Crítica urbana: Suenan las campanas de la iglesia

Por: Anónimo

 

Abuelo, ¿es malo tener fe?

-Antes de que naciera tu papá, un domingo, conocí a un hombre de fe.
Sonaron las campanas de la iglesia, estando el sol ya arriba, son indicativos los repliques que es tiempo de comenzar la misa de las diez. Las doñas llegan antes del campanazo inicial y aprovechan los minutos para pasarse entre los dedos las cuentas de la Inmaculada mientras les rezan al oído a las vecinas. Los señores denotan en sus caras el compromiso con sus señoras y las señoras con las señoras de la sociedad. Preferí observar desde las gradas, a las afueras del templo, tomándome un buen café con Don Federico, señor alemán este de grandes bigotes y pocos allegados. Nos sirve de fondo a la conversación la entonación del Sermón de la montaña y aquellas líneas que dicen “felices los humildes su herencia es el Señor felices los que lloran tendrán consolación” a la vez que Federico me comentaba que es el cristianismo una religión de débiles, de oprimidos, de esclavos, de los de abajo, con una particularidad: mantenerles ahí.
Débil, oprimido, esclavo, de abajo, como Joshua, un muchacho que desde que nació tuvo por compañera la pobreza. Amparado en el mismo himno de entrada, específicamente en la línea que menciona que “felices… los misericordiosos porque obtendrán perdón” descansaba su fe en la compra de indulgencias a través de la limosna. Así vimos pasar a los feligreses por su lado como si fuera él una extensión del banco de la plaza.
Me contaba el piragüero que el viernes anterior, después de la misa de los musulmanes que ellos llaman Yuma, los palestinos y jordanos sacaron una tetera y baklavas del baúl de un carro. Al parecer estaban en cantidades exactas porque el hambriento vagabundo los contemplaba desde la acera de enfrente y ni medio pocillo le ofrecieron. Esto, la semana después de concluir el Ramadán. El día antes, un par de mormones amarraron sus bicicletas frente al negocio de los frappes. El sol del Caribe no les daba tregua. A Joshua no le daba tregua el sol ni el hambre. Salieron, retomaron sus bicicletas y nunca sacaron de sus bultos un poco de compasión.
Ya que a una cuadra del lugar se había levantado una carpa de a los que doña Nico llamaba los aleluyas, comenzaba por allí un desfile de caballeros seriamente vestidos, poco cuidadores de los pelos de la cara; cejas casi “uni-formes”. Les acompañaban señoras que al parecer encontraban conveniente revestirse de mahón para atajar el calor tropical que muy bien combatían además, con extensas cabelleras. Todos cargaban consigo, ya fuese debajo del sobaco o colgando de algún pequeño bulto también forrado de mahón, las Sagradas Escrituras.  De esta división de los hijos de Lutero y Calvino que suelen entonar melodías más alegres en la parte de la ofrenda y hacen un gran hincapié en que Dios ama al dador alegre y que la prosperidad es para lo que fueron creados y a su vez el diezmo es un compromiso indeleble, esperaba yo, a diferencia de Federico, ver un acto de caridad hacia Joshua que seguía encarnando al leproso a quien nadie se le acercaba. Al menos de éstos, recibió en abundancia muchos Dios te bendiga.  
Joshua reconoció, al igual que Federico y yo, a una familia que salía de un restaurante. De la familia compuesta por el matrimonio y una pareja de niños, el varón mayor que la niña, el padre fue compañero del padre de Joshua en labores de carpintería. Fue el mismo, según he sabido por boca de Joshua, que tuvo a su cargo el cobro de aquellas faenas y que luego, bajo el escudo de la palabra y el honor, porfió que no había recibido el pago completo. Casual o causalmente, abandonaron el lugar en el carro que una vez fue nuevo, de paquete, que adquirieron poco después del cobro de aquel trabajo cuando apenas el padre de Joshua pudo llevar pan a la mesa de su familia. La familia se recompensaba con la comida las visitas a domicilio que realizaron el día anterior repartiendo, bajo la sombra de sus sombrillas, literatura de torres y guía de estudios. Al igual que el día anterior, en esta ocasión, Joshua fue igual de insignificante para ellos como la colilla de cigarrillo que yacía en la cuneta luego de que el padre Morondo saciara su vicio en la acera. Así fue ignorado, aun cuando esta familia le hablaba a las personas del padre de Joshua, de haberle conocido a él y ser testigos de sus bondades.
Luego, durante la homilía, el barbudo y sucio nómada se acercó hasta la entrada de la iglesia atraído por las palabras del celebrante. Ayúdate que yo te ayudaré pronunció el padre Prats. Los vecinos de la carpa de mahón dicen que fue invención de los católicos esta frase y con esto, mi querido nieto, se mantienen en su faena de protestar contra lo que no perjudica lo que ellos entienden por la salvación. Resulta que los Caballeros de la orden católica que hacían de ujieres – o guardia de honor, depende quién lo cuente, en su impotencia de acero, clavaron sus inquisidoras miradas en el hambriento de pan y sediento de misericordia. Se untó agua bendita en las orejas y prestó oído al resto del sermón. Joshua procuraba siempre rendir culto al espíritu humano y a entender lo que otros han malentendido por dos mil años.   
Decidió que esa tarde iría al Salvation Army a bañarse, procurar ropa limpia y dominar su vida. Se confundía el sol ya con el océano cuando Joshua se había refrescado el cuerpo y el alma. Pasó por el barrio donde, en mejores tiempos, solía cultivar flores antes de conformarse con sintéticas. Recuerdo su cara de sorpresa cuando me encontró en su camino. Me descubrió con un grupo de maestros y compañeros del gremio que repartíamos alimentos a nómadas urbanos y noctámbulos empedernidos. Lo invité a laborar con nosotros, claro, luego que matara a quien lo mataba.
Joshua pudo quedarse a merced de la fe en los cristianos y quizás encontrar por ellos primero la muerte antes que la misericordia. Se trata, pequeño y eterno aprendiz, no de tener fe, sino de dónde la pones y qué haces con ella.

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