Una especie anclada a la superstición

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Como sabemos, el origen de la religiosidad se encuentra en los primeros intentos humanos por explicar las penurias de la vida. Las tormentas, las tempestades, las sequías, las enfermedades y el hambre llenaron de temores a nuestros antepasados. Su desconocimiento no les permitió ver en estos sucesos las causas reales y terminaron por identificar a las fuerzas de la Naturaleza con seres intangibles creados en la ignorancia y la necesidad. Más tarde, la idea de estos seres tomó forma en imágenes y pinturas, para luego pasar a transformarse en un medio de identificación con mundos fantásticos producto de la tendencia humana por concebir lo imaginado de modos comprensibles y familiares.

La aparente disposición de los sucesos de la Naturaleza a fines específicos que parecen haber notado nuestros antepasados, seguramente fue el detonante para la invención de imágenes de adoración que, según creían, apaciguaban las causas de sus padecimientos. Esa búsqueda era la reacción de seres pre racionales ante la conciencia de su propia vulnerabilidad. La asociación de impresiones seguramente derivó en una multiplicidad de ideas sobre las causas de todo cuanto existe y definió las primeras experiencias humanas sobre la Tierra.

No niego que esta búsqueda fuese el único modo de sobrellevar los males que en aquel entonces dominaban la existencia, sin embargo, el entendimiento humano pareciera no haber superado jamás la dependencia de esas ideas. En pleno siglo XXI, la humanidad sigue anclada al anhelo de una divinidad capaz de apalear la desdicha. Podemos decir que nuestra especie se ha pronunciado definitivamente sobre el origen de todo y descartado cualquier explicación lógica para la existencia, incluso sin razón alguna para creer que el espíritu divino al que se apela sin mediar análisis de ningún tipo sea más que una simple suposición sin fundamento.

En cierto sentido, es como si la humanidad forzara las explicaciones para satisfacer su propia necesidad de entenderlo todo y no dejar nada al azar. ¿Y cómo hemos de quedar satisfechos con nuestras propias suposiciones sobre la verdad sin conocerla en absoluto? Esta entidad que se supone en concordancia con el mundo natural, ¿es acaso una mera coincidencia entre nuestra imaginación y nuestra necesidad de que realmente exista? ¿El mundo material descansa sobre otro, ideal pero intangible? ¿Cómo llegamos a esa idea y cuál es el criterio de objetividad absoluta en base al cual lo hemos deducido? La demencia pareciera no tener descanso dentro de la mente humana, así como la desdicha tampoco da tregua a la superstición engendrada por su causa. Supongo que el pretendido orden y disposición de la Naturaleza, así como la concordancia en las complejidades de cada fenómeno cosmológico, detonaron históricamente la imaginación de nuestra especie.

¿Cuánto tiempo ha pasado ya desde aquellos humanos primitivos que optaron por adorar lo que no podían dominar y crearon un sistema con el que su especie jamás pudo romper vínculos? ¿Acaso la humanidad no ha conocido la luz de la razón y encarado el conocimiento desde una perspectiva coherente con su naturaleza? En efecto, hemos razonado sobre la estructura del cuerpo humano, el funcionamiento del Cosmos y de nuestro mundo; obtuvimos respuestas sobre la composición de nuestro universo y entendimos el origen de los seres que conforman nuestro planeta.

¿Qué factor nos sume en la parálisis intelectual? ¿Por qué seguimos anclados a la superstición? ¿Es acaso nuestra percepción del orden en lo existente que aún no hemos superado, o hay algo más? Muchos pensadores han respondido a esta cuestión. Epicuro y Hume, por citar a dos referentes de la Filosofía, tenían una visión coincidental. Pensaban que un número finito de elementos moviéndose durante un tiempo infinito, simplemente podían agruparse accidentalmente y dar lugar a la estructura aparentemente ordenada que apreciamos hoy en día. Otros como Bertrand Russell también se cuestionaban el hipotético orden atribuido al Universo, él afirmaba que esa noción es apenas una percepción humana sin el más mínimo fundamento y que las condiciones necesarias para la vida no responden necesariamente a un orden, sino a la casualidad.

Pero claro, las ideas religiosas son concepciones absolutamente arbitrarias que no responden a un proceso deductivo, sino a la necesidad de creerlas ciertas. Tal vez por eso aún perduran cultos como el cristianismo, el islam o el judaísmo, nacidos hace miles de años en medio del analfabetismo y el desconocimiento. Pareciera que los siglos no mermaron la dependencia humana por el misticismo y la superstición, más bien acrecentaron las ansias de buscar la verdad a tientas y abandonar el sentido común.

Difusor del librepensamiento, administrador de DIOS NO EXISTE, No creo en tu dios, dios no existe y no es necesario y autor de El Ser Imaginario.

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