – como en un magnífico poemas de Borges – : “No le fue dado ver…” que existirían estos bribones perfumados usándole todos los días para pagar el mantenimiento de sus alfombras.

Eliezer Márquez Ramos es estudiante de literatura en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Rio Piedras y, aunque no es periodista, forma parte del grupo de colaboradores de Diálogo Digital.

 

[1] Personaje de Gabriel García Márquez con habilidades sobrenaturales para sanar.

[2] Término que, ojo, se lo tomo prestado a A. W. Tozer, un reverendo protestante que, como no muchos, reconoció en uno de sus libros la aparatosidad inconcebible en la que se ha convertido el cristianismo.

[3] Son vendedores en lata de la espiritualidad, como lo expone muy bien Terry Eagleton: “Incluso la religión se convirtió en un negocio lucrativo con telepredicadores que timaban a un público devoto, ingenuo y pobre, sacándoles el dinero que tanto le había costado ganar.” (El sentido de la vida. Ediciones Paidós, Barcelona. 2008. Trad. Albino Santos Mosquera, p. 60)

 

Exposing Fraudulent Televangelist Benny Hinn (VIDEO)

Músico, arreglista, productor del podcast Boricuateo y uno de los fundadores de Ateístas de Puerto Rico. Elisaúl es natural de la ciudad de Quebradillas, pero reside en San Juan, Puerto Rico. Graduado de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Estudió pedagogía musical. Para más información, puede seguirle en twitter (@ateotron) y/o buscar su “fanpage” en Facebook, bajo el nombre “Elisaul”.

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